Primero que nada, una confesión. Pese a haber recibido una educación católica, el tema de la resurrección siempre me ha hecho "ruido". Fue algo así como "barrera" para mi ser creyente. Quizás porque es una idea bastante irracional, pero principalmente porque se trata de uno de esos pilares fundamentales de la fe cristiana (por no decir "el" pilar). En otras palabras, me ha costado creer en la resurrección, al menos tal como la presentan.
Sin embargo, es una palabra que no termino de soltar en mi fuero íntimo. Algo en ella insiste en quedarse.
Tal vez porque nombra algo que, con otros lenguajes, seguimos necesitando decir: la posibilidad de que la vida vuelva a abrirse camino cuando parecía cerrada. Durante mucho tiempo, la discusión quedó atrapada en una alternativa pobre: o se la acepta como un hecho físico extraordinario, o se la descarta como una creencia sin relevancia. Sin embargo, algunos pensadores contemporáneos han intentado salir de esa trampa.
Para José Antonio Pagola (1), por ejemplo, la resurrección no puede entenderse como la simple reanimación de un cadáver, sino como la irrupción de una vida nueva que transforma a quienes la experimentan. Lo decisivo no es “qué pasó” en términos biológicos, sino el hecho de que personas paralizadas por el miedo recuperan la capacidad de ponerse de pie y seguir.
En una línea convergente, Andrés Torres Queiruga (2) propone abandonar una lectura física del acontecimiento: la resurrección no pertenece al orden de los hechos verificables dentro de este mundo, sino que remite a una dimensión de la realidad que desborda nuestras categorías habituales. No es un regreso a esta vida, sino otra forma de vida.
Desde un registro más interior, Pablo d'Ors (3) desplaza la cuestión hacia la experiencia: la verdadera transformación no es visible ni espectacular, sino silenciosa. Tiene que ver con dejar morir lo que no tiene vida —el ego, las falsas seguridades, las inercias— para dar lugar a una forma de existir más verdadera y auténtica.
Leídas en conjunto, estas perspectivas nos ayudan a recuperar la potencia de la palabra “resurrección” sin exigir adhesión a una interpretación literal.
Hablan, en el fondo, de algo profundamente humano: de esos momentos en los que una vida —individual o colectiva— parece agotada, y sin embargo, contra toda evidencia, algo vuelve a comenzar.
No se trata de negar lo difícil del momento. Ni resignarnos frente a las adversidades. Ni de romantizar el dolor. Ni de ofrecer consuelos rápidos. Se trata de reconocer un fenómeno más discreto, pero igualmente decisivo: que incluso en condiciones adversas, la vida no se reduce a lo que vemos de ella en un momento dado.
En sociedades atravesadas por la frustración, el cansancio y la pérdida de horizonte, recuperar esta idea no es meramente un concepto teológico. Es una necesidad cultural. Porque si todo termina en lo que se rompe o se pierde, entonces no hay futuro. Pero si algo puede recomenzar, aunque sea de forma mínima, entonces hay historia. Quizás por eso la resurrección sigue siendo una palabra incómoda. Porque no se deja encerrar ni en la explicación científica ni en la negación escéptica. Nombra, más bien, ese punto ciego donde —sin garantías—
la vida insiste. Y donde, a veces, lo más humano que podemos hacer no es entender del todo lo que pasa, sino animarnos a empezar de nuevo.
Felices Pascuas!
Notas:
(1) José Antonio Pagola, "Jesús. Aproximación histórica", 2013, PPC
(2) Andrés Torres Queiruga, "Repensar la resurrección", 2005, Trotta.
(3) Pablo d'Ors, "Biografía del silencio", 2020, Galaxia Gut