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14 de enero 2023 - 5:01hs

En los últimos tiempos he pensado a menudo cómo se hace para adelantarse a desequilibrios como los que desembocaron en las dos guerras mundiales o, más complejo aún, cómo se hace para prever una anomalía tan enorme que terminó con la muerte de seis millones de judíos y otro tanto de soldados y civiles por el desenfreno nazi. Claro que no tengo respuesta, solo muchas preguntas.

El ataque a los poderes más simbólicos de Brasil, Congreso, Presidencia y Supremo Tribunal Federal, por parte de hordas bolsonaristas que destrozaron lo que encontraban a su paso, me obligó a plantearme de nuevo la interrogante. Sobre todo porque este ataque no es tan aislado como podría parecer a simple vista; sucede dos años después y dos días después del ataque al Capitolio de Estados Unidos, la ahora maltrecha democracia en la que nos inspiramos los latinoamericanos a la hora de forjar nuestras declaraciones de independencia. 

Somos una generación despistada; crecimos a la sombra de una Guerra Fría que ya no daba tanto miedo, nos esperanzamos al ritmo de la caída del Muro de Berlín y del fin de la Unión Soviética y, aunque hemos visto innumerables guerras e incluso genocidios horrendos como el Ruanda o el de la guerra de los Balcanes -por nombrar solo dos hechos contra natura- tenemos algo así como una fe ciega en las instituciones democráticas, que pronto se puede tornar en una fe ilusa y algo ignorante. 

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Los que ahora promediamos medio siglo sabemos de dictaduras, pero de lejos. Éramos niños o adolescentes cuando tuvieron que devolver la democracia en los países de América Latina y no es lo mismo estudiar lo que sucedió en libros de historia, leerlo en informes periodísticos o incluso escucharlo de boca de sus protagonistas, que vivirlo en carne propia. Siempre parece más sencillo de solucionar si no te pasó a vos, directamente y, tal vez por eso, tenemos una peligrosa tendencia a olvidar que puede pasar de nuevo: el fascismo rabioso, los extremismos mortales, los enfrentamientos entre hermanos, la locura de la guerra en tu propia tierra y no en solo en un país que apenas podemos ubicar en el mapa.

El 8 de enero pasó lo que muchos preveían, sobre todo analistas, pero eso no lo hizo ni más llevadero ni menos shockeante. Cientos de brasileños que apoyan al expresidente Jair Bolsonaro invadieron las tres sedes de los poderes democráticos brasileño. El domingo 8 de enero se recordará en la historia como el doloroso sucesor del 6 de enero de 2021 de Estados Unidos. Y, tal vez, como el predecesor de otros actos de violencia que atentan ante todo contra las democracias, tan débiles como testarudas, tan imperfectas como necesarias, tan subvaloradas como resistentes. 

A esta altura de la evolución humana es muy difícil creer que aprendemos de las lecciones del pasado. Los estudiosos de los desbalances geopolíticos alertan sobre un movimiento extremista transnacional, con ciertas conexiones y hasta coordinaciones. No es casualidad, no lo es, que se hayan sucedido dos Capitolios en dos años. No es casualidad, no lo es, que Estados Unidos haya tenido un presidente populista del nivel de peligrosidad que tuvo y tiene Donaldo Trump. Y no es casualidad que Bolsonaro, que perdió en las elecciones más reñidas de Brasil y con 50 millones de votantes a su favor, utilice las mismas técnicas de manipulación que el estadounidense. Tampoco parece casual que el hijo de Bolsonaro, Eduardo, se reuniera con Trump en noviembre ni que el expresidente brasileño haya decidido autoexiliarse en Orlando, poco después de perder las elecciones. Eduardo estaba en Washington el 6 de enero de 2021. Otra “coincidencia”. 

