Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

Arepas y las tanquetas de Mujica

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12 de mayo de 2019 a las 05:00

Arepas
 

Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford, para Magdalena Reyes Puig
Querida Magdalena:

 

Hace cosa de un mes llegó el momento de cambiar de bicicleta. Nunca he sido un gran deportista, pero esa bicicleta, -una  Raleigh “Superbe” Roadster del 54, de color negro-, yo la quería. No puedo suponer que a usted la marca le diga algo, sin embargo puedo asegurarle que es cosa tan inglesa como la Reina, a quien Dios guarde muchos años. En la posguerra mundial, esa Roadster y el Jaguar E-Type del 61 fueron la más acabada representación de la belleza industrial. Déjeme evocar tan sólo el cómodo sillín y sus resortes, el farol redondo, el pequeño inflador. 

Aún así y con tanta belleza,  según me explicó mi cardióloga, debido a su gran peso y a su ineficiente desarrollo aeróbico, resultaba ya inadecuada para un bibliotecario sesentón. No me quedó sino hacer de tripas corazón, redactar un anuncio de venta y publicarlo en algunos órganos de la prensa universitaria local. Luego me senté a observar que la llamada ley de la oferta y la demanda no actuaba según mis intereses: de hecho nadie llamó.

Perdidas casi ya las esperanzas, el domingo 28 de abril tocaron el timbre en casa. En la puerta estaba un joven muy elegante, de piel aceitunada que, en un inglés indiciario (id est, profiriendo sonidos que tendencialmente buscaban semejanza con la lengua de Wilde), manifestó su interés en comprar mi bicicleta. Escuchándolo, entendí perfectamente que no me hubiera llamado antes por teléfono. Creo que se sintió bastante aliviado cuando lo sorprendí y le propuse continuar nuestra conversación en lengua castellana.

Simon, porque así se llama el joven, excusó su pobre inglés en ser ciudadano de Venezuela. Licenciado en Química, llegó al Reino Unido hace apenas un año, y tiene previsto seguir el programa acelerado A101 de Medicina en Oxford. Pero, y esto es lo notable, estos estudios los realizará en el tiempo libre que le deje su principal ocupación, que es atender un puesto callejero  donde despacha arepas (que no es el nombre de un diálogo de Platón, sino unas tortitas de maíz diversamente rellenas), cerca de St Gilles’. 

Advirtiendo cuán distintas parecen las actividades de cocción de las arepas y el ejercicio de la medicina, le pregunté porqué no dejaba aquélla y se dedicaba a éste, a tiempo completo. Respondió que esto no es una opción: el dinero es hoy esencial en la vida de Simon, paradójicamente la persona menos materialista del mundo. De lo que gana, trata de gastar lo menos posible y mandar el resto a su madre y a sus hermanos menores -¡un grupo familiar que, en promedio, ha adelgazado 8 kilos per cápita desde que él se marchó! Parece que, lamentablemente, las fotos de desnutrición crónica que ha publicado la prensa son todas verdaderas.

Le confieso que escuchando a Simon, me dió vergüenza conocer tan poco de la situación en Venezuela. Los periódicos  ingleses están tan llenos de nuestro pequeño y mezquino Brexit y nuestros royal babies, que apenas prestamos atención a nada más -exceptuando las gloriosas gestas del Liverpool y los demás equipos ingleses en el fútbol europeo. Ni siquiera somos capaces de advertir que a algunas millas náuticas de distancia, se está cometiendo un genocidio. ¿Pasa lo mismo en Uruguay? ¿Son allí los gobernantes y políticos tan insensibles como los nuestros?  

Opino, sin sonrojarme, que Inglaterra, que ha intervenido militarmente en todo el globo terráqueo, opportune et importune, desde la época de Guillermo el Conquistador, debería ser capaz de integrar una fuerza de intervención internacional que restablezca una humanidad básica en Venezuela y destituya a los genocidas.

Simon, quizás por su juventud, o quizás porque no tiene nada que perder, me pareció profundamente optimista. No sé si todos los venezolanos son iguales, pero no detecté en él notas de desesperanza o amargura. Como tampoco la más pequeña concesión a un escenario de fantasía, en el que todo se solucionaría sin daños.

Él piensa que lo de Venezuela se va a arreglar. Porque al final es mucho más seguro exponerse a las balas, o ser arrollado por una tanqueta del ejército de Maduro, que pretender llevar tal cosa como una vida normal.

En fin, he contribuido a la causa dejándole la bicicleta a 10 Libras + unas arepas el próximo sábado. El saldo ha quedado a favor de la próxima revolución. 

