24 de abril 2020 - 20:54hs

Antes de que el coronavirus irrumpiera en nuestras vidas, la seguridad pública y la impronta del nuevo ministro del Interior fueron tal vez los datos más relevantes de un puñado de días fugaces, destinados a ser recordados como una inocente antesala de la crisis.

Y, sin embargo, esas dos semanas dieron para mucho en materia policial. Las nuevas autoridades dispusieron una mayor presencia policial en la calle, con el mandato de ejercer la autoridad con firmeza y sin complejos. El cambio con respecto a la administración anterior se hizo notar de inmediato, con operativos de control y patrullaje destinados a fiscalizar no solo delitos, sino también comportamientos que pudiesen perjudicar la convivencia y deteriorar el orden público.

Los cambios suelen ser dolorosos y tomaron a muchos por sorpresa, dando lugar a roces que derivaron en denuncias por abusos y malos tratos. La más destacada fue tal vez la de un funcionario municipal que dijo haber sido víctima de una detención arbitraria en la cual los agentes policiales lo habrían insultado, golpeado y hasta disparado con un arma de fuego. Felizmente, la acusación era falsa. Uno de los agentes portaba una cámara corporal que había registrado parte del operativo. La grabación mostraba momentos de tensión, pero los insultos y golpes brillaron por su ausencia.

EFE

Casualmente, el uso de tecnologías de videovigilancia ocupa un lugar privilegiado entre los temas recurrentes de los estudios latinoamericanos de seguridad. La receta infalible es la siguiente: se toma al filósofo Jeremy Bentham y su idea del panóptico. Se la limpia de todo matiz y se la rebana en trozos que permitan exhibirla como la situación opresiva definitoria de las sociedades disciplinarias modernas. Para ello se la sumerge en una taza de Michel Foucault –no puede faltar en la despensa– y se la deja cocinando a fuego lento. El toque de originalidad suele consistir en advertir que las cámaras de seguridad del gobierno neoliberal de turno constituyen una suerte de panóptico electrónico y una vuelta de tuerca más en la cultura del control dirigida a vigilar a los grupos marginados para defender el statu quo. Se espolvorea con las consabidas y obligadas críticas al capitalismo. Por último, se omite cualquier propuesta práctica alternativa, y habemus paper.

Acostumbrado a estas lecturas, es entendible que me alegrara tanto encontrar dos estudios publicados el año pasado que rompen con tan extendida tradición. Los autores, nacionales y extranjeros, no solo se dispusieron a medir de forma empírica los efectos del uso de cámaras corporales por parte de la policía uruguaya, sino que también tuvieron la desfachatez de aportar insumos prácticos para la toma de decisión por parte de las autoridades. Lo hicieron con una evaluación de impacto seria y planificada, utilizando un ensayo cruzado y aleatorio que les permitió llegar a conclusiones sobre cómo influye el uso de cámaras en la presentación de denuncias contra la policía.1

Para ello, los investigadores equiparon con cámaras personales a decenas de policías de tránsito en cinco departamentos durante diez meses. Los agentes con cámaras iban rotando. Quienes las portaban debían mantenerlas encendidas durante todas las interacciones mantenidas con conductores a los que hubiesen parado por la sospecha de que habían cometido una infracción de tránsito. Las cámaras estaban incorporadas al uniforme y contaban además con una pantalla frontal, lo que permitía que los conductores advirtiesen desde el comienzo que estaban siendo grabados. A su vez, se les informaba verbalmente que el procedimiento sería registrado en audio y video, ya que no solo se buscaba influir en el comportamiento del agente, sino también en el del ciudadano.

Los resultados fueron contundentes. Con relación a los diez últimos meses anteriores al programa, las denuncias contra la policía de tránsito en dichos departamentos se redujeron en un 86%. A su vez, en aquellos departamentos en los que no se implementó el programa, las denuncias fueron cinco veces superiores a los otros departamentos.

Hay dos teorías que explican el efecto que pueden tener las cámaras sobre el comportamiento de los policías y el público. En primer lugar, la teoría de la disuasión sugiere que las malas conductas suceden como resultado de la suma insatisfactoria de la certeza, la severidad y la celeridad del castigo. Las cámaras corporales hacen más probable la sanción para quienes incumplen las normas, y ello vale tanto para el oficial de policía que abusa de su autoridad, como para el conductor que ofende al policía. En otras palabras, el registro de la situación incrementa notoriamente la posibilidad de un castigo, lo que lleva a los involucrados a comportarse conforme a las reglas.

