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“Escribir libros es una trinchera para defender el lenguaje”

Jorge Burel vuelve a las librerías con relatos que hablan de la incomunicación

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05 de septiembre de 2018 a las 12:15

Hay una casa donde todavía guarda unos dos mil libros que ya leyó, pero para Jorge Burel, de 62 años, divorciado y con dos hijos, lo importante es siempre la calidad y no la cantidad. Por eso ahora cultiva con esmero una pequeña biblioteca personal en su actual apartamento, donde se mezclan En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, con La doble vida de Verónica, de Kieslowski, su película preferida. Periodista y escritor, dice que también jugó al fútbol en Sud América, pero que de elegir de nuevo sería director de cine. Odia a la gente que dobla los libros para marcar por donde va leyendo, tiene el hobby de andar en bicicleta y escribe, como decía Jules Renard, para poder hablar sin que lo interrumpan. Nunca se olvida de un encuentro con Jorge Luis Borges, ni de cuando relató para la radio la visita del cometa Halley.

Ese hombre que en su último libro, La noche fatal de Alberto Spark, conduce un programa radial nocturno en decadencia sufre, paradójicamente, la incomunicación. ¿Es un tema que le preocupa?
No es que me preocupe por sobre todo lo demás, pero me pareció interesante presentar una situación en la cual un hombre dedicado a la comunicación termina siendo víctima de la incomunicación. Una situación que no es buscada por él, además. Podría haber escrito una historia parecida donde, en vez de un hombre de radio, el protagonista fuera un futbolista, un cómico o un actor de teatro y sería lo mismo. El tema fundamental es qué pasa cuando uno va a la búsqueda del otro y quiere transmitirle algo y encuentra que ese otro no tiene ningún interés. Vivimos en un mundo que está muy interconectado pero eso no significa que la comunicación esté hoy mejor que antes en términos de calidad. 

La diferencia entre escribir un mensaje de WhatsApp y una novela es como hablar de la distancia que hay entre la eyaculación precoz y el sexo tántrico. 


Esa incomunicación hoy parece darse en todos los ámbitos, incluso en el familiar…
Hoy una pareja está tomando un café y al mismo tiempo vemos que hablan por teléfono o escriben mensajes sin parar. En ese caso hay comunicación, pero no entre ellos, sino con un tercero que en ese momento no está ahí. Y eso es algo muy difícil de entender para mí. Hoy hasta ves personas que salen a caminar juntas pero cada cual va en su mundo escuchando música con auriculares. Recuerdo una entrevista a Ray Bradbury donde comentaba lo mucho que le impresionó ver esa imagen contradictoria: juntos pero separados.


¿Son las nuevas tecnologías las únicas responsables?
No, porque en última instancia no importa el canal, sino el contenido de la comunicación. En algún momento se inventó el teléfono y a partir de ahí no existieron más límites, porque sí hubo un momento donde la potencia de una voz le ponía el límite a la comunicación. La telefonía hizo que esa voz llegara a donde antes no podía. Y eso no fue en detrimento de la comunicación. Con el correo pasó lo mismo. El problema llega cuando uno se acostumbra a ciertas restricciones que empobrecen la comunicación. Pienso en los mensajes de WathsApp o Twitter. La brevedad o la amplitud condicionan. Cuando uno escribe un libro, por el contrario, demora mucho en hacerlo, le da un espacio al sentimiento, a la maduración, al pensamiento, a rumiar las cosas, a masticarlas sin apuro. Por ponerlo en término sexuales, la diferencia entre escribir un mensaje de WhatsApp y una novela es como hablar de la distancia que hay entre la eyaculación precoz y el sexo tántrico.


Entonces, ¿cómo se lleva con las redes sociales?
Yo no utilizo las redes sociales, no participo. Es un mundo del que estoy muy distante. Se está produciendo una degradación de la lengua que no comparto. Hoy escribir libros es una trinchera para defender el lenguaje. Antes la gente se encontraba en el almacén con los vecinos y se comentaban cosas de la actualidad y todo quedaba entre esas personas. A veces se decían cosas ingeniosas, otras no, pero todo quedaba ahí. Hoy, por fuerza, parece que tenemos que enterarnos de lo que piensa todo el mundo. Hay como una necesidad imperiosa de decir aquí estoy. Además, la gente se apresura y escribe cosas en caliente. Ni hablar de la necesidad de ser ocurrente, porque el problema es: ¿cómo me destaco entre esta masa de mensajes?


En el relato breve El martirio del San Sebastián parece defender la especialización en periodismo. ¿Es así?
Conocí periodistas que eran capaces de escribir una buena nota sobre cualquier cosa. Pero en el cuento planteo un extremo un tanto paródico: ¿cómo comentaría un partido de fútbol de segunda división un periodista especializado en la alta cultura? Recuerdo que el periodista Franklin Rodríguez era capaz, en sus comentarios de fútbol, de incluir analogías que tenían que ver con la historia. Por poner un ejemplo, era capaz de decir que un equipo había podido superar los obstáculos que le ponía el rival, como en su momento Aníbal había logrado cruzar los Alpes montado en un elefante. O meter una cita de Heidegger en un partido de Peñarol contra Rentistas. El tema de la especialización es una vieja discusión que llega hasta hoy. También se discute si hay un lenguaje específico para cada área informativa. No sé ahora pero antes había expresiones que eran propias de cada sección de diario. En policiales estaba aquello de “le descerrajó varios tiros en la cabeza” o “el occiso”. Eran como fórmulas. También las había en la crítica de cine, aquello de “un ejercicio de estilo”, que nunca quedaba claro que quería decir. Creo que en los países donde se desarrolló más el periodismo hay más especialización. Acá, por el mercado, el periodista tiene que hacer un poco de todo, tocar todos los instrumentos, ser un hombre orquesta, por así decirlo.


Trabajó muchos años como periodista radial.  Desde el punto de vista afectivo, ¿qué es la radio para usted?
Para mí sigue siendo el medio más cálido, con más carga humana. Es una comunicación muy directa, que es capaz de llegar al corazón. Emociona mucho más que una comunicación televisiva, salvo casos excepcionales como la caída de las torres gemelas en EEUU. Además, la radio es fantástica porque no nos pide una atención exclusiva como otros medios. Uno puede escuchar radio y hacer otras cosas como cocinar o manejar el auto. En ese sentido es imbatible. 


¿Lo digital terminará devorándolo todo? ¿Es lo mismo leer un diario de papel que  uno virtual?    
A mí me genera muchas dudas que sea lo mismo leer el diario en papel que en digital. Porque lo digital promueve una lectura horizontal. Se lee solo el título y el encabezado. Y eso tiene consecuencias; la lectura es más por arriba y tiene menos profundidad. En cambio el diario de papel promueve más la lectura vertical, invita a profundizar. Lo digital es tan superficial que por eso se habla de navegar.  No de submarinismo. Antes nosotros buceábamos en el conocimiento. 

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