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¿Será que enfermó de cáncer?

Ni los militares trataron con este desprecio a la educación, un valor que se suele vincular más a los regímenes democráticos

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29 de julio de 2013 a las 00:00

Ir al liceo en épocas de dictadura era una calamidad. Doy fe democrática de ello. Yo iba al liceo 13 de la zona del Hipódromo que en estas horas es noticia, de las malas, como suelen serlo, lamentablemente, la mayoría de los liceos públicos del país.

Un día, cuando aún tenía pelo, di un examen escrito por la mañana y por la tarde, cuando iba a dar el oral, el portero, de porte marcial, me dijo que el pelo me tocaba la camisa, y tuve que marchar a cortármelo porque sino no podía dar el examen.

Una de mis compañeras en el 13 era Mariela. Hicimos el liceo en dictadura, pero la recuerdo siempre, en plena dictadura, con su uniforme impecable y una sonrisa. El tiempo pasó. Mariela tuvo una hija, Fiorella, que también fue al 13. En el 13 a Fiorella le dieron un balazo y la dejaron en silla de ruedas. El 13 de la dictadura, el que pasaba lista todos los días, el que no se llovía, el del maldito portero, el liceo que pintaba una sonrisa en la cara de Mariela, devino en el 13 de la democracia, que le amargó a Mariela la vida para siempre. La de Mariela pudo ser una historia personal y puntual, elegida al azar para destacar lo peor de una situación que, ojalá, pudiera tener una paleta más amplia de colores que contar.

Pero basta mirar las cifras, y si ellas están equivocadas, que pueden estarlo, basta recorrer las puertas de los liceos, las esquinas de los barrios. La calle. Y allí es donde se escucha cada tanto la voz de algún anormal que cree que la sonrisa de Mariela es justificación suficiente para su reclamo de que vuelvan los milicos.

Pero aún los planteos más delirantes ayudan a pensar desde otro lugar, que de eso se trata, sino esto oscila, ida y vuelta entre el gris y el marrón. Si los militares, que escupían por el colmillo, se dieron cuenta que no podían dejar venir abajo a la educación, ¿qué cuernos les pasó a los demócratas? ¿No es la cultura la enemiga de las dictaduras y que cuando un pueblo sabe no lo engaña un Brigadier?

¿No es que en la cultura anida el alma de la tolerancia y por tanto de la democracia? ¿Será que, si lo saben, entonces le están colocando intencionalmente una bomba de tiempo al alma de la democracia? ¿O será que las cartas están echadas y, como a un paciente terminal, no se animan a decirnos la verdad: que no pueden? ¿Será que no se animan a decirnos que al corazón de la democracia se le ha despertado un cáncer y que, bueno, ya lo sabemos, eso no tiene cura?

En cualquier caso, por este camino de someter a las masas a esas mazmorras modernas en que han convertido a los liceos, la democracia quizás termine pariendo, no una dictadura militar, que eso ya luce extemporáneo, sino una de esas democracias autoritarias, populistas, una de esas democracias de la horda, la lonja y el cocotero, una democradura para ignorantes, como ya conocemos alguna de lejos. Pero no hay mal que por bien no venga: si no nos importa esto que está pasando, ¿por qué nos va a importar entonces?

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