Él piensa que lo de Venezuela se va a arreglar. Porque al final es mucho más seguro exponerse a las balas, o ser arrollado por una tanqueta del ejército de Maduro, que pretender llevar tal cosa como una vida normal.

 

Las tanquetas, Mujica y las buenas razones
 

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College
Estimado Leslie

 

El Simon de su carta evocó en mi un artículo del filósofo surcoreano Byung Chul Han: Por qué hoy no es posible la revolución. A través de un diagnóstico incisivo (en el que no me detendré aquí, pero que le recomiendo leer y examinar), Han argumenta que la sociedad contemporánea carece de los valores que hacen posible el pensar y actuar en forma unificada,  para promover el cambio político y social ambicionado.   

En tiempos de posverdad (ese neologismo catapultado a la fama en el 2016 como “palabra del año” por la casa editorial de su Universidad), los ideales ya no tienen mayor cabida. Este es un trago amargo de beber para muchos de los que nacimos con suficiente antelación a la era millenial, cuando era de Perogrullo confiar en el valor de ideales tales como la libertad o la justicia, y estar dispuesto a arriesgar, aunque solo fuese la palabra, en su defensa y resguardo.  
Así, me pregunto que pensaría Chesterton, quien afirmó que “decir que un hombre es un idealista es decir que es un hombre”, de cara al imperante nihilismo…

Pero le ruego no me malinterprete, Leslie.  No soy de esas personas que creen que el naufragio de valores en medio de la pérdida de horizontes de sentido es una condición exclusiva de jóvenes apáticos y descreídos. Para nada es esa mi opinión.  Y para aquellos que sí la sostienen,  el novel dueño de su antigua bicicleta es, por sí mismo, una clarísima refutación. 

Me llamó muy especialmente la atención algo que usted relata en su carta respecto a la confesión que le hizo Simon: “que al final es mucho más seguro exponerse a las balas, o ser arrollado por una tanqueta de Maduro, que pretender llevar tal cosa como una vida normal”. No sólo porque oficia de esperanzador contrapunto a la atribulante tesis de Chul Han, sino también porque parece contradecir su sospecha respecto al mezquino anglocentrismo de los periodistas ingleses. 

Como buen gentleman estoy segura de que mientras saborea las arepas de Simon este próximo sábado,  me concederá el favor de preguntarle si sus palabras no fueron inspiradas por una declaración reciente de un taquillero expresidente uruguayo. Me refiero a José (popularmente conocido como “Pepe”) Mujica, quien declaró que “no hay que ponerse delante de las tanquetas”, en referencia a las personas atropelladas por los tanques del ejército venezolano durante una manifestación popular contra el gobierno de Maduro. Apuesto a que los periódicos ingleses entintan sus páginas con algo más que las novedades del Brexit, de los royal babies o la soberbia victoria del Liverpool…

Las palabras de Mujica son más elocuentes que cualquiera de los argumentos esgrimidos por Chul Han en su artículo. Ellas no sólo denotan una impertinente actitud de soberbia patriarcal,  juzgando de “pueril” al gesto de miles de personas dispuestas a arriesgar su vida en pro de los ideales de justicia, equidad y libertad.  No se me ocurre un ejemplo más ilustrativo de la inanición moral. 

Pero la declaración de Mujica ensalza, además, esa predisposición que él mismo se ha dedicado a fustigar una y otra vez en los viralizados discursos que tanta popularidad le han deparado: la del egoísmo insensible y omiso del individualismo más exacerbado.  Como el dicho que aconseja “cuidar la chacrita propia”, la proclamación de Mujica denota una patente desestimación del bienestar social como valor fundamental.  Tremenda paradoja para alguien que afirmó que “la especie como tal debería tener un gobierno para la humanidad que supere el individualismo: hay que entender que los indigentes del mundo son de la humanidad toda”. 

Lamentablemente, la sensibilidad no es un coadyuvante efectivo en la arena política hoy.  Cuando manda el cálculo interesado, la sensibilidad se va a llorar al cuartito.  Por eso es difícil juzgar a un gobernante en función de su relativa y usualmente cohibida sensibilidad. 

Pero aún nos queda la lógica: esa que dispone el hombre, según Miguel de Unamuno. A ella la podemos perder, pero jamás coartar. Y bajo su tutela, la pasión estará siempre bien orientada ¿O acaso no fue, a fin de cuentas, con buenas razones que Simon estimuló en usted el deseo de dejarle la bicicleta a 10 libras + la arepa, con el saldo a favor de la próxima revolución?  Que así sea, estimadísimo Leslie. 

 

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