Los organizadores de la ceremonia de los premios Oscar deben estar tan nerviosos como los nominados en las diferentes categorías, los cuales, montados en una ilusión supersport sueñan con oír su nombre de labios del presentador y ser llamados a recibir una estatuilla en la que no todo lo que reluce es oro. Para los estadounidenses, abril es el mes en que comienza la larga temporada de béisbol que termina en octubre (se juegan 162 partidos), por tanto, desde hace tiempo no lo asocian con una ceremonia de premiación que suele ser tan larga como esperanza de pobre y que nunca termina de convencer a nadie. La noche de los Oscar en televisión, que en más de 20 ediciones se realizó en abril (la última en 1988, cuando ganó El último emperador), ha venido sufriendo una considerable merma de audiencia en años recientes, por lo que a nadie debería sorprender que la ceremonia correspondiente a 2021 bata récords de ausentismo y desinterés. En Estados Unidos, 23 millones de televidentes vieron la ceremonia del año pasado. En 2014 habían sido 40 millones.
La pandemia (y los protocolos sanitarios) ha generado daños colaterales grandes en la industria del espectáculo, los cuales afectaron la entrega de los premios Globo de Oro correspondientes al pasado 28 de febrero. Decir que fue letárgica es quedarse corto. Fue una de las más intrascendentes y aburridas ceremonias realizadas en la historia de la televisión. Cada minuto equivalió a una dosis de Valium 10. Varias semanas después, nada hace suponer que la ceremonia de los Oscar vaya a ser un poquito mejor, aunque, verdad obliga, a los Globo de Oro nada les gana en intrascendencia. Esto no quiere decir que los premios Oscar tengan tan superior encanto, pero al menos pertenecen a una tradición reconocible. Como pasa siempre, se hablará más de quienes se quedan con las manos vacías que de aquellos empeñados en generar tedio gratuito con sus largos discursos de aceptación del galardón. Y los perdedores son… El lunes habrá material variado para comentar y olvidarse por un rato de que hay una pandemia que no pinta para irse pronto.
La de este año es la 93ª edición del premio de mayor reconocimiento de la industria cinematográfica. El Oscar tiene 10 años más que el nominado Anthony Hopkins, quien hace una labor memorable en un filme de primer rango, El padre, por lo que voy a sintonizar el programa solo para saber si por algún error de imprenta hay justicia y el actor británico obtiene su segunda estatuilla como Mejor actor (la primera fue por interpretar al doctor Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes, 30 años atrás). En El padre, Hopkins interpreta a un anciano con demencia senil que comenzó a perder la memoria. Sería paradójico que los casi diez mil miembros de la Academy of Motion Picture Arts and Sciences, que históricamente se han caracterizado por carecer de buena memoria a la hora de emitir su voto (de la falta de criterio mejor no hablar), premien a un actor que encarna a un personaje acechado por los azotes del olvido permanente. Con seis nominaciones, El padre –éxito de público y crítica en la versión de teatral– podría ser la sorpresa, en una noche que va a necesitar de unas cuantas para salvar los desafíos que por anticipado enfrenta.
Los premios Oscar van camino a ser centenarios y la edad les pesa. Uno de los problemas que los aquejan tiene que ver con la falta de memoria (sufren de alzhéimer con demasiada frecuencia) a la hora de confeccionar la lista de aspirantes a un premio. Siguiendo la costumbre convertida en tradición, también esta vez se han olvidado de muchos filmes que deberían estar en la lista de destacados. Que entre las ocho películas nominadas no figure I’m Thinking of Ending Things (Pienso en el final) resulta inconcebible, habiendo sido por lejos el filme con mayor dosis de imaginación entre los estrenados en 2020. Cada año regresamos a la misma reflexión: la lógica de los miembros de la Academia es arbitraria y debe tener algún parentesco con el azar, ya que resulta imposible explicarla.
En esta ocasión, en la categoría Mejor película extranjera no hay ningún filme latinoamericano por el cual hinchar. Los mexicanos, ganadores de varias estatuillas en categorías centrales durante las dos primeras décadas del siglo y responsables directos de que Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristarain, fuera eliminada de la carrera por el Oscar en la citada categoría a principios de la década de 1990 (supusieron que una vez excluida la película argentina que competía por Uruguay sería nominada Como agua para chocolate, algo que no ocurrió), no tienen este año ningún caballo en la carrera. Esto podría estar indicando un cambio de rumbo en la estética con intenciones políticas que desde hace un par de décadas la Academia ha priorizado. A los votantes les fascinan las historias cargadas de alusiones étnicas y políticas con cuota grande de redención, como si su propósito principal fuera intentar cambiar al mundo mediante la premiación de panfletos ideados para disfrutar con una bolsa de pochoclo y una bebida refrescante.
Es lo que está de moda: un tipo de cine muy parecido a los comerciales de MasterCard, esto es, con formas seductoras cargadas de mensajes redentores y poco para exhibir más allá del mensaje obvio y complaciente que irradia. La soberana fiesta del glamur es una forma diplomática de reconocer la diversidad étnica, aunque no necesariamente los logros artísticos. La onda en Hollywood, tal parece, viene por el lado de lo solemne en cuestiones étnicas y de vulnerabilidad social, lo cual incluye contraindicaciones, pues genera expectativas injustificadas respecto al verdadero poderío político de ciertas películas de las que invitan a pensar, pero solo en una dirección. La calle está flechada y no es el bulevar de los sueños rotos como nos quieren hacer creer. La pandemia nos ha hecho más vulnerables, pero no más tontos.
La primera edición de los premios Oscar tuvo lugar el 16 de mayo de 1929. Desde entonces no se hacía tan tarde en el calendario, casi al finalizar el cuarto mes del año. El público ya se había acostumbrado a verla a fines de febrero o principios de marzo a más tardar. ¿Cuánto a favor y cuánto en contra afectará el hecho de realizarla a fines de abril? Nadie lo sabe, aunque si las cifras del rating pierden por nocaut siempre está la posibilidad de culpar al covid-19, o a la recién inaugurada temporada de béisbol.
Prónostico
Mejor película: Nomadland
Mejor director: Chloé Zhao
Mejor actor: Chadwick Boseman
Mejor actriz: Viola Davis
Mejor actor de reparto: Paul Raci
Mejor actriz de reparto: Maria Bakalova
Mejor película internacional: Otra ronda (Dinamarca)