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¿El fin de la democracia?

El mejor sistema político de la historia infectado por sus peores enemigos, la demagogia, el populismo y la mentira

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13 de noviembre de 2018 a las 05:02

Los medios locales recogen un tema objeto del análisis mundial hace tiempo: la incapacidad de la democracia para satisfacer las demandas de la sociedad, y la percepción que esa sociedad tiene del “peor sistema, salvo todos los otros” en la gran definición de Churchill. 
Antes de analizar los aspectos políticos, habría que comenzar por los sociológicos, algo inevitablemente incompleto e impreciso. Cuando el llamado padre de la democracia argentina, Raúl Alfonsín, decía que con la democracia se comía, se educaba y se curaba, expresaba sin quererlo un grave error conceptual, aunque también declamaba lo que el votante quería escuchar. Simplemente porque tal cosa no es cierta. 
Ese tipo de generalizada y cómoda creencia se debe a razones varias. Una no menor es que los políticos necesitan hacer creer eso. Si no apareciesen como magos capaces de hacer llover, de parar la inundación, o de que el viento sople o amaine, perderían su condición de oráculos, hechiceros de la tribu o dioses, imprescindible pare ser electos. No hay político actual sin mentira. Y la sociedad necesita de esa mentira para soportar la vida, como necesita la idea de resurrección para soportar la muerte.

Tal concepto de vasallaje amenaza la libertad misma de los individuos, como en el feudalismo, y una vez que el ciudadano internaliza ese concepto, delega su bienestar, su felicidad y su progreso personal en quien le ha hecho semejantes promesas. Y entonces, es inevitable su desilusión, que, cuando es repetitiva, cuando sus elegidos fracasan uno tras otro en proveerle lo que él desee y cree que merece, proyecta su disconformidad sobre la democracia, que piensa que lo ha defraudado. 

En realidad, lo que le ha fallado es la demagogia, pero el ciudadano no llega a notar la diferencia. Ese círculo vicioso engaña al votante, pero también condiciona al que obtiene el poder de ese modo. Lo condena al estatismo y al totalitarismo, porque no tiene ninguna manera de lograr repartir las maravillas prometidos. O a inventar enemigos y repartir culpas.

En esa competencia de promesas, garantías, hechicería y paternalismo, se insertan las figuras de los spin doctors, jefes de campaña, o duranbarbas, que se estudian en los tratados o en las series de Netflix. Conociendo que el voto se mueve por las emociones, el miedo, el odio, el fanatismo, los diversos “ismos” a favor o en contra de algo, no importa si es importante o no, posible o no, estos expertos convierten las campañas electorales en un contrapunto de encuestas, eslóganes y debates secundarios y elusivos, en una descalificación del oponente, en grietas o en promesas incumplibles o irresponsables si se cumpliesen. 

Lo condena al estatismo y al totalitarismo, porque no tiene ninguna manera de lograr repartir las maravillas prometidos. O a inventar enemigos y repartir culpas.

Desaparece entonces la prédica y la discusión seria de los temas, lo que coadyuva a que la población crea que todo lo que quiere o pide es posible, que no hay costos o que los costos los pagan los demás. Y por supuesto, a la ignorancia inducida y a la ignorancia esgrimida de los súbditos, como modo de demandar prebendas y limosnas. 

Esa falta de liderazgo aparea luego una falta de seriedad en la gestión. Si se intenta repartir felicidad y satisfacer todos los reclamos, como se hizo creer, se cae en el desprecio por las minorías, sus ideales y patrimonios, la confiscación impositiva, el déficit, el abolicionismo, la destrucción de derechos fundamentales tratando de satisfacer otros derechos o o pseudoderechos, lo que se hace por conveniencias circunstanciales o para satisfacer a grupos de presión con algún peso en las redes o en las calles. Con lo que se termina en el desbarajuste económico y casi siempre en la renuncia al orden social. Como se observa en muchas democracias. 

Los individuos que no saben cómo lidiar con su sexo, su género, su economía, su desarrollo su bienestar, su reproducción, su tranquilidad o su felicidad, encuentran así un entorno legal que teóricamente los apoya o al menos les permite gritar su bronca y desafiar al mundo o sentirse más libres, aceptados, comprendidos o realizados. Eso crea más enfrentamientos sociales que sirven al estilo político descripto, que elude los temas de fondo, que tapa el despilfarro, el gasto en exceso, los abusos fiscales, la destrucción del empleo, la deseducación deliberada, y casi siempre la corrupción. 

Por eso los políticos que se autodenominan modernos desprecian toda idea de libre albedrío personal económico o de cualquier clase, se hacen cómplices de los sindicatos, de las corporaciones, del formato colectivo y por supuesto, del monopolio partidista que los contiene, que los ampara y les da el anonimato que necesitan para no ser responsables de lo que hacen o dejan de hacer. Por eso conceptos como liberalismo, aunque sea en su mínima expresión, son execrados en sociedades como la oriental. El pensamiento independiente, la vocación de libertad y la decisión de ser responsable del propio destino chocan con la demagogia y el colectivismo impune. 
Esa impunidad, con la población drogada por esos relatos reivindicativos es la que permite y relativiza la corrupción, que arrasa con los principios democráticos y republicanos y desanima a los ciudadanos decentes. Aquello de gobernar como un buen padre de familia se ha esfumado. Importa el poder por el poder mismo.

Los individuos que no saben cómo lidiar con su sexo, su género, su economía, su desarrollo su bienestar, su reproducción, su tranquilidad o su felicidad, encuentran así un entorno legal que teóricamente los apoya o al menos les permite gritar su bronca y desafiar al mundo o sentirse más libres, aceptados, comprendidos o realizados.

La democracia se convierte así en un mecanismo manipulado para conseguir y mantener el control del estado y desde ahí dedicarse a aumentar y eternizar el poder, reelegirse, y repartir permisividad, concesiones y dádivas que garanticen la perpetuidad del partido y de los políticos, mientras las mayorías esperanzadas se autoesclavizan y las minorías piensan en emigrar.  En esas condiciones, es optimista y arbitrario pretender que no se desprestigie. 

 

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