1 de enero de 2012 20:57 hs

Los uruguayos tienen derecho a sentirse al menos un poquito extranjeros en Punta del Este. Las calles inundadas de matrículas argentinas, el típico acento de los vecinos de la otra orilla en las veredas, los comercios y las playas pueden poner al coterráneo en una inferioridad numérica importante.

Pero los días finales de 2011 y el inicio de 2012 hacen de Punta del Este territorio brasileño. Como si la Provincia Cisplatina resurgiera de las cenizas y se asentara en la península más exclusiva de América del Sur.

Y la oleada de brasileños en Punta tiene una pujanza y un nivel de billetera que le permite hacer lo que hizo la pasada noche del jueves 29 de diciembre. Un grupo de amigos de San Pablo alquiló el exclusivo parador Tommy Bistró en la playa de Chihuahua sobre la bahía de Portezuelo y organizó un fiestón para casi 500 personas, que se coronó con un concierto en vivo del dj francés Bob Sinclair.

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Cómo sería el panorama humano que incluso los argentinos eran una ínfima minoría en la fiesta. Bastaba ingresar a las angostas callecitas arenosas de la entrada del parador para escuchar hablar portugués, idioma oficial de la noche.

La oscuridad de las dunas se retraía ante las luces que titilaban sobre el quincho donde se ubicaron las bandejas donde mezclaría Sinclar.

Pasado un muy pesado (en el sentido militar) cerco digno de Tropa de elite, con verdaderos soldados de uniforme negro pertenecientes a una empresa de seguridad privada de Río Grande –chalecos antibalas, botas negras, lentes de visión nocturna y micrófonos–, un sendero de tablas de madera curada conducía a la pista sobre la playa, a pocos metros del mar. Frente al quincho se armaron unos livings con sillones de impoluto cuero blanco, y unas mesas ratonas que recibían a los visitantes con altos vasos de vodka con suco de laranja.

Las brasileñas tienen criterios estéticos que no condicen con el ojo rioplatense. Van con una cartera Louis Vuitton y la combinan con unas sandalias de plástico fosforescente. Primera diferencia en la fiesta: las chicas brasileñas que asistieron de forma masiva –algunas recién llegadas de un vuelo chárter que voló desde Guarulhos expresamente por la noche– parecían europeas, tanto en las facciones como en la ropa.

En la fila para conseguir las tiritas de las entradas las tarjetas de crédito salían de los bolsillos como mariposas. Las entradas, a un precio de US$ 110, permitían acceder a una canilla libre con tragos de diversos gustos.

Mucha gente joven (muy pocos cuarentones), jóvenes cuyos padres no dejan salir en Brasil, se divirtieron al ritmo del house más clásico. Había chicas menores de 18 años, había grupos de amigos imberbes con relojes abultados en las muñecas. Y cuando alguno un tanto bebido quería pasar a bailar sobre la arena, uno de los soldados de Tropa de elite lo invitaba gentilmente y en portugués (sin preguntar la nacionalidad del cliente) a volver al sector cercado. Los pocos uruguayos que se veían eran parte del personal de Prefectura ubicado en la playa, un poco más lejos del resplandor de la fiesta. Uno de los jefes de seguridad brasileños los premió con una lata de energizante.

Sinclar apareció, de pronto, de manera sorpresiva y sin anuncio, en el mando de las bandejas. Sonaba un trance clásico y monótono de pistas superpuestas cuando un loop comenzó a repetir una y otra vez para delirio de la gente: “Bob Sinclar is in the house...”. Como el público levantó las manos en señal de aprobación, no hubo muchos aplausos para el hombre de barba rala y musculosa negra que sacudió el sonido de Portezuelo apenas comenzó con sus primeros temas.

La multitud se lanzó sobre el quincho y a los ritmos sincopados de la música todo el mundo se puso en movimiento. De todas formas, había algunos poco interesados en seguir a quién recién había llegado en un vuelo privado desde la República Dominicana para tocar exclusivamente en esa noche esteña. Estaban concentrados en sus botellas de agua mineral, contoneados en su propia danza, en su propia fiesta. La música solo era algo más, un mero acompañamiento.

Bob Sinclar, autor de himnos mundiales, tanto de verano boreal como austral, como Love generation o World, hold on, cumplió el otro día una especie de deuda con un lugar que repitió sus canciones hasta el hartazgo en mil y una noches de boliche. Le devolvió a Punta del Este algo de lo que Punta del Este había desbordado varios veranos. ¿Es que acaso se puede escuchar la música de Sinclar en invierno?

Entonces también surgen otras preguntas: ¿cuál es la originalidad de tocar una canción de Manu Chao como Je ne t’aime plus con una base house? Porque los covers de Sinclar apabullaron su repertorio.

Desde Rafaella Carrá hasta Pink Floyd, diversos temas de otros autores pasaron por las manos del francés, que como un repostero en trance y con la tortícolis de fuste del DJ, administró a lo largo de casi dos horas sus largas improvisaciones a base de samplers pregrabados.

Pero nadie en la fiesta vio en esto un rasgo negativo. El público festejó cada loop de Sinclair, que, a veces con las manos en alto, arengó a la gente del lugar como si se tratara de un motivador profesional en vivo.

Los brasileños se sacaron el gusto y bailaron en forma maratónica hasta que se volvieron a sus hogares, algunos en taxis locales que esperaban afuera como carruajes de princesas, mientras otros se dirigían al aeropuerto para regresar directamente a San Pablo. No es descabellado pensar que quizá alguno incluso hasta fue a trabajar a la mañana siguiente en su ciudad.

Desde Chihuahua las luces de Punta Ballena parecían noctilucas que bailaban en la distancia, hasta que la claridad desde el este del amanecer las fue borrando. Pero quizá todavía se tararea alguna canción de Sinclair en el aire. En definitiva, la fiesta que concluyó en la madrugada del viernes 30 fue una noche en la que los brasileños hicieron que la bossa nova se escuchara en clave house.

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