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¿Por qué les ponemos nombres a las casas de los balnearios?

La costumbre está bien arraigada en nuestro país y un recorrido al azar por Punta del Este prueba que la creatividad se mantiene

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11 de enero de 2020 a las 05:00

Los números no tienen misterios. No guardan secretos ni historias. Quizás los matemáticos, más acostumbrados a explorar sus posibilidades y más predispuestos a quererlos y apreciarlos, quieran gritar a los cuatro vientos que es una barbaridad, que asegurar que un número no tiene secretos es la demostración de una incapacidad para pensar con profundidad. Pero con el perdón de los profesionales que han dedicado su vida a esos análisis, lo cierto es que cuando recorremos una calle de Montevideo –o de San José, o de Trinidad, o de París, Nueva York o Lisboa– los números de las casas no nos dicen demasiado. Apenas nos marcan que allí, en el 1778, vive la persona que buscamos. O que en el 686 está el local al que teníamos que llegar. Y punto. Sí, es cierto, hay números y direcciones famosos –el 221B de la calle Baker, por ejemplo–, pero en general, ver un número suelto en la pared de una casa es una experiencia bastante anodina. Es un golpe de información concreta y llana. 

Recorrer un balneario, el barrio de una ciudad costera o algún pueblo de pescadores perdido en el este, es algo bastante diferente. Puede terminar convirtiéndose, si se quiere, en una cacería de historias ocultas. Porque a diferencia de lo que nos pasa en las ciudades, los uruguayos hemos tomado como propia una tradición que nos excede, que se remonta bastante siglos atrás y que tiene, irremediablemente, un olor a verano que se mezcla con las posibilidades que una o dos palabras pueden llegar a esconder. Estamos hablando, claro, de la tradición de bautizar a las casas de veraneo con un nombre propio. Con el nombre que sea.

Oiconimia

No está muy claro de dónde viene la costumbre –que al parecer hasta tiene un nombre, oiconimia, y que es un concepto que está unido a la historia del País Vasco–, pero hay quienes dicen que antiguamente las direcciones eran más sencillas porque uno solo tenía que decir que iba a “lo del carpintero” o a “lo del herrero” y listo. Esto claro, sucedía en la Europa medieval, aunque más tarde se extendió por el resto del mundo. Al parecer ese tipo de frases o indicadores se empezaron a colgar al frente de los hogares para facilitar la identificación y bueno, el resto es historia. O, más bien, nuestra historia. Porque hoy, en el este y en otras partes del país, estamos rodeados de casas con nombres. Una al lado de la otra, cada una con un título que se relaciona con la historia de sus propietarios. O con quién sabe qué.

No hay patrón alguno para bautizar una casa. Puede ser un nombre propio, un neologismo, un árbol, un animal, un episodio histórico, una ciudad extranjera, una playa, un fenómeno natural, un título al azar y hasta la conjunción de varios nombres de los miembros de una familia, algo bien uruguayo que hasta fue representado en una película nacional que se estrenará en marzo de este año –y que es una comedia deliciosa y recomendable–. En Alelí, el segundo título de la cineasta Leticia Jorge, los protagonistas son tres hermanos que se disputan una casa en un balneario de Canelones que se llama, justamente, así: Alelí por Alfredo y Alba, Ernesto y Liliana. 

Inventiva

Tratando de encontrar coincidencias, inventos extraños y otras particularidades similares a las de la película, una comitiva de periodistas de El Observador que estaba en Punta del Este de cobertura veraniega se embarcó en la misión de recolectar la mayor cantidad de nombres de casas en el balneario, y su rango de acción comprendió varios barrios de la playa Brava, de la Mansa, de Portezuelo y de Punta Ballena. La lista final es arbitraria, claro –algunos nombres son verdaderamente malos y se descartaron–, pero en general representan un buen paneo de la inventiva de los uruguayos a la hora de bautizar residencias. En total, se juntaron más de cien nombres. Y estos son los resultados.

Para empezar, lo que abundan son (obviamente) los nombres propios –hay Agnes, Elenas, está Lo de Leti y hasta Los dos Luis–, pero sobre todo destacan los que refieren a las vacaciones, el descanso y sus derivados. Parece lógico: nadie querría irse de licencia a una casa que da la bienvenida con un cartel que dice “La oficina”. Así encontramos cosas como El buen descanso, La tranquila, La constancia, Serena –que se repite hasta el cansancio–, Paradise, La bien querida y La veraneada. Y casi emparentadas, las que también dominan el nomenclátor playero son las que, justamente, recuerdan al mar, sus alrededores y hasta sus habitantes: Mar brava, Dunas de plata –que más que nombre de casa tiene nombre de complejo hotelero–, Mar Azul, Blue Rock, Las gaviotas, Las brisas, Pez martillo, Pez espada, Luz de mar, La resolana, Lindamar, Agua marina y Claro de Luna.

Al parecer la naturaleza también es una de las cosas que más rinden, y por eso es común que, en un arranque de amor intenso a la madre naturaleza, a las personas se les ocurra nominar a su hogar estival como un bicho o una planta silvestre: está M’burucuyá, Los horneros, Pájaro de fuego, Aves del este, Ratona, Ruiseñores, Grey Rock, Butiá, Bicholindo, Los Búhos y hasta La cucaracha. 

Además, al parecer hay gente que en vacaciones se pone media esotérica y mística, y decide así elegir nombres que le recuerden a los astros, a los mitos y también a alguna que otra leyenda. Aparecen Sagitario, Artemisa, Fénix, Las brujas, Bruja, El mito y seguro que si hurgamos un poco más aparece algún Polifemo o un Jason y los Argonautas. Y claro, algún Zeus o algún Hermes también debe de haber. Y un Olimpo, sin dudas.

Es curioso, porque recorriendo las calles del principal foco turístico del país se encuentran también algunos cruce de lenguajes interesantes. Quizás es por que pertenecen a extranjeros, o quizás simplemente porque a algunos no les alcanza las miles de palabras que tenemos en español y buscan darle un toque de exotismo chic a su morada con idiomas alternativos. Las mejores de todas son Far far away, Zillertal, Windy, Birdie, My pride, New generation, Matsu No Ya, Voilá, Over Night, Laurey, Toy House y As meigas.

Y para el final hay un montón más que, bueno, nos costó encontrarle un grupo al que adscribirlos pero que merecían estar en este recuento aleatorio porque son, al menos originales: Hoy, Cualquiera, Ubuntuba, Tango, Garufa, Aíta, Canuto, Ravada, Peponillos, Las ventanas, Kau Rei, La disparatada, El roncal, Lol, Rucamany, Poker de Ases, Sa Sa, Candombe, Sucundun, El pasha, Chyppe, Contá, Mi tío, El tío, Tío Toto, El escalón, El indio, El pellizco, Kios, Bitácora, Va, Aloha, Mil amores, Ausonia, Susurros, Clericó, Don Tono y Protocolo. Y para el final, la mejor: Gin Tonic. Quien escribe se alquilaría unos cuantos meses en Gin Tonic si pudiera. Y trataría de averiguar qué se le pasó por la cabeza cuando lo eligió. Lo que pasaba por la barra, ya lo sabemos.
 

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