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AMAR en tiempos (pos) modernos

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04 de julio de 2022 a las 17:08

¿Por qué hablar de amor en un blog de crianza, maternidad y educación? Creo que porque el amor nos hace existir (venimos del encuentro de dos personas); porque el amor nos hace agarrarnos a la vida (nadie sin algo de amor a la vida, vive), porque si no fuera por el amor que recibimos de niños hubiéramos muerto (cerebral, física y emocionalmente). Por eso y porque a veces pienso que si los adultos vivimos sin amor, nuestros hijos corren un riesgo, es que hoy elijo hablar de amor.

Pero me trae hasta aquí hablar de lo fundante que es vivir el amor (y en amor) quienes somos referentes de los niños. Los papás, las mamás, los abuelos, los docentes. Si pensamos que el niño llega a la vida sin saber lo que es amar, entonces somos nosotros quienes, habitando un concepto de amor, vamos dibujando el “mapa de amor” que tendrán nuestros hijos toda la vida. Ellos van a ir cargando ese concepto con los significados que los adultos le vayamos brindando.

¿Y no es el amor (en cada una de sus expresiones) lo que nos hace pasar mejor o peor en la vida que nos toca habitar?

¿No somos más felices si tenemos buenos vínculos, si sentimos algo por el trabajo que desempeñamos, si tenemos pasiones, si tenemos amigos, si sentimos amor por nosotros mismos?

Sí, sí, sí y sí, son mis respuestas. Por eso propongo a los papás pensar el mapa de amor que están inspirando y tallando en los hijos. No el que tratan de brindar, sino el que habitan.

Los griegos tienen cuatro palabras para denominar al amor. Hablan del amor filial (Philia), del amor pasional (Eros), del amor fraternal y amistoso (Storgé) y, del que más me gusta, el amor que nutre, el incondicional y más puro, el Ágape.  Estoy enamorada, en todos los sentidos, pero sobre todo en el último. Será que lo tengo en mis venas, mi abuelo griego se llamaba Agapie.

Desde mi separación tengo un radar muy fino para detectar miradas y ojos tristes de personas que no están en el lugar en el que laten; hombres y mujeres que viven disonantes con la vida que caminan. Hay una mirada opaca, seca, que grita en silencio y casi sin expresión, que expresa muerte en vida y da cuenta de una “infelicidad de baja intensidad” al decir de Joan Garriga. Es esa forma de vivir (en pareja, en el trabajo, en la vida) con esa piedrita en el zapato con la que se puede andar, aunque jorobe, porque no nos mata (¿no nos mata?). Sacarla implica parar, sacarse el zapato, vaciarlo de piedras para poder seguir. No todos estamos dispuestos a ese parate ni al dolor o al frío que puede causar andar sin zapato por un tiempo mientras damos con el calzado adecuado. Con esa forma de vivir que nos devuelva una mirada con vida. Lo que no vemos es el riesgo de vivir con un zapato incómodo. Y no para nosotros, para nuestros niños.

Ese tipo de andar es una elección de “vida”. Válida, por supuesto. Muchas veces el camino se encarga de sacar esas piedritas que molestan a través de algún sobresalto, en alguna caída no buscada (una pérdida importante). No importa juzgar a los adultos que eligen vivir así, pero sí hacer la pregunta: ¿Qué estamos transmitiendo con esa forma de vivir a los niños que nos ven y viven con nosotros? ¿Qué mapa de amor les estamos dibujando?

Este texto no es una oda a las separaciones ni a patear el tablero. La vida es siempre mucho más compleja. Este texto intenta ser una oda al BUEN AMOR. Y, por ende, a la buena vida.

El amor es contagioso. Y el desamor también. Todos nuestros estados afectan a nuestros hijos de manera inconsciente y no tan inconsciente. Cuando uno vibra bajito (porque anda con esa piedra en el zapato), sin ser quien realmente es por miedo (a que se termine un matrimonio, a que se nos caiga un trabajo, a romper con el paradigma del “amor para siempre” del que viene esta generación todavía, aunque duela a diario y aunque se sufra), entonces no podemos pretender niños que vivan en el amor, con plenitud, que se animen a ser quienes son (¿de quién lo aprenderían?).

Pos separación estuve tres años tratando de descubrir el amor que había en mí. No lo encontraba, necesité apoyos y espejos varios; dolí mucho. En el camino, descubrí que para ser buena madre (y dar amor incondicional) tenía que enamorarme, en todas las acepciones griegas. Inspirar a mis hijas desde mi ser; enamorarme de la vida, de mis cosas, de mi día a día, para moverlas a ellas a eso. No tengo claro si lo logré. Seguramente no hay un fin en este trabajo de hacernos buenos espejos para ellos. Pero sí es seguro que fueron testigos de mi trabajo de parar, revisar y re-dibujar ese mapa. Porque lo dibujamos juntas. Aun así, no tengo idea si amarán bien de adultas. Si serán amorosas con sus amigos, en sus vínculos, si amarán lo que elijan hacer de sus vidas. Pero sé que el mapa está y, de ahí en más, la suerte está echada.  

Por Carolina Anastasiadis

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