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Amodio y los fantasmas

La vuelta de Amodio Pérez se parece menos a un hecho político que a la aparición de un fantasma.

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16 de julio de 2013 a las 00:00

Resulta desesperante comprobar que hay gente que le tiene miedo a los fantasmas. Es decir, le tiene miedo a los fantasmas aún antes de verlos. Más precisamente: no le gustaría por nada del mundo ver un fantasma.

Lo indignante es que esta gente no se da cuenta de que una aparición de ultratumba nos terminaría convenciendo de que existe vida después de la muerte. Y se trata de una cuestión bastante más importante que un susto, se trata de una duda que ha desvelado por siglos a intelectuales, religiosos, poetas y atorrantes.

Sin embargo, existen personas que prefieren quedarse con esa duda desesperante antes que cambiarla por un simple julepe.

Digo esto para decir que mis 18 años, esa edad en la que uno ya deja de creer en fantasmas y empieza a darse cuenta de que se va a morir, coincidieron con el retorno a la democracia.

Para entonces, uno ya había dejado atrás la creencia en leyendas urbanas y los intentos de mover alguna copa para convocar espíritus, y terminaba de enterarse acerca de otros terrores que habían acontecido en un pasado no tan lejano.
De todos los nombres de políticos, asesinos, asesinados, milicos y tupamaros, el de Héctor Amodio Pérez tenía una sonoridad particular. Era el nombre de un traidor por antonomasia que ya no formaba parte de este mundo y al que nunca llegaríamos a ver.

“¡Vos sos terrible Amodio!”, se le decía más en broma que en serio a alguno que nos sometía a un mínimo engaño.
El nombre de Amodio -no quedaba claro si era nombre o apellido- se emparentaba más con el del Carlanco que con el de Raúl Sendic o el de Gregorio Alvarez.

Nombrar a Amodio se antojaba como algo similar a pedir plata para el Judas cuando éramos chicos. Uno no pensaba entonces en el martirio de Jesús. Y, en el caso de Amodio, su figura convocaba más preguntas que condenas o absoluciones.

Cuando, hace pocas semanas, pude ver la foto que Amodio mandó a El Observador para confirmar su identidad, se me puso la piel de gallina. Fue como ver la cara del viejo de la bolsa o del cuco.

Alguien dijo que un fantasma no es otra cosa que un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres. La definición parece hecha a medida para Amodio.

Por eso no entiendo por qué hay gente que le tiene miedo a esta o a cualquier otra aparición y se pierde en largas disquisiciones para comprobar quién vende las mejores verdades o quién compra las peores mentiras.

Resulta extraño que a ninguno de ellos le provoque algo parecido a la fascinación el retorno de este hombre al que ya se daba por muerto y que se parece mucho a un mito, a una leyenda, a un animal que se creía extinguido.

En definitiva, Amodio es como ese fantasma que, acaso sin quererlo, nos ofrece la oportunidad de salir corriendo como un guarango o de permitirnos la sensibilidad suficiente como para enfrentarlo y estremecernos sin culpa ante lo inesperado.

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