20 de abril de 2026 12:58 hs

Cuando hablamos de crimen organizado solemos imaginar “carteles de la droga”, como si toda la economía criminal girara en torno a la cocaína. En realidad, lo que hay detrás no es un solo negocio, sino un conjunto de mercados ilegales que se superponen y alimentan entre sí. Un mercado ilegal es un sector económico donde se intercambian bienes o servicios de manera voluntaria entre comprador y vendedor, pero en el que la ley se viola en algún punto de la cadena: en lo que se vende, en cómo se obtiene o en cómo llega al comprador. Operan al margen de regulaciones, impuestos y supervisión estatal, y sus transacciones tienden a evitar el sistema financiero formal, ya sea usando efectivo, criptomoneda o intercambio en especie, precisamente para no dejar rastros. Un Cono Sur lleno de mercados superpuestos

Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay dejaron hace tiempo de ser solo "vecinos" de los grandes productores andinos. Hoy el Cono Sur participa activamente en múltiples mercados ilícitos globales, y lo distintivo no es la cantidad de mercados sino su superposición. Las mismas rutas que mueven cocaína hacia Europa transportan cargamentos de cigarrillos de contrabando. Los mismos puertos que procesan exportaciones legítimas de granos facilitan esquemas de subfacturación. Las mismas redes de protección policial que cubren el narcomenudeo encubren el tráfico de armas y la trata. Esta superposición no es accidental, es la eficiencia del crimen organizado en la región. Una organización que ya pagó por una ruta, un funcionario o un sistema de lavado tiene incentivos fuertes para usarlos en varios negocios a la vez, reduciendo costos y diversificando riesgos.

En la cocaína, la cadena de producción arranca íntegramente en Colombia, Perú y Bolivia, pero el Cono Sur se consolidó como corredor estratégico. Puertos del Atlántico y del Pacífico, infraestructura logística moderna y redes de transporte eficientes conviven con controles insuficientes y fisuras institucionales, convirtiendo a la región en plataforma de salida hacia mercados europeos donde el precio mayorista puede triplicar el valor pagado en origen. A su vez, el Cono Sur concentra algunos de los niveles de consumo de cocaína per cápita más altos de América Latina, generando mercados locales que producen flujos de efectivo inmediatos sin grandes maniobras de ingeniería financiera.

Más noticias

El portafolio criminal no termina en la cocaína. Las drogas sintéticas, y en particular el MDMA, siguen una lógica distinta: no dependen de geografía agrícola sino de precursores químicos industriales, lo que habilita producción local y genera un mercado de consumo concentrado en circuitos de entretenimiento urbano, menos visible para las fuerzas de seguridad y más difícil de desarticular. Más allá de las drogas, el Cono Sur es también un nodo del tráfico de armas ilegales, trata de personas y contrabando masivo. Visto desde arriba, la región funciona como un tablero donde distintas piezas se mueven por las mismas rutas, pasan por los mismos depósitos y terminan en los mismos circuitos financieros.

Violencia para unos negocios, pero no para otros

Un dato incómodo: la ilegalidad no genera automáticamente violencia. En verdad, la mayoría de los mercados ilegales son pacíficos, porque para que un mercado funcione, hace falta un mínimo de reglas, confianza y estabilidad. La violencia se vuelve central cuando ese equilibrio se rompe: cuando aparece competencia por los mismos territorios o se rompen acuerdos, cuando cambia la protección política o cuando se abren nuevas rutas. Por ejemplo, en el Cono Sur, los eslabones vinculados al tránsito internacional de cocaína y a ciertos nichos de minería ilegal tienden a ser mucho más violentos. Controlar un puerto estratégico, un corredor fluvial o una zona minera lucrativa significa tener poder para fijar precios, cobrar “peajes” y decidir quién participa del negocio. Allí la violencia funciona como herramienta empresarial, asegura el cumplimiento de acuerdos y manda mensajes a socios, enemigos y autoridades.

Otros mercados del portafolio operan con homicidios relativamente bajos, apoyados sobre todo en corrupción, extorsión y tolerancia social. La trata de personas es quizás el ejemplo más perturbador: redes que captan mujeres y niñas en zonas de pobreza rural o marginalizadas y las desplazan hacia circuitos de explotación sexual o laboral en ciudades del Cono Sur, con escasa visibilidad pública y dependencia de la complicidad de funcionarios locales. El contrabando, las casas de juego online que no tributan o los mercados de autos robados, en cambio, suelen ser vistos como "delitos menores", e incluso como oportunidades para consumidores que compran más barato.

Corrupción y lavado: la columna vertebral del portafolio

Todos los mercados ilegales requieren de dos servicios que los sostienen: la corrupción de funcionarios y el lavado de dinero. La corrupción convierte al Estado en un proveedor clandestino de protección, un mercado de servicios en sí mismo, donde lo que se compra no es un bien sino la ausencia de la ley. No se trata solo de funcionarios que miran para el costado: la corrupción eficaz requiere coordinación, tarifas implícitas y cierta estabilidad en los acuerdos, igual que cualquier otro mercado. Donde debería haber controles, aparecen excepciones: contenedores que no se escanean, camiones que no se inspeccionan, causas judiciales que duermen años, licitaciones que se adjudican a empresas pantalla. La corrupción no es entonces un problema de individuos deshonestos aislados, es una herramienta estructural del portafolio, y sin atacarla de forma directa, cualquier otra medida queda permanentemente expuesta.

El lavado de activos es el sistema financiero del portafolio criminal. Permite que las ganancias se conviertan en inversiones aparentemente legítimas: inmuebles en zonas de crecimiento urbano, estaciones de servicio, hoteles, frigoríficos, fondos ganaderos y sociedades en paraísos fiscales. Sin esa capacidad de blanquear ingresos, muchos mercados del portafolio perderían atractivo: sus ganancias quedarían atrapadas en efectivo difícil de usar, costoso de mover y fácil de incautar. El lavado no es un problema financiero lateral, es la condición que hace posible el portafolio completo.

Por qué hablar de portafolio cambia la política

Seguir hablando de "lucha contra el narcotráfico" es una forma cómoda de no decir nada. El problema no es uno solo, y por lo tanto no tiene una sola solución. Reducir el tránsito de cocaína por puertos exige escáneres de contenedores, unidades anticorrupción dentro de las propias aduanas y acuerdos de intercambio de inteligencia con la Unión Europea, que es el mercado de destino. Desarticular redes de trata requiere mecanismos de identificación temprana de víctimas, fiscalías especializadas, políticas de protección de denunciantes, y, sobre todo, presión sobre la demanda. Cortar el flujo de armas ilegales exige algo distinto: trazabilidad de armamento desde el fabricante hasta el punto de venta, controles estrictos sobre el mercado legal que alimenta el ilegal, y cooperación judicial regional para perseguir el desvío sistemático desde países con legislaciones permisivas. Cada mercado tiene sus propios cuellos de botella y atacar uno sin tocar los demás no afecta al ecosistema ilegal. La pregunta que debería guiar cualquier política seria no es cuántas toneladas se incautaron, sino una más útil: ¿de qué vive exactamente el crimen organizado en este puerto, en esta frontera, en este barrio? Mientras sigamos viendo solo un cartel imaginario donde hay un portafolio real, las organizaciones seguirán diversificando sus negocios mucho más rápido que la adaptación de los gobiernos.

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos