Por Jan Dalley
Adiós a la década de 2010, nuestra década de culpa
El mundo del arte entra en la próxima era luchando con su conciencia por temas como el clima, el movimiento #MeToo, la diversidad y la filantropía.
El mundo del arte entra en la próxima era luchando con su conciencia por temas como el clima, el movimiento #MeToo, la diversidad y la filantropía.
Por Jan Dalley
Los "felices años veinte". La "década baja y deshonesta", como WH Auden apodó la década de 1930. Los años sesenta, para siempre solo los sesenta. El encabezado de Tom Wolfe para la década de 1970: la década del "yo". Luego vino la llamada década de la avaricia: la década de 1980.
No está claro por qué algunas décadas reciben apodos memorables, mientras que otras parecen pasar sin que nadie las extrañe ni les ponga apodos. En cuanto a la adolescencia del siglo XXI, todavía no sabemos si adquirirá una identidad perdurable o cuál será su reputación. Definitivamente ha sido una década agitada en el mundo de las artes, y llena de contrastes extremos. Un magnífico período de 10 años en el que hemos visto proyectos cada vez más grandes, mejores, más ambiciosos, más inclusivos y abiertos en todos los ámbitos. En el mundo rico jamás han tenido una producción tan abundante; en los países en desarrollo han experimentado nuevas aperturas y oportunidades, en el continente de África, en Medio Oriente, en América Latina y en otros lugares. En todos los géneros, la década de 2010 ha pertenecido cada vez más a las mujeres, con un equilibrio y diversidad de género enormemente mejorados, así como oportunidades y acceso más amplios.
Sin embargo, el mundo cultural también ha estado plagado de problemas. En una época de riqueza aparentemente incomparable e ilimitada en la que los superricos se recuperaron de la crisis financiera de 2008 y volvieron a gastar enormemente en el arte, ha habido simultáneamente una crisis comunitaria de conciencia. Conforme acaba la década de 2010, estamos pasando gran parte de nuestro tiempo intentando responder preguntas que apenas estaban en nuestras mentes hace 10 años, y que, por supuesto, no estaban en nuestro vocabulario. Exámenes de conciencia, sentimientos de culpa, estigmatización de ciertas condiciones, rupturas de códigos tradicionales de silencio, nuevos cuestionamientos de la riqueza en la que se basa parte del mundo del arte; todas estas han sido características de una década que parece justo apodar, al menos en el mundo de las artes, La Década Culpable.
En todos los géneros, la década de 2010 ha pertenecido cada vez más a las mujeres, con un equilibrio y diversidad de género enormemente mejorados
He aquí cuatro de los temas más importantes que ahora forman el trasfondo para todos los que trabajan en las artes, desde directores de galería hasta bailarines, cantantes y cineastas, filántropos y poetas.
Las preocupaciones por el medioambiente, con razón, han ido cobrando fuerza en los últimos 10 años. Parece que en cada ámbito nace una nueva conciencia. En el mundo financiero, el excelente boletín Moral Money del Financial Times se ha convertido en un guardián de las inversiones en materia de medioambiente, sociedad y gobernanza. En las artes, el cambio climático se ha convertido en el problema del día, y miles de obras de teatro, obras de arte, documentales, novelas, bailes y piezas musicales se han propuesto alertar al mundo sobre la emergencia que enfrentamos. Se han dedicado exposiciones, festivales, bienales en su totalidad a la cuestión. Muchos son conmovedores y extraordinarios, y ¿quién sabe cuántas opiniones han cambiado?
AFP Pero –más allá del papel tradicional del artista como precursor que echa a un lado las sutilezas sociales y advierte sobre el lado oscuro de las normas convencionales– ¿qué han logrado realmente las artes en esta área? So pena de volverme muy impopular, lo voy a decir: no mucho. De hecho, las artes están profundamente implicadas en los estilos de vida que destruyen los recursos que todos estamos renuentes a abandonar. Las bandas de rock realizan largas y extravagantes giras con costos exorbitantes. Las obras de arte se llevan por todo el mundo para que podamos verlas en las magníficas exposiciones que ya damos por sentadas. No concebimos que una orquesta latinoamericana no pueda tocar en China. O por qué un artista no puede hacer una obra lamentando el aumento del nivel del mar que amenaza inminentemente una ciudad que luego recibirá miles de visitantes que llegarán en aviones a contemplar dicha obra.
No me malinterpreten; tengo tanta culpa de esto como cualquier otro. Me encanta y es una gran parte de mi vida. Pero "verde" no es. La última década se le ha dedicado principalmente a hablar, aunque también hay iniciativas activas con buenas intenciones. La próxima década probablemente nos mostrará, de forma muy dolorosa, lo que realmente significa la crisis climática, tanto para las artes como para todo lo demás.
Este es el hashtag que ha sacudido el mundo de las artes. Desde 2017, cuando surgieron acusaciones de abuso sexual por parte del productor de Hollywood Harvey Weinstein, y él fue acusado de utilizar el poder de su cargo para hacer o deshacer las carreras de mujeres jóvenes, ha habido una avalancha constante de demandas y reconvenciones, acusaciones, despidos y renuncias en todo el sector cultural. En el cine y el teatro, en el ballet y el espectáculo, en las galerías de arte, entre poderosos administradores, las víctimas han hablado y las carreras han terminado. Quizás nunca haya habido un cambio tan radical en las normas aceptadas de las organizaciones culturales: el cambio de un código de silencio tradicional y la indiferencia del "así es como es" a un activismo irritado y decidido que se ha producido en un tiempo sorprendentemente corto.