Si aprendiéramos de la historia seguramente podríamos prever y hasta intentar evitar los Capitolios, porque en ambos casos -y en otros- el caldo de cultivo tiene los mismos condimentos: mentiras que se exponen como verdades porque tan a menudo es más fácil creer las mentiras que las verdades, liderazgos mañosos que se aprovechan de la desesperación y de la desesperanza de millones, oposiciones y oficialismos que miran para el costado y que hasta echan más leña al fuego sin entender que la hoguera ya explotó.

“El domingo, finalmente sucedió uno de los eventos más esperados en la historia política brasileña reciente”. Así comienza una nota en Foreign Policy. “La violencia se olía en el aire”, dijo el corresponsal del New York Times en Brasil, entrevistado por el podcast The Daily. El periodista venía recorriendo las protestas y campamentos bolsonaristas que derivaron en el ataque. Parece que todo el mundo sabía que iba a suceder un desastre pero nadie hizo nada.

Las noticias falsas, que en realidad son solo mentiras bien moldeadas y cada vez mejor esparcidas, existen desde siempre y también ayudaron a otros extremismos, de derecha y de izquierda. Es imposible convencer a una porción importante de una nación de que hay una “raza” de personas que deben ser exterminadas de la faz de la tierra o que la derecha matará a sus hijos, a menos que se gesten mentiras que tocan en los puntos más sensibles de los temores humanos.

Bolsonaro dice que no instigó el ataque. Lo que seguro hizo fue dudar del sistema electoral brasileño durante toda su presidencia, la que ganó por ese sistema que considera fraudulento y que ha criticado sistemáticamente, a veces al pasar y otras veces sin ambages. Una investigación del New York Times buscó estas “pistas” en sus discursos de los últimos años, y ahí están las medias verdades y las mentiras enteras. En el último año, Bolsonaro sugirió que no aceptaría los resultados si perdía. Y también dijo la célebre frase, cúspide del despropósito disfrazado de lógica: “así como yo no tengo forma de demostrar que hubo fraude, tampoco nadie del otro lado tiene forma de demostrar que no hubo fraude”. Esto fue en 2015. En 30 años de carrera política Bolsonaro nunca perdió una elección en un país al que acusa de tener un sistema electoral fraudulento.

El expresidente jugó al límite también en esta última elección, que se negó a conceder oficialmente. Primero guardó silencio durante semanas. Cuando finalmente habló hizo una especie de discurso de despedida y dijo que trató de impedir que Lula asumiera el cargo. “Dentro de las leyes, respetando la Constitución, busqué una salida”. Luego pareció animar a sus partidarios a seguir adelante. “Vivimos en una democracia o no vivimos”, dijo. “Nadie quiere una aventura”, agregó luego de agradecer a los 50 millones de brasielños que lo votaron. Y se fue para Florida. 

El ataque del domingo no fue una demostración espontánea de rabia y frustración. Fue una movida coordinada y con cierto nivel de sofisticación en su convocatoria a través de redes sociales y apps de mensajería, siguiendo las técnicas de trumpistas y asociados. Mientras, la policía, los militares y hasta el gobernador de Brasilia (bolsonarista) hacían la vista gorda, en el mejor de los casos. La organización de fact checking Agência Lupa informó que los mensajes en los que se prometían viajes de ómnibus gratis a la capital circulaban masivamente entre votantes de Bolsonaro. 

Steve Bannon bautizó a los insurreccionistas brasileños como “luchadores por la libertad”, en su plataforma de derecha extrema, Gettr. Otra figura conectada al 6 de enero en el Capitolio de EEUU, también aplaudió el desastre. El fundador del movimiento Stop the Steal, Ali Alexander, alentó a hacer “lo que fuera necesario” ante una Corte Suprema que dijo era ilegítima. 

La calesita del extremismo gira y gira y los que ganan legalmente a veces se pasan de rosca a la hora de celebrar su triunfo o de denostar a los que perdieron. La izquierda brasileña, mareada de victoria, no paró de tomarle el pelo a los bolsonaristas, a puro meme

La señal de alerta ya fue dada. Y fue un desastre. 

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