27 de abril de 2019 5:03 hs

Apenas llegaba de la escuela, Florencia dejaba la mochila en la primera silla con la que se cruzaba y salía al encuentro de Gaitán, el abuelo compinche. La historia de ese italiano es similar a la de tantos otros inmigrantes. Un buen día, allá por 1925, un niño de apenas 9 años llegó al puerto de Montevideo, luego de un largo e incómodo viaje en las bodegas de un barco proveniente del sur de Italia. Fiel a las tradiciones de su país, décadas después, este europeo comenzó a plantar vid en unos por entonces despoblados terrenos de Canelones, dueños de una belleza digna de una postal turística. 

Florencia creció entre esas viñas y recuerda con mucho cariño su infancia campestre, rodeada de naturaleza, entre los animales, la huerta y los higos, bien lejos de la televisión. A veces, en los recreos, quedaba afuera de la conversación de sus compañeros acerca del show televisivo de moda, pero a ella no le importaba. Era feliz en la que todos llamaban “la casa grande”, la que sus abuelos Gaitán y Chicha habían construido con sus propias manos en aquel camino de tierra llamado Los Horneros. 

En aquellos tiempos, la zona solo albergaba chacras y quintas, pero hoy ese rincón del departamento de Canelones está rodeado de barrios privados y residencias exclusivas. A pesar de los cambios, la casa grande sigue allí, intacta, como fiel testigo de otra época. 

Inés Guimaraens Florencia junto a su padre Washington
El homenaje

La historia de los De Maio siempre estuvo vinculada al trabajo en las viñas, aunque curiosamente nunca elaboraron vino a gran escala. Generación tras generación, la familia plantó vid y vendió las uvas a bodegueros de la zona. Gaitán hacía vino casero, pero solo para consumo familiar; jamás para vender. 

La tradición vitivinícola de estos inmigrantes europeos continuó intacta hasta que una idea comenzó poco a poco a adueñarse de Florencia. Al principio, todo era un mar de dudas, pero ni siquiera el miedo hacia lo desconocido logró frenar su impulso. Era hora de tener una bodega propia, y reservar los mejores racimos de la cosecha familiar para elaborar vinos de calidad. 

Convenció a su padre, Washington, de destinar 5 de las 20 hectáreas del predio para abastecer con uva de primer nivel a la nueva bodega. cuyo nombre, obviamente, sería Casa Grande, en homenaje a los recuerdos de aquella infancia entre risas y travesuras. 

Inés Guimaraens

Florencia estudió enología, trabajó en otros emprendimientos y vivió la vendimia francesa para adquirir experiencia. Luego de graduarse en 2010, convirtió en bodega el viejo galpón de Gaitán y dio inicio a una nueva era familiar. 

Sus abuelos murieron, pero el mejor modo de homenajearlos era volver a llenar de vida ese hogar. “Era hora de honrar a mis abuelos, de abrir las puertas de su tan querida casa a los amantes del vino”, dijo Florencia de Maio a El Observador

Todo ha sido tan vertiginoso que apenas ha tenido tiempo de detenerse a mirar hacia atrás. Pero ha logrado mucho más de lo que se animó a soñar en 2013, cuando comenzó esta aventura. Hoy, Casa Grande es una bodega reconocida en el mercado, con una buena visibilidad en los bares de vino, restaurantes y tiendas especializadas. En 2017, comenzó a exportar a Brasil y está en busca de nuevos mercados.

Inés Guimaraens

En marzo de este año, Florencia viajó a Alemania a ProWein, la principal feria de vinos del mundo, detrás del difícil objetivo de captar clientes fuera de fronteras. 

En Casa Grande todo ha funcionado basado en el amor por lo que hacen, empuje, ensayo y error, mucho error. Es que, de buenas a primeras, Florencia –31 años– tuvo que aprender a liderar una empresa, a negociar con proveedores e intentar fortalecer un perfil comercial para el cual no está formada, para incursionar en un sector en problemas e intentar vender vino en un mundo tan competitivo. 

La bodega no comercializa sus productos en los supermercados ni aspira a hacerlo. “No tenemos tanta producción para estar allí. Preferimos que quien venda el vino pueda contar algo acerca de la bodega, que sean personas que conozcan nuestra esencia”, dijo Florencia.

