17 de abril de 2023 14:15 hs

Síntoma de fin de ciclo para el oficialismo, termómetro de desconfianza para oficialismo y oposición: los funcionarios y dirigentes eligen ámbitos alejados de miradas indiscretas para mantener conversaciones con periodistas. Los famosos “off the record” están trayendo problemas y de un lado y el otro de la grieta prefieren evitarlos. Por eso los habituales cafés en el corredor de avenida Libertador o Figueroa Alcorta y los conocidos restaurantes a metros de la casa Rosada se tornaron cada vez menos frecuentes. Con el clima tan caldeado, los despachos oficiales tampoco son una opción. Y así aparecen a mediados de abril las oficinas prestadas, los estudios de amigos discretos…

Más que una cuestión de cambio de locación de estos encuentros, lo que denota es la convicción de un fuego amigo capaz de esmerilar poder, valiéndose de cualquier recurso. Pasa en el Frente de Todos. En Juntos por el Cambio. Le pasa a Alberto Fernández que lo comenta entre sus cada vez menos leales, al ministro de Economía Sergio Massa quien denuncia información surgida dentro del mismo gobierno del que es parte que busca perjudicarlo, al jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta sensible a las movidas del referente de su espacio, Mauricio Macri, que no termina de darle su bendición publica y coquetea con la otra mujer que lidera las encuestas, la ex ministra de Seguridad y pre candidata presidencial Patricia Bullrich. Y así todos y cada uno. Reina la desconfianza. Tamaña contradicción par una clase política que actúa en el marco de una de las peores crisis de la historia. Esgrimen el dialogo y consenso para salir del pozo. Pero no están dispuestos ni a lo uno ni a lo otro. Muy por el contrario.

“Lo que se puede ver es quiénes van a competir contra quiénes. Vemos un grupo de gente que tiene cero formaciones, con vocación por el agravio y por lastimar, y lo que propone saldría únicamente por represión. Las calles regadas de sangre y muertos van a producir si tuvieran la posibilidad de ser Gobierno”. El hombre de suprema responsabilidad a la hora de conducir las fuerzas lanza declaraciones temerarias. Doblemente objetable: por el cargo es quien debería llevar cierta tranquilidad a un país desconcertado, cansado de hacer malabares para llegar a fin de mes. Las palabras de Fernández pudieron haber sido dirigidas a Javier Milei, el líder Libertario que avanza en las encuestas con una velocidad que deja sin capacidad de reacción al oficialismo y a la oposición y amenaza con convertir esta elección en unos comicios de tres tercios con su fuerza recién estrenada. O también para Patricia Bullrich la candidata más “Halcona” dentro de JxC o a todo JxC en caso de ser gobierno. ¿Ese es el aporte del ministro de Seguridad? Sembrar zozobra en una sociedad que solo quiere alguna certeza es la estrategia defensiva del hombre que sale a pelear la gestión del presidente como ningún otro. A cualquier costo, eso sí.

La oposición tampoco ayuda al clima de consenso y dialogo que vocifera. Mauricio Macri, convocado al Congreso Interamericano de Comercio y Producción (CICyP) en el predio de La Rural hablo de ejército de orcos, de semidinamitar todo y de ideas perversas del oficialismo. Nadie quiere quedar afuera del barro, parece. Ni Patricia Bullrich desde Tucumán anunciando que “ derrotaremos al kirchnerismo como al mosquito del dengue”. Nadie ahondó demasiado en esa analogía. No hacía falta.

Las consultoras políticas trabajan con la categoría desilusionados como lo hacían con los indecisos. Las campañas de los candidatos también.  Número que crece y parece volcarse a la Libertad Avanza ante las peleas a cielo abierto dentro de los espacios oficialistas y opositores. 