En segundo lugar, numerosos estudios de psicología social demuestran que las personas adhieren más a normas sociales y modifican su comportamiento en consecuencia cuando son conscientes de estar siendo observadas. Ello sucede porque dicho reconocimiento afecta procesos internos cognitivos y sociales que favorecen la autoconsciencia pública. Es decir, sabernos observados nos hace particularmente conscientes de cómo nos mostramos a los demás. Y esa reflexión, a su vez, conduce muchas veces a que asumamos el comportamiento que consideramos correcto y socialmente aceptable.

De este modo, las cámaras de video aumentan notoriamente la posibilidad de un castigo y nos concientizan sobre nuestro comportamiento, produciendo lo que algunos especialistas denominan un efecto civilizador3.

Por otro lado, los investigadores de los estudios citados también quisieron evaluar si el uso de las cámaras corporales podría incidir en la percepción que los conductores tenían de los agentes de tránsito2. En concreto, quisieron saber si entre los conductores aumentaba la satisfacción con relación al procedimiento y si mejoraba su opinión de los policías. Con ese propósito, se realizó una encuesta telefónica a más de doscientos conductores que habían interactuado con los agentes en el marco del programa, planteándoles una serie de preguntas que buscaban conocer sus percepciones sobre la legitimidad, efectividad y calidad del procedimiento.

Nuevamente los resultados fueron alentadores: los conductores que habían interactuado con agentes que portaban cámaras corporales recordaban procedimientos más satisfactorios, justos y profesionales.

Resalto estos estudios porque fueron realizados sorpresivamente en Uruguay, pero no son excepcionales. Contamos con una cantidad importante de evaluaciones similares en distintas partes del mundo que obtuvieron resultados parecidos: el uso de cámaras corporales proporciona una solución efectiva para reducir las fricciones de la labor policial y mejorar la percepción que de ella se tiene. Además, su uso tiene el potencial de servir para una mayor transparencia y rendición de cuentas, si bien para ello hacen falta medidas adicionales por parte de las autoridades.

Poniendo todo en la balanza, los beneficios parecen superar ampliamente los costos, siempre y cuando estos se puedan asumir. Y es que aquí radica aún el mayor obstáculo para esta tecnología. Parece evidente que a mediano y largo plazo el uso de cámaras corporales se expandirá entre las fuerzas policiales de todo el mundo. No obstante, actualmente su adquisición supone una posibilidad latente para muchas fuerzas policiales de países industrializados, pero todavía muy lejana para el resto. El problema ya no son las cámaras en sí mismas, cuyo costo se ha reducido notablemente, sino más bien los costos que conlleva un sistema de almacenamiento online capaz de conservar de forma segura y temporal cientos de miles, o millones, de horas de grabación.

Al igual que gran parte de nuestro estado, la policía uruguaya tiene todavía un largo camino por recorrer de cara a su eficiencia y profesionalización. Sin embargo, debemos ser conscientes de que su labor siempre generará conflictos y controversias. No necesariamente por error ni por malicia, sino porque su mandato republicano implica inevitablemente la instauración de una visión concreta del espacio público y del comportamiento de quienes lo transitamos. Las cámaras pueden ser un atajo interesante en ese camino.

Referencias

1 Ariel, Barak, Renée J. Mitchell, Justice Tankebe, Maria Emilia Firpo, Ricardo Fraiman, and Jordan M. Hyatt. 2020. “Using Wearable Technology to Increase Police Legitimacy in Uruguay: The Case of Body-Worn Cameras.” Law & Social Inquiry 45 (1): 52–80. https://doi.org/10.1017/lsi.2019.13.

2 Mitchell, Renée J., Barak Ariel, Maria Emilia Firpo, Ricardo Fraiman, Federico del Castillo, Jordan M. Hyatt, Cristobal Weinborn, and Hagit Brants Sabo. 2018. “Measuring the Effect of Body-Worn Cameras on Complaints in Latin America: The Case of Traffic Police in Uruguay.” Policing 41 (4): 510–24. https://doi.org/10.1108/PIJPSM-01-2018-0004.

3 White, M.D. (2014), Police Officer Body-Worn Cameras: Assessing the Evidence, Office of Community Oriented Policing Services, Washington, DC.

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cámaras corporales Coronavirus tecnología y seguridad Member

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