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La hegemonía del Frente Amplio pende de un hilo, pero no es seguro que la oposición pueda superarlo

Cuando llegue la hora de la verdad, en octubre del año que viene, no hay que esperar que el Frente Amplio y el Partido Nacional obtengan el mismo nivel de apoyo

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26 de septiembre de 2018 a las 05:00

De acuerdo a la información elaborada por algunas empresas especializadas en el estudio de la opinión pública (por ejemplo, Cifra, Equipos-Mori, Opción) el Frente Amplio y el Partido Nacional están empatados en intención de voto. Todas ellas son encuestas confiables, hechas por excelentes profesionales. Aunque, como es bien sabido, tienen márgenes de error, nos muestran una “foto” plausible del escenario político a un año de la elección. Sin embargo, cuando llegue la hora de la verdad, en octubre del año que viene, no hay que esperar que el Frente Amplio y el Partido Nacional obtengan el mismo nivel de apoyo. Hay buenas razones para esperar que el FA supere el 40% y que, en cambio, el PN no lo haga. No me sorprendería, incluso, que haya cerca de 10% de distancia entre ambos partidos. Paso a explicarme. 
La competencia política para cargos nacionales en Uruguay tiene tres niveles muy visibles.

En primer lugar, desde la reforma de 1996, diversos candidatos compiten dentro de cada partido por la nominación a la candidatura presidencial. En segundo lugar, existe una disputa igualmente intensa entre partidos políticos. Blancos y colorados vienen compitiendo con ardor por el segundo lugar en el ranking desde 2004. En algunos momentos, dado el protagonismo de Pedro Bordaberry en el tema seguridad ciudadana, llegué a pensar que colorados y blancos podían llegar parejos a octubre de 2014. No fue así. El PC, que había crecido en 2009 respecto a 2004, volvió a retroceder. Aunque algunas mediciones sugieren que los liderados por Edgardo Novick podrían disputar el segundo lugar con el PC, el escenario más lógico desde mi punto de vista es que el Partido Independiente y el Partido de la Gente disputen entre sí el tercer y cuarto lugar. En tercer lugar, desde la incorporación de la segunda vuelta a la legislación electoral, existe otro nivel de competencia: entre “familias ideológicas”, para usar la expresión popularizada por Julio M. Sanguinetti; entre bloques políticos, como preferimos decir los politólogos. De los tres niveles, el más importante es el que mencioné en último lugar.

Es, también, sobre el que menos información manejamos los usuarios de las encuestas (no se han publicado escenarios de balotaje). La competencia entre bloques se estructura sobre la base de la pregunta más relevante para los electores: ¿debe seguir gobernando el FA o es preferible que haya alternancia? Esta pregunta adquiere especial relevancia durante la recta final de la campaña electoral. Recordemos por un instante la campaña de 2014. Los partidos pusieron proa a octubre recién en julio, una vez finalizado el largo proceso de selección de candidatos a la presidencia. Hasta ese momento la intención de voto al FA era muy baja (en el entorno del 40%). El FA terminó superando el 48%. De julio a octubre hubo una campaña intensa. El partido de gobierno reaccionó y, contra todo pronóstico, alcanzó la mayoría parlamentaria nuevamente. Si esta interpretación es correcta, los movimientos de electores registrados por algunas encuestadoras muy cerca de la elección tienen que ver, precisamente, con la prioridad de la competencia en este nivel respecto a los otros. 

Agregar este elemento de análisis me parece importante. El FA tiene problemas graves. Su tercer gobierno estuvo por debajo de las expectativas de sus propios votantes. La aprobación de la gestión presidencial está en niveles bajísimos. El FA no pudo cumplir promesas (la de no aumentar impuestos, la de cambia el ADN de la educación, la de bajar los delitos, entre otras). Ha debido cargar, además, con escándalos de corrupción. Pero, a menos que haya un colapso económico (que nadie pronostica), llegará a la elección con argumentos para defenderse si se toman en cuenta, globalmente, los tres gobiernos de la Era Progresista (crecimiento económico acumulado, abatimiento de pobreza e indigencia, innovaciones relevantes diversas en políticas públicas e instituciones). La oposición, según las encuestas, tiene una oportunidad excelente. Pero no puede dar por ganada la elección. 

El FA tiene problemas graves. Su tercer gobierno estuvo por debajo de las expectativas de sus propios votantes. La aprobación de la gestión presidencial está en niveles bajísimos.

Si la oposición subestima la capacidad de recuperación del FA puede llegar a volver a ser derrotada. El FA va a votar mejor de lo que sugieren, hoy, las encuestas. La competencia entre el PN y el FA no será pareja. En cambio, seguramente será muy pareja la disputa entre los dos bloques, el bloque frenteamplista (con o sin aliados) y el bloque opositor (encabezado, sí, por el PN, y con niveles de coordinación todavía inciertos). El FA está peor que en 2014. Pero la oposición está más fragmentada. Hace cinco años el PN exhibía solamente dos corrientes internas, encabezadas respectivamente por Jorge Larrañaga y Luis Lacalle Pou. El estado de dispersión de la familia wilsonista es muy evidente. En 2014 el PC tenía un líder hegemónico: Pedro Bordaberry. Ahora la interna es mucho más disputada y menos previsible. La creación del Partido de la Gente agrega dispersión e incertidumbre, volviendo todavía más difícil cualquier esfuerzo de coordinación. 
En suma. El empate que muestran algunas encuestas entre PN y FA es pasajero.

El año que viene el FA superará sin mayores problemas el 40%. La competencia entre bloques, ella sí, será realmente muy pareja. Las estrategias políticas de los actores harán la diferencia. Es evidente que la hegemonía del FA pende de un hilo. Pero no es seguro que la oposición pueda cortarlo. La dispersión de la oferta es su talón de Aquiles. Las estrategias de los dos partidos menores (Independiente y Partido de la Gente) serán decisivas. 

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