Desilusionados de todo, y cada vez con más argumentos. Y no es sólo la crisis económica sino el manejo y la explicación de esa crisis, aunque parezca una respuesta obvia y ramplona, lo que genera cada vez mas enojo y hastía por parte de una población lamentablemente acostumbrada a vivir cada tanto una temporada al borde del abismo. 

El viernes a mitad de la jornada se conoció el índice de inflación del mes de marzo: 7,7 convirtiendo a la Argentina en el país con mayor salto de precios mensuales de la región, superando aún a Venezuela que encabeza el triste ranking. 7,7 mensual, y 104,3 interanual.

Periodistas especializados, consultoras, equipos de los precandidatos pasaron el fin de semana desglosando estos números para llegar a una misma y nada compleja conclusión: el impacto es directo sobre los sectores más vulnerables que destinan mayor porcentaje de ingresos al sector de alimentos; por lo tanto, no es de sorprender un aumento en el índice de pobreza de la mano con la inflación galopante. 

Sin embargo, uno de los últimos albertistas recibió a este diario sin disimular amargura y desolación: “Esto fue una cachetada”. ¿Cómo? ¿Para quién? ¿No podían preverlo? Si cualquier informe de una consultora mas o menos seria ya lo advertía. ¿Para el gobierno fue una “cachetada?”. Una vez más sorprende su sorpresa, su distanciamiento de la vida cotidiana de los ciudadanos a quienes dicen gobernar, su lejanía con la realidad que los hace fantasear con una posible reelección en un país cada día más pobre ante una gestión de gobierno que se muestra cada día más deficiente. La cachetada habla de la violencia de lo inesperado. El funcionario insistía con lo mismo. Lo inesperado. Después de detallar el impacto de la Guerra de Ucrania sobre la economía nacional, la pésima suerte del presidente al que le tocó atravesar una pandemia, una guerra y una sequía, el funcionario se centró en los aspectos de los males políticos a la hora de explicar el 7,7 y todo lo que ese número implica. Por un lado, como lo suelen hacer los últimos albertistas y el FdT en general, señaló la gestión de Mauricio Macri como la cuarta plaga. La deuda impagable que contrajo el expresidente. Deuda conocida por todos a la hora de jugarse la carrera electoral, ganarla y asumir. ¿O también fue una cachetada? Y, desde el albertismo más duro si es que existen, señalan por lo bajo y de salida la responsabilidad, por acción u omisión de la vise presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Sobre la guerra horas más tarde salió a reproducir el discurso la portavoz presidencial Gabriela Cerruti. Eligio las redes, un espacio sin lugar a la repregunta: ““El número que vemos hoy representa el peor momento del impacto de la guerra en los precios internacionales y la peor sequía de la historia en el país. Sabemos, nos duele, nos ocupa, cómo afecta la vida cotidiana y a cada familia. Estamos redoblando esfuerzos, convencidos de que el camino es sostener el crecimiento y el orden que estamos logrando. Y sabemos que la mayoría de los análisis nos muestran que este fue el peor momento y que comenzó una tendencia a la baja que esperamos ver reflejada próximamente”.

La guerra no es selectiva en sus daños colaterales. Tampoco su impacto en la economía global. Sólo mostrándole a los funcionarios de gobierno o a la misma portavoz la inflación en la región bajo los efectos de la misma guerra ese argumento se diluye. Uruguay, Brasil, Chile…

Sobre la tendencia a la baja, los picos que dejan atrás los peores momentos, y un futuro esperanzador faltan las mínimas condiciones que expliquen cómo, de que manera, bajo que plan y que variables estarían por darse para aseverar con semejante convicción que el gobierno actual tiene el margen de maniobra para no sólo sacar una de las ruedas el abismo sino encaminar el auto y que comience a transitar una vez más sobre camino seguro.
Mientras tanto, al inaugurar una nueva terminal en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, el presidente Alberto Fernández declaró: “Que salga por acá la menor cantidad de argentinos, porque no sobran dólares”. Gusto a desesperación, y a poco.

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