"Voy a mirar a los ojos a los asesinos de mi hija", afirma Jamila Benselah, una marroquí que se ha acercado el jueves a la capital española para asistir a la apertura del juicio contra los presuntos autores de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid.
Ese día, hacia las 07H40 locales, diez bombas estallaron en cuatro trenes suburbanos llenos de gente que se dirigían a la estación madrileña de Atocha, acabando con al vida de 191 personas e hiriendo a otras 1.824 de 13 nacionalidades.
"Es muy duro ver a los asesinos de mi hija", añade esta madre de familia, arropada en un largo abrigo y con un pañuelo en la cabeza.
En la entrada y en el interior del recinto judicial, vehículos blindados, decenas de policías armados o con perros, montan guardia, apoyados por un helicóptero.
Antes de dirigirse a la prensa, se fundió en un abrazo con lágrimas en los ojos, con el abogado de su asociación 11-M Afectados por el Terrorismo, José María Fuster Fabran, como si se hubiera sentido liberada de una gran tensión tras largos meses de espera.
Esta madre de familia se hizo famosa el 15 de diciembre de 2004 con motivo de su emotiva comparecencia ante la Comisión de Investigación parlamentaria sobre los atentados.
Hasta el lugar donde se desarrolla el juicio se ha desplazado un grupo de psicólogos para atender cualquier problema que pueda surgir.
"Cada víctima reacciona de una manera muy diferente, algunos estarán encerrados en casa, otros viendo la tele, pero todos muy emocionados", afirma el abogado José María Fuster Fabra, que representa a más de 90 personas muertas en los ataques islamistas y a cerca de 400 heridos.
Barbara Morales, que confiesa llorar todavía a menudo la muerte de su marido, vuelve su mirada hacia los recién llegados: "tengo fuerza suficiente asegura".
(AFP)