En diciembre pasado, Clint Eastwood fue entrevistado por la conductora del programa televisivo The Ellen DeGeneres Show, algo inusual, pues el director y actor no se presta a las entrevistas, y menos a aquellas en las que le preguntan por su vida personal. Ahí dijo: “A veces pienso que cuando era un niño pequeño y solía salir con mi abuelo que tenía unos 90 años, pensaba, ‘Jesús, quién demonios querría vivir tanto’”. Eastwood es abuelo y el domingo 31 de mayo cumple 90 años. En 2010 fue fotografiado con el director portugués Manoel de Oliveira, quien, aunque nacido en 1908, por ese entonces, en el poscrepúsculo de su vida, seguía haciendo películas imperecederas, como Belle Toujours (2006), magistral lección de cine en miniatura en la cual destaca una mirada exacta para ver cómo funciona la nostalgia del deseo cuando todavía no perdió las ganas. Eastwood ha llegado a una edad venerable en la que es mejor dejar de contar los años, y está impecable, física y mentalmente. A juzgar por la calidad de sus filmes recientes, tiene cuerda para rato. De seguir activo, puede igualar y superar el récord del portugués y convertirse en el director de cine en actividad con más años de edad.
La historia de Eastwood en el cine da para escribir varios libros. A mediados de la década de 1950 comenzó a pisar medianamente fuerte en Hollywood, aunque sus dones como actor fueron en principio cuestionados. El periodismo había atribuido su éxito al hecho de protagonizar una serie televisiva con buen rating, Rawhide (1954-1963), y no precisamente a su talento. Esa serie televisiva lo hizo popular y lo asoció a una imagen que muchos pensaron lo acompañaría por el resto de su carrera: la de cowboy con mayor atractivo físico que John Wayne. No obstante, y he aquí una peculiar ironía que el hoy nonagenario artista tomaría con gesto condescendiente, Eastwood debe figurar en la lista de los cinco actores que mejor han interpretado a un cowboy, y está ahí, cabeza a cabeza con Wayne, y Gary Cooper. Aunque esto por sí solo le garantiza una inmortalidad con sello propio, la del actor que aportó otra perspectiva a la imagen del vaquero, y agregó complejidad a la psicología de este, en verdad su definitivo lugar en la historia del cine se debe a su trabajo detrás de las cámaras.
La carrera de Eastwood es una de las más insólitas y con mayor número de vueltas de tuerca en la historia del cine. En un lapso de medio siglo pasó de ser considerado actor de talento limitado a convertirse en uno de los directores de más inspiración, durabilidad y rigor de los últimos 50 años, situado en la misma liga que Steven Spielberg o Martin Scorsese. Algunos de sus filmes imprescindibles, Río místico o Gran Torino, califican con facilidad para integrar la lista de clásicos coleccionables, en la cual debe también figurar su primer largometraje, Obsesión mortal (Play Misty for Me), de 1971, en el cual asoman ya los rasgos definidos de un estilo propio para interpretar, a partir de la mirada, la realidad y el comportamiento humano: un estilo intenso y carente de adjetivación.
Entre 1971 y 2020, Eastwood ha dirigido 37 películas y ha actuado en unas 60. Si bien en su prolongada carrera como actor hay cumbres y altibajos, en su filmografía como director resulta imposible encontrar un filme descartable, pues siempre, incluso en películas con más olor a cine de matiné, la narración sobrevive invicta. Son pocos quienes detrás de cámaras saben contar tan bien una historia de principio a fin como Eastwood, quien desde su debut aprendió, y enseñó, el raro arte de no defraudar a la inteligencia, la cual a la hora de entretenerse es muy exigente y no acepta fáciles coartadas ni chabacanos pasatiempos. La variedad de registros que Eastwood ha logrado y la diversidad de temas que ha encarado lo convierten en un caso aparte, un ejemplo idiosincrásico de lucidez al servicio de una visión ética de la realidad.
En sus dos filmes más recientes, La mula y Richard Jewell, Eastwood volvió a ser el maestro tras el volante. Quienes estén familiarizados con su cine, esto es, sus leales seguidores a lo largo de los años, reconocerán de inmediato el discurso ético que puso a discusión. Eastwood es como un amigo al que conocemos desde hace tiempo, y que cada tanto regresa para decirnos, “tengo otra buena historia para contarles”, y lo hace, contándola muy bien, como pocos en su oficio. No en vano, sentimos una cercanía emocional basada en afinidades para ver a la vida a corta distancia, con escepticismo no exento de optimismo, pues es lo que Clint ha hecho en sus mejores filmes (que ya son una cantidad grande): compartir su visión de la existencia, rara mezcla de desilusión, lucha permanente y entusiasmo para seguir adelante, pues, a fin de cuentas, la vida es lo único que tenemos. En ambos filmes, Eastwood volvió a demostrar que es un continuador de lujo del clasicismo realista que hizo grande al cine estadounidense. Mostrando una certeza de mirada por momentos incomparable, dio otra lección de cómo hacer cine sin truculencias ni golpes bajos amparados en la corrección política.
Con notable economía de recursos, en La mula (2018) y Richard Jewell (2019) construyó el relato de seres humanos comunes, uno de ficción, el otro real, basado en una suma de momentos mínimos. No presentó una visión maniquea de la realidad, sino una muy convincente sobre lo duro que es vivir en un país cada vez más implacable con sus habitantes. En La mula esto se advirtió en el uso apropiado de los diálogos, que transformaron a la realidad en el lugar para oír al otro sin protocolos de por medio. En ese mundo que les pertenece cada vez menos a quienes tienen más de 60 años de edad, ser auténtico no es ser reaccionario, por lo que cada ocasión es ideal para hacer el obituario de un país que se desmorona. La brutal franqueza del personaje pudo constatarse en momentos de sublime cotidianidad, como cuando en una ceremonia comienza a regalar flores y, al ver el entusiasmo de la gente de su edad, comenta: “Ni que estuviera regalando Viagra”, o cuando el capo mafioso le pregunta cómo estuvo el viaje en avión hasta México y responde: “Bien, aunque hubo un poco de turbulencia”.
Películas memorables, como Río místico, Los imperdonables, Los puentes de Madison, Million Dollar Baby (tan llena de box, de voz, de vida y poesía cruel), Gran Torino, La mula, y Richard Jewell (relatos espirituales donde la religión la pone cada uno por su cuenta), han situado a Clint Eastwood donde hace tiempo ya está por derecho propio: entre los pocos que aún tienen algo para decir. En la gran fábrica de ilusiones todos deberían aprender del inacabable Clint, para que el cine inspire y entretenga con historias humanas, carentes de efectos especiales y de golpes bajos, y que sobre todo aprendan los recién llegados el arduo arte de emocionar, de hacer reflexionar y de trasmitir al espectador la idea de que el cine no es un escapismo banal. Entonces, en su cumpleaños, cómo agradecerle a alguien que en tiempos de tanta rastrera banalidad ideológica y estética –una pandemia que viene de mucho antes– sigue hablando con imágenes y palabras mayores sobre aquellas cosas que verdaderamente importan en la vida de todos y a las cuales deberíamos prestarles mejor atención: la amistad, la lealtad, la ternura, la familia, la gallardía, el heroísmo, y la simpleza de amar a los demás simplemente porque son nuestros semejantes.