Opinión > DECISIÓN 2019

¿Cualquiera que gane hará lo mismo?

Una concepción peligrosa que hace creer que la mediocridad es un modelo único y definitivo

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24 de septiembre de 2019 a las 07:29

La frase –que sin signo de interrogación suele escucharse con bastante frecuencia– pareciera indicar una cierta indiferencia del ciudadano frente al proceso electoral. También la sensación de resignación frente a un destino supuestamente inexorable que nada ni nadie puede torcer. Y, lo más grave, hace creer que los votos sirven sólo para cambiar el gerenciador de un modelo que se asume intocable, no el modelo en sí.

Le viene bien al Frente, aún cuando no la haya inventado. Nada le conviene más que se crea que nadie podrá hacer algo distinto. Y de paso lo define en esta instancia. Al verse obligado por la realidad a defender su gestión de 15 años para ocultar la pobre performance del último mandato, le sirve que se esparza la idea de que únicamente es posible ir por el camino que siguió en estos tres lustros y que ninguna propuesta es realizable salvo la propia, que apenas requiere unos retoques como aumentar impuestos o fomentar el estado empresario, como ahora propone de apuro el expresidente Mujica.

Por fortuna es falso que cualquiera hará lo mismo.  Ni siquiera el diagnóstico del problema que hace el gobierno es similar al de la oposición. Justifica el déficit y el aumento del gasto con las mejoras en el ingreso de algunos sectores, mejoras que guardan relación directa con ese aumento del gasto y la pérdida de inversión y empleo. Una tautología que no augura un intento de solución, salvo la idea de agrandar la factura al contribuyente.

La oposición, en sus diversos proyectos, propone hacer las cosas de otro modo, en la educación, en la seguridad y en la economía, lo que la ciudadanía deberá evaluar, obviamente. Y aquí se aplica otra frase más certera: no cualquiera que gane hará lo mismo; y no todos los que pierdan harán lo mismo. 

El Frente se está preparando para perder. Y no parece que procederá igual que cualquier otro partido si es derrotado. El PIT-CNT, en su múltiple rol de socio, auditor e ideólogo del gobierno, además de contraparte en todo conflicto laboral contra el Estado, se prepara para la resistencia, como lo ha declarado abiertamente. Casi aceptando de antemano la derrota, anuncia que tomará la calle para oponerse, aún antes de la elección, a las ideas que supone que la oposición sostiene. Un accionar dudosamente democrático y dudosamente constitucional. Además de estar fuera de la competencia sindical.

Copia así el modelo político de la CGT argentina, columna vertebral del peronismo, y una de las causas de que ningún gobierno no peronista haya podido terminar su mandato. Expulsora de trabajo, de empleo en blanco y de inversiones.

Ambas centrales únicas se apoderaron también de la educación, la desvirtuaron y la deformaron. Para eso, destruyeron no ya la excelencia, sino las mínimas exigencias de calidad, aumentaron el gasto inútilmente e influyeron en la política de contenidos, evaluación escolar y perfeccionamiento docente. Una agresión a los sectores más pobres.

Esta supuesta lucha reivindicativa, que implica oponer e imponer por la fuerza los derechos propios a los derechos de igual nivel de toda la sociedad, tiene como corolario principal el crecimiento del gasto y un daño irreparable a la competitividad, que es la única manera posible de aumentar el empleo y mejorar las condiciones laborales. Por eso condiciona fuertemente la gestión de cualquier gobierno que elija la población, lo paraliza con sus amenazas y sus movilizaciones, huelgas o paros (ver Adeom o los 7 gremios de Aerolíneas Argentinas) y deja como único recurso el aumento de impuestos.

Por eso el casi electo Alberto Fernández, que dirigiera el intento de expolio contra el agro argentino, dice que admira el modelo boliviano, empezando por su impuesto a los ahorros de los ricos. Un manotazo que, además de ser confiscatorio, dura hasta que se acaba el ahorro (ver déficit boliviano)  y se esfuma la inversión. Ignora que Bolivia hace 50 años que expulsa sus pobres hacia Argentina, porque no sabe qué hacer con ellos. Con toda incoherencia, habla de promover un crecimiento que está matando antes de nacer con sus palabras y de un acuerdo de precios y salarios que también esta muerto antes de nacer, como el largo listado de acuerdos similares de la historia. A eso le llama un proyecto.

El modelo del Frente y del PIT-CNT en la resistencia corre el riesgo de quedar reducido a una cuestión de ideología de clases. O de resentimiento, como se prefiera llamar. Pero jamás será una propuesta de crecimiento económico o de bienestar. Al contrario. Presagia una decadencia sistemática.

Porque ese proyecto de país desemboca en aplicar las mismas propuestas del futuro presidente nominal argentino: impuestos a los ricos, a los productores o a cualquiera que esté a mano. Seguramente, podrá hacer que los ricos se vuelvan pobres, o menos ricos; lo que no logrará es hacer que los pobres mejoren su estatus, o que los desempleados consigan trabajo, mas bien lo opuesto.

De paso, agita el vetusto fantasma de las multinacionales (ver las declaraciones mellizas de Mujica y Fernández) y también replica la dualidad bipolar tradicional del peronismo: una personalidad “buena” que acepta las reglas democráticas y una personalidad “rebelde” que toma la calle e impide cualquier cambio. No deja de ser siempre sorprendente que una sociedad que se precia de ser distinta termine sistemáticamente copiando las ideas argentinas más estúpidas.

Afortunadamente, no cualquiera que gane está proyectando hacer lo mismo que el Frente. La duda es si esa resistencia tan poco democrática le permitirá aunque sea intentar llevar a la práctica un proyecto nuevo.

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