15 de septiembre de 2011 18:44 hs

En Europa, en el siglo XXI, puede pasar que un país democrático, próspero –pese a la actual crisis–, capital de la Unión Europea y con una larga tradición monárquica se demore 15 meses, un año y tres meses, para formar gobierno. Un disparate que fue subsanado hoy con el acuerdo entre los ocho partidos políticos del país, formaciones que denotan las profundas diferencias comunitarias entre los valones y los flamencos.

Las negociaciones más prolongadas de la historia –que al superar el año rebasaron a países como Irak y Camboya– terminaron en un acuerdo entre los partidos rivales para formar una coalición gubernamental. Al parecer, desataron un embrollo de 50 años de duración: lograron un arreglo respecto a la división de un distrito electoral dentro y en los alrededores de la capital bilingüe del país, Bruselas.

Es que así es el país de Tintín. El problema no es nuevo y se remonta desde su independencia, en julio de 1831, de Holanda. Desde siempre, esta nación que supo ser conocida como los Países Bajos del Sur, el sistema político y su gente, en el camino de los franceses y los holandeses, debió mantener alianzas políticas de corta duración, siempre sobre múltiples acuerdos entre la región de Valonia, francófona, y Flandes, de habla neerlandesa.

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Las identidades lingüísticas, culturales, económicas e históricas entre valones y flamencos son notorias, con más divergencias que similitudes. El proceso de independencia, –similar a Uruguay al punto que los dos tuvieron al diplomático inglés Lord Ponsomby como mediador clave– fue más una forma de solucionar problemas entre vecinos que de darle funcionamiento a una nación como tal.

Además del político –los valones votan a los partidos de habla francesa y los flamencos a los de habla holandesa–, los enfrentamientos se dan en un plano social y económico: Flandes, del norte, reclama dejar de ser el sostén de la economía belga frente a una Valonia, en el sur, empobrecida y cargada de políticas sociales insostenibles. En Flandes es donde se encuentra la mayoría de los partidos separatistas.

Bélgica, de 10,5 millones de habitantes, mantiene un sistema de monarquía federal constitucional que no disimula las diferencias. A ver. El sistema federal se divide en tres niveles: por un lado, están las tres regiones –Flandes, Valonia y Bruselas-Capital–, por otro, el gobierno federal, y por último, las comunidades lingüísticas, la flamenca, la francesa y la alemana (¡que también hay alemanes!).

En esa línea, los belgas se administran en seis gobiernos: el federal, tres de las comunidades lingüísticas, el Ejecutivo de Valonia y el de Bruselas. Y, a su vez, existen una cámara de representantes, un Senado y cinco Parlamentos comunitarios. Todo para representar a 10 provincias, 308 comunas de habla neerlandesa, 262 de habla francesa, nueve alemanas y 18 bilingües en la región de Bruselas. En el tema idiomático, el 60% de la población se maneja en holandés, el 40% en francés y el 1% en alemán.

Entre tanta división, aparece la figura del rey Alberto II. En él ha girado la estabilidad política del país en todo este período de idas y vueltas en las negociaciones para formar gobierno. Ya lo había hecho en otros momentos donde los belgas parecieron tomarse todo el tiempo del mundo para acordar una administración decente y con amplia representatividad. Nada indica que ahora vaya a ser diferente, las semanas, los meses, dirán si esta vez Bélgica va en serio.

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