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Bolsonaro, el último populista latinoamericano

La singularidad del populismo del candidato del Partido Social Liberal está en la combinación de una propuesta económica marcadamente liberal con una postura de extrema derecha en el espectro político

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25 de octubre de 2018 a las 05:02

Por Hugo Borsani*

Salvo un hecho político extraordinario de última hora, lo más probable es que Jair Bolsonaro sea electo presidente de Brasil el próximo domingo 28. Pero independientemente de que se convierta o no en presidente del mayor país da América Latina, se trata de un fenómeno político singular en la región. Esa singularidad, sin embargo, no se debe a sus características populistas ya que el populismo ha estado presente a lo largo de la atribulada historia latinoamericana.

A pesar de la falta de precisión de este concepto, hay relativo consenso en relación a los clásicos populismos de las décadas del 30 y 40 del siglo pasado, como el de Perón en Argentina, Vargas en Brasil y Cárdenas en México, entre otros, con posiciones ambiguas entre izquierda y derecha, y en algunos casos próximas al fascismo europeo. Más tarde llegaron los populismos “neoliberales” de los 90 representados por Menem en Argentina, Fujimori en Perú o Collor en Brasil. Y la tercera oleada, vendría de la mano de los populismos de la “izquierda bolivariana” de inicios del siglo XXI representada por Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Evo Morales y Rafael Correa, a los que puede ser asociado el neoperonismo de Cristina Kirchner.

El discurso anti-sistema de Bolsonaro, muy crítico de los partidos, de los políticos y de las formas tradicionales de hacer política, presente en la mayoría de los populismos latinoamericanos, es una de las principales características que permiten clasificarlo como tal. A esto hay que sumar una proyección como salvador de la patria contra la corrupción, la delincuencia y el estancamiento económico, y un discurso divisor de la sociedad en dos grupos antagónicos: los ciudadanos honestos “de bien” vs. la élite política corrupta (fundamentalmente la izquierda, pero también el centro y la centro derecha). Cabe precisar que el discurso de una sociedad polarizada en dos grupos antagónicos, características del populismo en todas las épocas, fue usado en reiteradas ocasiones por el ex-presidente Lula durante sus gobiernos. De hecho el ex-presidente de Brasil es considerado por algunos analistas como representante del “neopopulismo” o el “populismo de baja intensidad”.

Bolsonaro, quien lleva veintisiete años consecutivos como diputado, está lejos de ser un outsider de la política, a pesar de que se presenta como tal. Sin embargo, si bien muchos de los líderes populistas latinoamericanos irrumpieron en la política como outsiders, como Chávez, Fujimori, Morales y Correa, no fue el caso de Menem o de Cristina Kirchner, ni tampoco de Getulio Vargas o Cárdenas, quienes tenían experiencia política antes de alcanzar el poder.

La baja aprehención a los valores democráticos de Bolsonaro, quien ya ha manifestado que “nada se soluciona con el voto” o que “las minorías deben curvarse a las mayorías”, tampoco es una particularidad. La tentativa de golpe de Estado de Hugo Chávez, en 1992, contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, fue un indicador inconfundible del escaso apego a las instituciones democráticas del ex-presidente venezolano. El “autogolpe” de Fujimori (1992) ejemplificó su ausencia de compromiso con la democracia, si bien esto fue evidente después de iniciado su gobierno. Por otra parte, enfrentamientos con el Poder Judicial, o su cooptación, han sido frecuentes en gran parte de los populismos de la región.

La singularidad del populismo de Bolsonaro está en la combinación de una propuesta económica marcadamente liberal con una postura de extrema derecha en el espectro político. El liberalismo económico de Bolsonaro es una adhesión reciente, después de casi treinta años de un discurso de perfil nacionalista y estatista. Ese cambio parece, por lo tanto, responder más a una estrategia electoral que le atrajo el apoyo mayoritario de los empresarios, que a una convicción personal.

Menem y Fujimori fueron también líderes populistas asociados a políticas económicas liberales. Sin embargo, estos mostraron su adhesión a estas posturas una vez en la presidencia ya que habían llegado al poder con discursos económicos ambiguos. El principal eslogan de la campaña de Menem era “la revolución productiva”, sin especificar el tipo de medidas que serían aplicadas. Además, el propio histórico de su partido, el Partido Peronista, no hacía prever el giro liberal y privatizador que finalmente emprendió. Fujimori, por otro lado, era un desconocido hasta pocas semanas antes de la primera vuelta de las elecciones peruanas de 1990 y poco se sabía de sus propuestas económicas. Pero su imagen creció en la segunda vuelta donde confrontó con las posiciones liberales y pro-mercado de su rival, el escritor Mario Vargas Llosa, lo que tampoco hacía suponer la posterior adhesión al neoliberalismo.

¿Cambiará Bolsonaro su postura una vez en el gobierno? No sabemos. El único populista con propuestas económicas liberales desde la campaña electoral fue su compatriota Collor de Mello, electo presidente de Brasil en 1989 (y destituido en 1992). No obstante ser el candidato de la derecha en aquella elección, Collor no era un representante de la extrema derecha. Bolsonaro, sin embargo, ha reiterada su admiración por el régimen militar instaurado en 1964, ha apelado constantemente a políticas de “mano dura”, al armamento de la población para combatir la delincuencia y se ha mostrado favorable a la tortura. Por lo tanto, a falta de similares latinoamericanos, el “Trump de los trópicos”, como ha sido llamado, o  también, el “Duterte de occidente” (en alusión al actual presidente filipino), parecen ser calificativos adecuados para describir el más reciente populismo latinoamericano.

 

*Hugo Borsani es uruguayo, radicado en Brasil, y Doctor en Ciencia Política. Es profesor en la Universidad Estatal del Norte Fluminense (Rio de Janeiro).

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