30 de octubre 2021 - 5:03hs

En 2018, dos reconocidos profesores de ciencia política de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, expertos en democratización y política comparada, publicaron Cómo mueren las democracias.

La obra pone el foco en el caso de la democracia norteamericana, pero ayuda a pensar sobre un problema grave de escala global. A los autores les alarma especialmente el peligro que representa Donald Trump para la política de los EEUU: “Y, en 2016, por primera vez en la historia de Estados Unidos, un hombre sin experiencia alguna en la función pública, con escaso compromiso apreciable con los derechos constitucionales y tendencias autoritarias evidentes fue elegido presidente. ¿Qué significa todo esto? ¿Estamos ante el declive y desmoronamiento de una de las democracias más antiguas y consagradas del mundo?”. Según ellos, la democracia norteamericana está en riesgo y debe aprender de la política comparada para evitar que se siga erosionando. 

Un punto clave de la argumentación es que las democracias no mueren de golpe, sino lentamente: “Las dictaduras flagrantes, en forma de fascismo, comunismo y gobierno militar, prácticamente han desaparecido del panorama. Los golpes militares y otras usurpaciones del poder por medios violentos son poco frecuentes. En la mayoría de los países se celebran elecciones con regularidad. Y aunque las democracias siguen fracasando, lo hacen de otras formas. Desde el final de la Guerra Fría, la mayoría de las quiebras democráticas no las han provocado generales y soldados, sino los propios gobiernos electos. (…). En la actualidad, el retroceso democrático empieza en las urnas. (…). Los autócratas electos mantienen una apariencia de democracia, a la que van destripando hasta despojarla de contenido”. En otras palabras: si usted quiere evitar que la democracia muera debe evitar elegir líderes con tendencias potencialmente autoritarias. 

Gráfica

Antes de reflexionar brevemente sobre el argumento teórico repasemos un poco de información sobre la “recesión” democrática en curso. El último informe de V-Dem (el mejor proyecto global de construcción de información sobre los regímenes políticos) se titula Autocratization Turns Viral. Democracy Report 2021.1 Las conclusiones del informe son impactantes: 2020 fue “otro año de declive de la democracia liberal. El declive global durante los últimos diez años es pronunciado y continúa (…), especialmente en la región de Asia-Pacífico, Asia Central, Oriente Europa y América Latina. El nivel de democracia que disfruta el ciudadano global promedio en 2020 ha bajado a los niveles encontrados por última vez alrededor de 1990. La autocracia electoral sigue siendo el tipo de régimen más común. Junto con las autocracias cerradas, suman 87 estados, hogar de 68% de la población mundial. La democracia más grande del mundo se convirtió en una autocracia electoral: India con 1,37 mil millones de ciudadanos. Las democracias liberales disminuyeron durante la última década desde 41 países a 32, con una participación de la población de solo el 14%. La autocratización se acelera. (…) En los últimos diez años, el número de países en proceso de democratización se redujo a casi la mitad a 16, albergando solo el 4% de la población mundial población”. 

En ese contexto de autocratización creciente, también hay problemas muy serios en América Latina. La democracia también está retrocediendo en nuestra región. A los casos más ominosos, Cuba, Venezuela y Nicaragua, se suman nuevos problemas. Según el informe de V-Dem, Brasil y Bolivia integran el top 10 de los países que, entre 2010 y 2020, muestran las mayores tendencias a la autocratización. La democracia chilena ingresó en una profunda crisis de legitimidad de final incierto. Durante los últimos 25 años, nueve presidentes fueron cesados por el Parlamento. Según el “Barómetro de las Américas” (Lapop) elaborado por la Universidad de Vanderbilt, el apoyo y la satisfacción con la democracia han descendido, y aumentó la tolerancia de la ciudadanía a los golpes del ejecutivo.2

Los autores tienen razón. Las democracias mueren de a poco. En verdad, este argumento no es tan nuevo. No hay manera de entender el ascenso de Hitler sin las consecuencias de la primera guerra mundial y la hiperinflación en tiempos de la República de Weimar, o el golpe de estado en Chile sin el vaciamiento del centro político durante la década previa al bombardeo de la Casa de la Moneda. No hay manera de explicar el quiebre de la democracia en Uruguay sin la década previa, sin el proceso de “agonía” para usar la expresión de Julio María Sanguinetti. No está mal poner el acento en la cuestión de las convicciones democráticas de los presidentes, o en su eventual ausencia, como hacen Levitsky y Ziblatt. De hecho, es uno de los factores que tomó en cuenta nuestro Luis Eduardo González cuando se ocupó de explicar los golpes del 33 y del 73 en Uruguay en su libro Estructuras políticas y democracia en Uruguay, publicado en 1993. Pero, la dinámica de los regímenes políticos, instauración, vida y muerte de las democracias va mucho más allá de este factor. La democracia y su destino dependen de prácticas e instituciones, y del conocimiento de fondo que las informa. A su manera, sobre el final del libro, los autores lo dicen. Tan importantes como las instituciones creadas por los padres fundadores de la democracia norteamericana son las “creencias y prácticas compartidas que contribuyeron al buen funcionamiento de dichas instituciones”. Las ideas importan. Las malas también. 

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1    Disponible en: https://www.v-dem.net/files/25/DR%202021.pdf
2    Disponible en: https://www.vanderbilt.edu/lapop/ab2018/2018-19_AmericasBarometer_Regional_Report_Spanish_W_03.27.20.pdf 

Adolfo Garcé es doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República. Contacto: [email protected] 

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