Las revelaciones continúan y habrá, sin duda, más denuncias públicas en el futuro. Las relaciones laborales nunca volverán a ser las mismas, y con razón. Las repercusiones van aún más allá. Hay indicios de que las sensibilidades agudizadas por el movimiento #MeToo van más allá de los perpetradores y acusadores individuales y no solo se manifiestan en obras de arte, sino en modos de producción y presentación. Ha aparecido una serie de obras; en la pantalla, The Morning Show de Apple TV+ y la próxima película Bombshell son solo dos ejemplos.
Va más allá. Aunque, después de todo, el arte se sumerge en las complejidades morales de la sexualidad –especialmente la sexualidad aberrante– se han cuestionado todo tipo de cosas que alguna vez se aceptaron como temas regulares del arte que se retrataban abiertamente en la pantalla o el escenario. ¿Un pequeño ejemplo de esto? En las recientes producciones de Muerte en Venecia de Benjamin Britten –una historia que gira en torno a la lujuria del narrador de mediana edad por un niño y el colapso moral que se produce– actores cada vez mayores han interpretado el papel del niño. Me pareció que el último Tadzio, en la Royal Opera House, tendría alrededor de 25 años de edad.
La preocupación por el medioambiente y los problemas relacionados con la conducta sexual inapropiada se encuentran entre los problemas que han contribuido a una crisis en el financiamiento de las artes. Las compañías petroleras como BP, importantes patrocinadores de las artes durante muchos años, se han ganado la ira de los activistas climáticos, e instituciones como la Royal Shakespeare Company han dado por terminadas sus asociaciones con dichas compañías. El nombre de Sackler, alguna vez casi sinónimo de filantropía en todo el mundo cultural (así como en el de la ciencia, la medicina y la educación), se ha convertido en anatema, por la publicidad que rodea a una de las compañías propiedad de la familia que fabrica el OxyContin, un analgésico altamente adictivo. La fotógrafa Nan Goldin ha encabezado algunas de las poderosas protestas contra las instituciones que aceptan dinero de Sackler; otras protestas encabezadas por artistas activistas se han convertido en un elemento habitual de la última década.
BP y Sackler son solo dos de los patrocinadores polémicos más conocidos. Hay muchos otros ejemplos. Y en los últimos años, el activismo en torno al patrocinio del "dinero sucio" en el mundo de las artes ha ido más allá, ampliándose de los patrocinadores corporativos hasta incluir el escrutinio financiero de directores, filántropos y fideicomisarios individuales. Ejemplos recientes que han alterado la conciencia de las juntas de museos en Nueva York incluyen a Warren Kanders en el Museo Whitney y Larry Fink de BlackRock en el Museo Metropolitano de Arte. La revista Vulture llegó incluso a elaborar una lista de las juntas más tóxicas de los museos estadounidenses.
Las compañías petroleras como BP, importantes patrocinadores de las artes durante muchos años, se han ganado la ira de los activistas climáticos, e instituciones como la Royal Shakespeare Company han dado por terminadas sus asociaciones con dichas compañías
Entonces, ¿cómo, durante la próxima década, sobrevivirán las artes con un grupo estrictamente reducido de potenciales patrocinadores? La filantropía privada también se verá afectada, al igual que las nuevas captaciones calificadas disponibles para las juntas de los museos y los fideicomisos.
Tanto para los fondos como para el personal, muchos directores de museos sienten que les sopla un viento muy frío conforme se desarrolla esta crisis moral en particular.
Ha sido una década gloriosa para las mujeres en las artes. Ya era hora. En los últimos 10 años hemos visto un crecimiento constante de la cantidad de mujeres en puestos institucionales prominentes (y no solo en el mundo occidental), de mujeres artistas y profesionales que finalmente reciben su reconocimiento, y las comisiones y exposición que vienen con el respeto que merecen. Pero, por supuesto, todavía hay un largo camino por recorrer.
Wikipedia Theaster Gates Mientras tanto, en términos de diversidad étnica y social, las artes han intentado compensar el evidente desequilibrio de tantos años, con cierto éxito. Ha habido una gran afluencia de talento a puestos directivos y similares, con el resultado de que teatros, compañías de danza y museos ahora están dirigidos por mujeres y hombres negros. Esto tiene un efecto inmediato en la programación y el contenido, por supuesto: un ejemplo es la elección de Kwame Kwei-Armah para su presentación en el teatro Young Vic de Londres, la cual trajo consigo una rica serie de obras de autores (en su mayoría) afroestadounidenses, y una impresionante versión de La muerte de un viajante ubicada en la realidad de una familia negra.
Ha sido una década gloriosa para las mujeres en las artes; ya era hora
En las artes visuales comerciales, varios afroestadounidenses brillantes se encuentran ahora entre los artistas más caros y buscados, y muchos han utilizado inmediatamente su éxito para ampliar el acceso a la cultura y extender la buena fortuna entre las comunidades en apuros. Por ejemplo, los proyectos de Mark Bradford para promover la juventud y las artes en su natal Sur de Los Ángeles; el proyecto Black Rock Senegal de Kehinde Wiley en Dakar; y la construcción comunitaria por parte de Theaster Gates en su natal Chicago.
Si nuestra década concienzuda nos ha enseñado algo, es que la cultura no existe en un compartimento sellado: todas las fuerzas poderosas del mundo en general la influencian de una forma que indudablemente definirá la próxima década.
Y son poderosas fuerzas para bien. En nuestra propia versión de los felices años veinte –o sea, la década de 2020– deberíamos pedir enérgicamente el cambio continuo.