Paisano es el quinto disco de Tunda Prada, más conocido como artista plástico: dibujante y animador y docente y empresario. La música y el dibujo lo acompañaron desde que se acuerda, a veces de forma armoniosa, juntándose en los conciertos, a veces a los codazos. Hacía Arquitectura y tocaba en los boliches y de repente apareció la revista El Dedo y después de El Dedo, Guambia, y dibujó el isotipo de la revista y entonces además de un sueldo había royalties y eso empezó a marcar un perfil profesional: Tunda es es un dibujante de historietas.
Soy artista. Últimamente pongo artista, incluso en el pasaporte. Es lo que engloba las cosas que hago. Hay un laburo de producción, también, como empresario, porque armo equipos para trabajar. Pero cada día me lo quiero sacar más, eso, y quedarme con las cosas que a mí me gustan, que son hacer música y dibujar. Dibujar o crear animaciones. Y lo que puede englobar eso: artista.
Parece que no tuvieran mucho en común, la música y el dibujo...
Para empezar salen de una misma persona, en mi caso, y entonces ahí ya hay un punto en común.
Pero creo que sí, que hay en todas las disciplinas del arte un punto en común. Quizás si lo miramos desde un punto de vista técnico, no hay un punto en común. ¿Qué tiene en común una acuarela y una escala mayor? Por ahí si me pongo a buscar empiezo a encontrar matices, timbres, colores. Pero si vamos a lo estricto, ya es más difícil decir que una canción se parece a una acuarela.
¿Alguna vez se puso a buscar relaciones entre su actividad plástica y musical?
No. Es una cosa de despojo, de necesidad. No hay un análisis, una intención de averiguar por dónde va.
¿Su carrera como dibujante opacó de alguna manera a su faceta de músico?
Lo otro fue mucho más seductor, económicamente y entonces relegué la música, aunque nunca dejé de hacer discos. Y capaz que hay una expectativa de darle un poco más de presencia. Quizás en este año, con este disco nuevo. Aunque tengo un montón de ofertas de laburo, importantes, en el otro sector, que incluso me absorverían más que antes. Y ahí estoy tamizando.
Entonces es un conflicto...
Sí, sí. Lo que pasa es que convivo con ese conflicto, permanentemente, toda mi vida. Siempre fue un ir y venir. Me tocó esto y yo la voy llevando. Yo no me concibo si no hago lo que hago. No importa cuándo saco el próximo disco. No me interesa. Capaz que viene una compañía de no sé dónde y me dice “bo, quiero hacer un disco el año que viene” y yo largo todo al diablo, no lo sé. O viene otra empresa y me dice: “Vamos a hacer una película” y la hacemos. Pero el disco va a seguir ahí, en un estante, hasta que lo pueda retomar.
¿Aparece la idea de que si se dedicara a una sola de las dos actividades tendría un nivel más alto?
Sí, por supuesto. Todo tiene que ver con las horas de vuelo. ¿Cuántas horas le dedicaste a eso? Yo tengo un hijo que es un gran músico, que me produjo el disco. Y él ya tiene más horas que yo en la música. O sea lo que tiene este disco, o cualquier otro que haga, van a ser esas horas que yo le dediqué. Por eso puede tener 10 años de proceso. De repente la energía se concentra más al final. Pero la voy llevando por esto que estamos hablando, porque no me concibo de otra forma. Ahora quiero concentrarme en la guitarra y en la acuarela, profundizar.
¿Cómo se siente con el resultado de este disco?
Es el disco que me gusta más porque no dejé pasar nada. Ni musical ni literalmente. En otros discos de repente un estribo no me cerraba y yo igual lo dejaba pasar. No era consciente. Y ahora lo escucho y digo: qué lastima, una canción preciosa, pero justo el estribo es un desastre. Capaz que era por esa falta de responsabilidad, porque eso estaba en segundo plano y no importaba si se vendía o no. Pero no pasa por ahí. Es una cuestión peronal que fue aprendiendo: yo ahora quiero pulir todo lo que saco.
Es un buen momento de su carrera musical, entonces.
Yo espero que mejore, y hacer otras cosas. Me gustaría que aparecieran más cosas. Porque yo sigo empezando. Y ojo, me encanta: soy un empezador.