6 de enero de 2015 20:21 hs

El Gran Premio Ramírez es como un dios con dos caras. Hay turf y hay show: uno con el otro, superpuestos. Es la mayor fiesta hípica del año, la que convoca más gente. Ayer se acercaron unas 17 mil personas al Hipódromo de Maroñas, cuando cualquier otro fin de semana de actividad en el año no supera las 3 mil personas. Por lo tanto, los foráneos son muchos.

A las tradicionales familias de turf se le suman invitados, colados, autoridades, famosos que se vienen a mostrar, políticos exitosos y algunos caídos en la desgracia, snobs atraídos por el movimiento y toda una fauna variopinta que cada 6 de enero se agolpa en el hipódromo y forma la multitud.

El Ramírez es espectáculo y para que el espectáculo llegue a toda esa multitud que se acerca, la organización de Maroñas Entertainment ha planeado desde su reapertura que cada edición del gran premio esté condimentado con una serie cada vez más amplia de shows musicales. Ayer en Maroñas hubo para todos los gustos. Desde la Orquesta Sinfónica Juvenil, que tocó una versión un tanto desafinada de Carmina Burana de Carl Orff, hasta el Gucci, un cumbiero de ley que hizo de las suyas entre sus fans.

Carlos Benavides, gerente de marketing de Maroñas, explicó a El Observador que la intención de los espectáculos es ampliar la oferta para una larga tarde de caballos. Es por eso que las propuestas musicales han ido variando y adaptándose cada año a un género diferente. Hace dos años, el show de cierre corrió a cargo de El Cuarteto de Nos, el año pasado fue el turno de Jaime Roos y ayer hizo lo propio Lucas Sugo.

Cada tribuna tenía su perfil particular: la cumbia fue a la popular, la música clásica estuvo en el palco oficial. “Nuestra intención es atraer cada vez más gente al hipódromo, para lograr que todos los fines de semana sean como los Ramírez”, dijo Benavides, quien reconoció que el contexto del barrio “no ayuda”, por lo que se reforzó la seguridad en las calles laterales.

La intención de Maroñas hace que en el Ramírez se encuentren el viejo burrero ortodoxo con el nuevo aficionado, el que llega atraído por la novedad y el anzuelo de Cinco minutos y nada más con caballos. Ojo, si el tema es el tiempo, tampoco es que el espectáculo hípico tradicional aventaje a Sugo, porque el Gran Premio Ramírez en sí dura menos de dos minutos y medio.

Pero las diferencias entre uno y otro son más que notorias y a veces pueden chocar. Por ejemplo, si bien los shows musicales están organizados para que no coincidan con las carreras, el volumen de los altoparlantes puede afectar la sensibilidad de los caballos.

Además, la cantidad de público genera un bullicio entre la hora en que los caballos están en sus boxes hasta que salen a correr. Otro elemento que puede distorsionar a los animales es la salida a la pista a hacer los ejercicios de calentamiento. Se trata de un momento donde los apostadores eligen el caballo en el cual depositar su dinero y esperanzas, que se realiza frente a las tribunas, justamente donde está la música.

De todos modos, según los entendidos, la carreras se definen en la cancha, por lo que hace o no hace el caballo y su jockey. Los equinos saben que van a correr. Tienen experiencia, memoria y sensibilidad.

En particular, los caballos saben que su rutina cambia el día de carreras. De mañana no salen a entrenar, sino que los dejan dormir hasta más tarde y les racionan la comida.

Tienen claro lo que se viene, sienten que es el día. “Ningún caballo va a perder por el ruido”, dice el periodista de turf Héctor “Puchi” García.

Para el jefe de veterinarios de Maroñas, José Gallero, el ruido extra de los shows y que escuchan los oídos de orejitas atentas de los equinos en el Ramírez influye, pero según el temperamento de cada caballo. “Por ejemplo, si en el stud los cuidadores escuchan radio, el caballo está acostumbrado”, dice Gallero, quien opina que este premio nacional debe ser espectáculo y, para eso, debe ofrecer diversidad.

Dos posturas opuestas

Más allá de la ópera o el reggaetón, este punto refleja el momento de cambios que vive el turf en Uruguay. Maroñas tiene como desafío ampliar el mercado y acercar más gente a las carreras. Pero para el núcleo duro y fiel del turf, el Ramírez es un momento incómodo.

“Para el verdadero hípico, este es el peor día para venir a Maroñas”, dice Gabriel Oribe, rematador y propietario de caballos, en charla con El Observador, muy cerca del palco. “El espectáculo acá son los caballos, no el resto. El tema es que hay mucha gente que viene a ver el espectáculo que se arma a partir de los caballos. Lo que debe convocar de verdad son los animales”, afirma Oribe.

La brasileña Lucía Zago es la propietaria del caballo Save the Tiger, uno de los competidores del Gran Premio Ramírez y es la primera dama del hipódromo do Cristal de Porto Alegre. Ayer estaba con una amiga, fumando con nerviosismo cerca de los boxes, las dos tocadas con sendas y elegantes capelinas blancas.

A pesar de ser una fanática del turf, está de acuerdo con la fiesta y el despliegue de glamour que cada 6 de enero se derrama en Maroñas.

Porque además de competencias de caballos, ayer hubo compentencias entre las damas, por quién era la más elegante. Así como se valoran los potrillos y las yeguas en la pista, las capelinas y los vestidos fueron el destaque del palco oficial.

Después de la tormenta

La tormenta dejó el cielo nublado durante toda la tarde, por momentos en tonos gris oscuro, pizarra, y se generó una brisa que ayudó a vencer la pesadez del ambiente. La luz difuminada por el filtro de la capa de nubes no dejaba brillos. Los colores de las caquetillas de los jockeys tenían cierta palidez, como en un cuadro de Degas.

A pesar de las críticas de los ortodoxos y los dardos de los puristas del caballo, lo cierto es que todos, viejos y nuevos burreros, estuvieron presentes en el Ramírez 2015. A pesar de la cumbia y la gente “de afuera”, a pesar del nervio de los pingos, más allá de tener entre los dedos un cigarro de tabaco armado o un caro habano, todos se emocionaron con cada carrera y unieron su grito en los ganadores o su rabia con los perdedores.

El Ramírez podrá cambiar pero la esencia está por ahí, en algún lado sobrevolando el hipódromo, bajo el cielo encapotado, en cada músculo de los caballos y en cada rienda aferrada por los jockeys. Y la magia estuvo intacta.

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