El cine de Bruno Dumont está emparentado geográfica y socialmente con el de los hermanos Dardenne. Para empezar, porque son vecinos. Dumont, nacido en el pueblito de Bailleul, sobre la frontera belga, en el llamado Flandes francés, filma su campiña natal con un solidez y un conocimiento de causa dignos de elogio.
La naturaleza muestra campos arcillosos y roturados donde habrá siembra, dunas cubiertas de matorrales, bosques de pinos, arroyos y canteras llenas de agua. No es necesaria la monumentalidad del desierto, del polo o de la selva impenetrable para que la naturaleza sea sugestiva. El efecto de la luz en una cuadro que parece un boceto de nubes, un amanecer anaranjado en medio de la campiña, un personaje que camina a lo lejos y recorre los senderos entre las hierbas: todo eso puede emocionar.
Dentro de la naturaleza está lo humano. Los personajes parecen flacos apóstoles de Pier Paolo Passolini, rostros cuyo predecesores se encuentran nen Toledo, en los retratos de El Greco. La cara del protagonista, David Dawaele, enjuta y con la barba sin afeitar, los ojos cargados de una dureza melancólica y pelo sucio peinado para atrás sion una síntesis de esa imagen plástica. Los primeros planos que duran varios segundos, muchos más de lo que un ojo con entrenamiento de montaje hollywoodense está acostumbrado.
El protagonista es una especie de monje moderno con campera de jean y un canguro, que vive en un arenal junto a un bosque de pinos, en algún lugar cercano a Boulogne, en la costa del norte de Francia.
Junto a un muro de ladrillos derrumbado, deja sus mínimas pertenencias. No se baña, tiene los dientes podridos, come lo que los vecinos le dan, entre ellos una chica que es casi su novia (lo busca para besarlo pero él se resiste). Solo tiene una escopeta y un fuego que prede, no se sabe si para calentarse del frío de las noches o como mero símbolo al que contempla concentrado.
No hay música, hay muy pocos diálogos. Las primeras palabras se pronuncian a los cinco minutos de película. Ella vive en una granja, él vaga por los descampados. Hasta que decide hacer justicia por mano propia. Y la violencia explota en momentos directos y sin preparación previa. El asesinato del padrastro de la chica, la simple acción de un disparo de escopeta a un hombre que sale de un galpón llevando una carretilla y que desaparece por el efecto del tiro, parece hasta levemente cómica. Es un tiro, que retumba en la distancia del paisaje abierto, un hombre que cae, y nada más. Ningún tipo de efectismo barato. Es un tiro y una muerte, filmadas con todo el peso semántico que le da la simpleza de la acción por la mano de Dumont.
Luego la cuestión de la investigación policial es menor. Lo importante aquí va por otro lado: el drama interno y casi inaccesible de estos personajes al costado de la Europa urbana, que viven sus vidas pueblerinas en medio de fundamentalismo oscuro, religioso pero sin iglesia detrás, con una moral particular, personal.
Alguien podría decir que Fuera Satán es el cruce entre Sin lugar para los débiles con Diario de un cura rural. La violencia de los Coen más la severidad y el austero minimalismo de Robert Bresson. Puede ser. De todos modos, detrás de Fuera Satán está el estilo de un autor que ya ha demostrado sus dotes en excelentes películas anteriores, como La humanidad (de 1999) y Hadewijch (2009).
Fuera Satán es absolutamente para aquellos que deseen ver cine en estado puro: un gran encuadre, un personaje que camina hacia un destino, que comete acciones que hacen pensar y reaccionar al espectador, que siente que se le mueve algo dentro.