22 de noviembre de 2013 20:00 hs

Los cambios dispuestos por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en la cúspide del poder configuran un giro que acentúa el despeñadero argentino y augura dificultades aún mayores para Uruguay. A primera vista puede parecer que el ascenso de Axel Kicillof, de número dos a titular de la cartera de Economía, solo oficializó una situación que existía de hecho, ya que el joven economista de extrema izquierda tenía más autoridad que el desplazado ministro Hernán Lorenzino. Los alcances del cambio son más profundos. El nuevo ministro ha emergido como el poder detrás del trono de la reina Cristina.

Lo confirma la vertiginosa salida de la escena política del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, y de la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, entre otros altos funcionarios.

Moreno era el perdurable verdugo oficial del kirchnerismo, prepotente y desmedido en sus ataques represivos al grupo Clarín, en la amedrentación a los grandes consorcios empresariales privados, en las restricciones a las importaciones y en su manipuleo engañoso de la inflación y otros índices. Pero su estilo, y algunas de sus medidas, lo llevaron a chocar con Kicillof. El nuevo ministro –y ahora favorito de Cristina– lo relegó de inmediato a un puesto secundario en el exterior. También cayó Marcó del Pont, una fiel lugarteniente del kirchnerismo pero que últimamente había objetado el drenaje de las menguadas reservas del Banco Central para pagar el gasto despilfarrador del gobierno.

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La salida de Moreno elimina a una de las figuras más nefastas del gobierno y que más ha contribuido a desacreditarlo. Pero el remedio puede ser peor que la enfermedad. Su desaparición y la de Marcó del Pont de cargos clave deja todo el poder en economía en manos de Kicillof, quien favorece profundizar el proteccionismo kirchnerista y establecer un sistema de cambio doble, o tal vez múltiple, con un dólar oficial y otro turístico, agregando tal vez una tercera tasa para artículos considerados suntuarios. El cambio de rumbo dispuesto por la presidenta, al reasumir el gobierno luego de su enfermedad, obedece presumiblemente a su intento de atenuar la pérdida de respaldo popular.

Pero el dirigismo centralizado en manos de Kicillof, con la bendición de Cristina, augura más restricciones a la mayoría de los argentinos para vivir en su país o viajar al exterior, lo que amenaza agudizar la repercusión que el bloqueo del dólar ya ha tenido sobre el turismo de la vecina orilla hacia nuestro país. Igual panorama se presenta para el alicaído ingreso de mercaderías uruguayas a un mercado que era, hasta hace algunos años, nuestro principal cliente de las exportaciones, así como con los muchos temas pendientes con Uruguay en áreas vitales, como los canales de navegación y las medidas contra nuestros puertos.

La única esperanza de que este horizonte se aclare es que, luego de su derrota en las recientes elecciones legislativas y pese al vuelco de toda la maquinaria del Estado en medidas populistas para ganar votos, el kirchnerismo pierda también la elección presidencial en 2015. Pero por lo menos hasta entonces los argentinos enfrentarán tribulaciones crecientes y nuestro país soportará cada vez más restricciones en las ya fracturadas relaciones rioplatenses.

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