3 de febrero de 2021 5:00 hs

Por Andrew Hill

Algo digno de mención está sucediendo en Washington conforme los nominados de Joe Biden para los puestos del gabinete toman posesión: ellos están rindiendo homenaje al personal de sus nuevos departamentos y prometiendo protegerlos a ellos y a su trabajo.

Digo “digno de mención”, pero es una señal de la profundidad de la disfunción durante la presidencia de Donald Trump que el reconocimiento de los trabajadores del gobierno comunes, desde los del Tesoro hasta los del Pentágono, debiera ser notable en lo absoluto.

Quizás estas declaraciones pasaron desapercibidas hace cuatro años. Tan dominante era la desquiciada narrativa tuiteada por Trump que hubiera sido fácil pasarla por alto.

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De cualquier manera, Biden ha establecido un límite. El 20 de enero, él instó a los nuevos funcionarios de la Casa Blanca a tratarse los unos a los otros con decencia y dignidad, algo que “había estado ausente enormemente durante los últimos cuatro años”.

Parece exclusivo del sistema estadounidense que los miembros entrantes del gabinete publiquen sus comentarios y memorandos al personal. Quizás no debería ser así. No muchos directores ejecutivos dan a conocer las promesas tempranas hechas a su gente más allá de un círculo íntimo. Pero el equipo de Biden ha hecho de la transparencia y de la responsabilidad sus consignas. Anunciar públicamente los compromisos con otros es una forma de responsabilizarse ante ellos, como bien saben las parejas casadas.

El hecho de que sus comentarios estén claramente destinados a la publicación también debería hacernos sentir algo escépticos, por supuesto. Así como algunos matrimonios terminan en mal comportamiento y en divorcio, numerosos líderes actúan hipócritamente y no logran cumplir con las metas iniciales. Cuando algunos miembros del equipo de Biden se equivoquen, como está destinado a que suceda, es posible que lo hagan a puerta cerrada. A pesar de la promesa hecha por Biden de responsabilizarse por los errores, puede que ellos intenten encubrir sus errores o culpar a otros.

Pero tomando las primeras pruebas al pie de la letra, yo veo cuatro principales formas en las que los miembros en altos cargos de la administración y los asesores están modelando el enfoque correcto, el cual debería copiarse más ampliamente.

1. Establecer el tono desde arriba. Los comentarios de Biden a su nuevo personal no fueron simplemente responsables, sino que enviaron señales a su propio equipo y a los miembros de los equipos del personal. 

“Si en alguna ocasión estás trabajando conmigo y te escucho tratar a otro colega con falta de respeto, hablándole condescendientemente a alguien, te prometo que te despediré de inmediato”, dijo memorablemente a sus funcionarios. “¡De inmediato!”

Como tuiteó el escritor de temas de gestión Daniel Pink: “El Día Uno, el presidente Biden firma una orden ejecutiva que implementa la Regla de No Desgraciados”, una referencia al análisis de 2007 de Robert Sutton sobre el acoso laboral y el mal comportamiento, y sus consecuencias para la moral.

Cuando Trump fue elegido, yo temí que él ejemplificaría un agresivo y regresivo estilo de liderazgo que los empresarios imitarían. Yo ahora espero que Biden transmita más allá de la Casa Blanca cuán importante es que los líderes creen seguridad psicológica para el personal — una práctica bien explorada por Amy Edmondson, de la Universidad de Harvard — como un prerrequisito para un desempeño sólido y eficaz.

2. Inculcar propósito. Era inevitable que la promesa de campaña de Trump en 2016 de “drenar el pantano” perturbaría a los supuestos ‘habitantes del pantano’, haciéndoles dudar del valor de su trabajo.
Janet Yellen, la nueva secretaria del Tesoro de EEUU, tomó medidas para revertir esa percepción en su mensaje del Día Uno a sus 84 mil empleados. Ella no solo elogió su dedicación y creatividad, sino que también les recordó que deberían ver “la política económica como una forma de mejorar la vida de las personas” y buscar “la humanidad detrás de los datos”. 

Destacar el impacto positivo en otros del trabajo de las personas es una excelente manera de motivarlas.

3. Reconocer la incertidumbre. Durante una crisis, no tiene sentido confiar en una certeza imprudente. Anthony Fauci, el experto en salud pública cuya incomodidad al servir a Trump era a menudo obvia, alegremente les dijo a los reporteros que “una de las cosas nuevas en esta administración es que, si no sabes la respuesta, no adivines: simplemente di que no sabes la respuesta”.

4. Fomentar la inclusión. Antony Blinken, cuyo compromiso personal con el trabajo de secretario de Estado se basa, en parte, en la conmovedora historia de cómo su familia buscó refugio en EEUU de los pogromos y el genocidio en Europa, se propuso deliberadamente darle la bienvenida a una amplia gama de funcionarios del Departamento de Estado en su primer día la semana pasada.

La inclusión también implica atraer a todos los lados de las profundas brechas en la política estadounidense y dar la bienvenida a opiniones alternativas. Él le dijo a su personal: “Yo buscaré opiniones discrepantes y escucharé a los expertos porque así es cómo se toman las mejores decisiones. E insistiré en que hablen, y hablen sin miedo ni favoritismos. Y yo los apoyaré”.

Eso deja un esencial siguiente paso para los altos funcionarios de Biden: convertir sus maravillosas palabras en acciones. Es obvio que estos líderes y su personal tienen una pesada tarea por delante, agravada por la caótica transición, plagada de conflictos, de Trump. Solo hay una forma de empezar a aligerarla. Para citar a Blinken: “Ahora, vamos a ponerle manos a la obra”. 
 

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