Mabel Lorenzotti miraba a una muñequita que tenía sobre un aparador en su casa de Solymar. Estaba segura de que no la había puesto ahí, sobre la punta del mueble, sino unos centímetros más hacia el centro. Después de prestar atención durante un tiempo, llegó a la conclusión de que el propio movimiento de la tierra había hecho que el adorno se corriera de lugar. Los temblores de la calle y la tierra cada vez que pasaba un camión o un ómnibus sobre la calle Gestido eran tales que a veces hasta veía cómo la polvareda se acercaba hasta meterse en su casa. Hace más de 40 años que vive en Ciudad de la Costa y esos son de los recuerdos que tiene grabados de cuando sus calles todavía eran de pedregullo.
Chau a los primeros pozos
La llegada del pavimento le cambió la cara a algunas zonas de Ciudad de la Costa