Inés Guimaraens
Arte y viña

La estética de las botellas recoge otra tradición familiar de larga data: el amor por el arte. Las diferentes expresiones artísticas siempre unieron a los De Maio. Francesca, la mamá de Florencia, es profesora de dibujo y motivó a sus hijos a desarrollar esa curiosidad. “¿Por qué no estudiás enología? Vas a ver que luego vas a poder unir todas tus pasiones, porque el vino también es arte”, le dijo su madre a Florencia en momentos de dudas vocacionales. El tiempo le dio la razón. 

Las etiquetas de Casa Grande fueron realizadas por los artistas plásticos Gastón Izaguirre, Adela Casacuberta y Joaquín Rodríguez. Las imágenes retratan los personajes de una fiesta en la bodega. Aparece por allí, por ejemplo, una mujer de aspecto refinado, que parece ser francesa. Ella representa al cabernet franc, una cepa difícil de cosechar en Uruguay. Dado que debieron digerir varios fracasos antes de lograr el resultado esperado para esa variedad, la apodaron “la chica difícil”. Por eso, quedó representada así en la etiqueta, algo pretenciosa. 

Inés Guimaraens

Hay otro nostálgico personaje que viste traje gris, con aires tangueros. Es un típico uruguayo y, por eso, la imagen ilustra al tannat, la cepa emblemática del país. La fiesta en la bodega lo encuentra acodado a la barra, observando todo desde allí con su copa.

Tal vez la etiqueta más jugada de Casa Grande sea la del superblend, su producto icónico. En general, la bodega de los De Maio apuesta a los varietales; es decir, vinos elaborados de una única cepa. Pero Florencia tuvo el capricho de experimentar y elaboró un producto que mezcla los mejores racimos de seis variedades: cabernet franc, tannat, merlot, tempranillo, airnarnoa y cabernet sauvignon. El personaje que ilustra la botella es un peculiar superhéroe, un gordito de aspecto bonachón que vuela por el mundo intentando seducir a paladares exigentes.

Un sello de Casa Grande son los vinos blancos. De hecho, representan casi la mitad de su producción, algo poco común en un país caracterizado por las variedades tintas. La bodega tiene un muy destacado sauvignon blanc, así como un albariño con carácter. La llegada de esa cepa gallega a Casa Grande tuvo mucho de casualidad. Washington, el padre de Florencia –un apasionado del cuidado de los viñedos– tenía todo preparado para plantar injertos de tannat que viajaban desde Francia, pero recibió menos plantas de las esperadas. En sustitución, le ofrecieron albariño y aceptó el desafío. 

Inés Guimaraens

La bodega también produce un espumoso con el método tradicional a partir de la cepa blanca viognier, una grappa elaborada en alambiques artesanales a leña siguiendo una antigua receta italiana y hasta productos innovadores, como jabones de tannat. 

Hay quienes dicen, con razón, que producir vinos con personalidad es una tarea de todo el año, que requiere de horas y horas cuidando cada detalle de las viñas. Allí es donde todo nace.
En ese sentido, Casa Grande tiene seis décadas de trayectoria con la noble tarea de trabajar la tierra. Aquellos viejos viñedos del compinche abuelo Gaitán ahora tienen bodega propia, y sus vinos se preparan para viajar por el mundo. 

Visitas. La bodega puede ser visitada. La familia ofrece recorridas guiadas y degustaciones. Tiene una tienda abierta de lunes a viernes para comprar los vinos. A la vez, cuenta con una enorme parrilla que puede trasladarse gracias al uso de un tractor. Eso permite a los visitantes disfrutar de un asado entre las viñas, literalmente hablando.
Inés Guimaraens
Dónde comprar. En tiendas de licores, como Iberpark y Los Domínguez. En bares de vino, como Maridan (Mercado Ferrando) o Maridaje (Sinergia). También en restaurantes de Maldonado, como La Huella (José Ignacio) u otros de Punta del Este, como Lo de Tere, L’Incanto, Atrevida y Virazón. En Montevideo, La Pasionaria y Buena Costumbre tienen opciones de Casa Grande en su carta de vinos.

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