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Campaña electoral, la bazofia de la democracia

Es el peor momento de las relaciones políticas y el debate de ideas, se alienta la tensión el agravio y algunas promesas inútiles en pro del voto

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03 de febrero de 2014 a las 00:00

El Observador publicó en su página web una encuesta para que los lectores votaran por el que consideraban el mejor jingle de los que han aparecido en la incipiente campaña electoral. Estaban el de Pablo Mieres, el de Tabaré Vázquez y los de los candidatos blancos Jorge Larrañaga y Luis Lacalle Pou. Al principio iba ganando Lacalle Pou pero el día terminó con Larrañaga en punta. Al día siguiente del comando de Lacalle Pou llamaron para saber si no habían hackeado la página web para hacer ganar a Larrañaga.

Solo espero que en esa llamada hubiese un mensaje solapado del tipo “¿ustedes no están manipulando para beneficiar al guapo?”, que es lo que suelen creer o lanzar como acusaciones los comandos electorales en épocas de campaña, porque si realmente creen en lo otro están muy mal y el dirigente blanco debería remover a algunos de sus hombres, por su bien.

Pero lo que viene a cuento es que así pone la campaña a la gente. Siempre pensé que es el peor momento para hacer periodismo y uno de los baches oscuros de la democracia. Y lo peor es que en Uruguay son cada vez más largas y cada vez con más elecciones.

En campaña lo que se trata es de conseguir votos, no de aclararle a la gente sus dudas sobre tal o cual asunto. Se hacen promesas a veces difíciles de aceptar pero se desacreditan las del adversario. Siempre se desacredita al adversario. Si no es el candidato son sus perros. La campaña es la época de los perros. Si hacen bien su trabajo sucio luego podrán tener un cargo en alguna oscura oficina. Son los encargados de hacer correr rumores, de agitar por donde sea aquel viejo dato o rumor del candidato que le pudo pegar a su mujer, son los que andan recorriendo comités diciéndoles a sus propios compañeros que no apoyen a fulano porque en mitad de la campaña le van a decir que es “puto” y lo van a afectar, los políticos honestos defendidos por asesores más sucios que un guardabarros, son los que en la campaña pasada llamaban a las redacciones tratando de vincular a Mujica con el arsenal encontrado en la casa de Feldman. Perros.

En la campaña pasada escribí una columna cuestionando a algunos blancos porque con el cuerpo caliente de Feldman llamaban a la redacción para que lo vinculáramos con Mujica. Recibí elogios de todo el Frente Amplio. En ese momento escribí que los que elogiaban al poco tiempo iban a tirar con todo, y así fue.

En campaña los periodistas pasan a ser una especie de daño colateral (“vendido”, “mercenario”, “facho”, mandadero”, etc). Use y tire.

Además ya sabemos que en medio de todas estas promesas e insultos se gastan enormes sumas de dinero en publicidad y se alienta la tensión y el enfrentamiento (luego, tras bambalinas ellos se abrazan aunque abajo la gente quede manijeada). Y menos mal que ahora existe el cable, porque hubo una época en que no y por TV todo el maldito día los jingles te perforaban el cerebro porque los comités de campaña estaban convencidos de que esa era la forma de ganar.

Entre otras cosas, el papel de los medios en una campaña es procurar llevarla a su terreno. Sin ocultar las barbaridades que se dicen, tratar de encontrar el oro entre tanto barro y llevárselo a la gente. Detectar las promesas imposibles de cumplir y tener el coraje de decirlo aunque te acusen de vendido. No entrar nunca en la difamación. Y, si es posible, dejar en evidencia todos los delirios como el reclamo del hackeo para que la gente vea qué tipo de cerebros rodean al candidato.

La campaña electoral solo tiene sentido y razón porque es parte inherente al mejor sistema político que se haya conocido, la democracia, sino sería solo bazofia.

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