20 de enero de 2012 21:17 hs

El 12 de abril de 2004, poco antes de las 10 de la mañana, el timbre sonó en el liceo 13 de Maroñas. Los alumnos comenzaron a entrar al aula, esperando la llegada de la docente. Fiorella Buzeta se encontraba de pie hablando con un compañero cuando notó un fuerte ardor en el costado izquierdo de su espalda, dejó de sentir las piernas y cayó al piso. Fiorella no lo sabía, pero había recibido un disparo del arma que portaba su compañero, el cual la dejaría confinada a una silla de ruedas.

Pasaron ocho años desde aquel día. Fiorella se ha convertido en una bella joven de 20 años, aunque el proyectil siga encapsulado dentro de su cuerpo. El dolor, como la bala, se ha acorazado, pero continúa en el corazón de una joven y de una familia que afronta como puede la realidad que les ha tocado en suerte.

“Trato de no vivir amargada y de manejar las cosas con la cabeza, no con los sentimientos”, comenta Fiorella, quien señala que el apoyo y el haberse mantenido ocupada le han dado fuerzas para seguir adelante. Tras terminar la educación secundaria becada en el Liceo Francés, en la actualidad estudia comunicación en la ORT, donde se especializará en publicidad. En la universidad también la han subvencionado, gracias a la intervención de “un ángel de la guarda”, que se hizo amigo de la familia luego del incidente.

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A la satisfacción educativa se le suma la sentimental, ya que desde hace más de un año y medio Fiorella está de novia. Se conocieron primero de forma virtual, cuando él – un estudiante de contador, de 24 años, cuyo padre padeció una enfermedad que lo dejó ciego– se contactó con ella a través de Facebook para manifestarle su admiración.

Otra buena noticia en la vida de Fiorella es que, tras muchos años y demasiada burocracia, la joven finalmente pudo comprarse un auto. Esto le permitirá dejar de depender de su hermano, que funcionó como su chofer.

Sin embargo, pese a la energía y a los resultados favorables aún los ojos se empañan y las voces se quiebran en casa de los Buzeta. “Todavía no entiendo por qué”, se pregunta con la mirada perdida Miguel, el padre de Fiorella, un ex pescador que tuvo que convertirse en taxista para estar más cerca de su hija.

“Es que él se quedó en el por qué”, explica la madre, Mariela Carminatti. Para ella ya quedaron atrás los días en los que golpeaba la silla de ruedas de su hija contra la pared. Ahora su pacto con el dolor es otro: “Yo traté de borrar ese día, fue lo que me hizo seguir para adelante”.

Ambos padres reconocen que su hija tiene una “mochila” muy pesada, porque además de cargar con su propio destino, lo hace con el de una familia que une su felicidad a la de Fiorella. “Si baja los brazos se va toda una familia al tacho”, señala la madre. Fiorella no dice nada, pero no puede callar a sus ojos.

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