4 de noviembre de 2021 15:09 hs

Martin Wolf

El ingenio humano ha generado una economía global integrada, armas de destrucción masiva y amenazas a la biosfera de la que dependemos. Sin embargo, la naturaleza humana sigue siendo la de un primate instintivamente tribal. Esta contradicción se está volviendo cada vez más importante conforme se profundiza la interdependencia y crece la rivalidad entre las superpotencias.

Esto plantea una preocupante pregunta: ¿es posible que una humanidad dividida pueda proporcionar los bienes públicos globales esenciales? Dado que Xi Jinping, el líder del país con mayores emisiones de gases de efecto invernadero, ha decidido ni siquiera asistir a la COP26 en Glasgow, la respuesta no parece alentadora.

Los principales bienes públicos globales son la prosperidad, la paz y la protección contra las catástrofes planetarias, como el cambio climático o las pandemias graves. Estos bienes están interconectados: sin paz entre las grandes potencias, la prosperidad es, en el mejor de los casos, frágil; y ni la paz ni la prosperidad perdurarán en un mundo asolado por las catástrofes medioambientales.

Los Estados existen para proporcionar bienes públicos y, aun así, a menudo no lo hacen. Pero no existe un Estado global. En su lugar, los bienes públicos globales deben ser proporcionados por acuerdo entre unas 200 naciones soberanas, especialmente las grandes potencias que compiten entre sí. Esto lleva al oportunismo y a las disputas sobre si el reparto planificado de la carga es justo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la prosperidad mundial estaba respaldada por un mosaico de normas e instituciones diseñadas y dirigidas por las potencias occidentales, encabezadas por EEUU. Mientras tanto, la Unión Soviética optó por quedarse fuera del nuevo sistema. Las normas que rigen el comercio fueron construidas basándose en el principio mercantilista de la reciprocidad. Mientras tanto, tras el colapso del régimen cambiario de Bretton Woods en 1971, las divisas y los flujos de capital quedaron sin gestión. La migración también se dejó en manos de las decisiones de cada Estado.

Mientras tanto, la paz mundial se mantuvo mediante un equilibrio del terror entre las superpotencias con armas nucleares. Pero esto no impidió que se produjeran guerras subsidiarias y momentos extremadamente peligrosos, en particular la crisis de los misiles de Cuba en 1962.

Por último, la acción en relación con el medio ambiente mundial, e incluso con las pandemias, ha sido limitada e ineficaz, con excepción de un gran éxito: el acuerdo sobre el Protocolo de Montreal relativo a las sustancias que agotan la capa de ozono de 1987. Llevamos ya tres décadas de discusiones sobre la amenaza del cambio climático, pero las emisiones han seguido aumentando a lo largo de este tiempo.

AFP Joe Biden en la cumbre de Glasgow

Por desgracia, nuestra capacidad para proporcionar bienes públicos globales, modesta en el pasado, probablemente se reduzca aún más a medida que aumente la rivalidad entre EEUU y China. Es cierto que China no está promoviendo una ideología global, como lo hizo la Unión Soviética. Sin embargo, China y EEUU son países extremadamente diferentes: uno es un despotismo centralizado y el otro una democracia en decadencia. A diferencia de la Unión Soviética, China tiene una dinámica economía de mercado fuertemente integrada a la economía mundial. China también es fundamental para resolver los retos medioambientales globales. La gestión de los bienes públicos globales de prosperidad y protección del planeta —además, evidentemente, de la paz — no puede llevarse a cabo sin China.

Entonces, ¿cómo podría funcionar esto, no sólo en los próximos años, sino durante lo que probablemente serán muchas décadas, posiblemente generaciones? La respuesta corta es: con dificultad. La respuesta más larga es: siendo ambiciosamente pragmáticos. Tenemos que aceptar que compartimos nuestro planeta y que interactuamos de una manera demasiado profunda como para evitar la cooperación, por mucho que sintamos antipatía mutua. Lo que debemos hacer es definir e interiorizar los intereses fundamentales que nos unen.

¿Qué pudiera significar esto en la práctica?

En cuanto a la prosperidad, el requisito más importante es que todos los países, particularmente las superpotencias, definan la libertad que necesitan para proteger su deseada autonomía económica, política y de seguridad, al tiempo que se adhieren a los compromisos que hacen sus acciones predecibles.

En cuanto a la paz, el objetivo debe ser la transparencia en cuanto a los objetivos y a las capacidades de cada parte, con el fin de evitar sorpresas militares o relacionadas. Esto requerirá un profundo compromiso entre los organismos militares y civiles tanto chinos como occidentales, en todos los ámbitos.

En cuanto a la protección del planeta, la cual se cuenta entre los retos más importantes, es esencial acordar cómo mitigar las amenazas al clima. El resultado de la COP26 proporcionará una convincente indicación de si esto es posible. Pero también es urgente una mayor capacidad para gestionar las pandemias.

Nos encontramos en un momento decisivo de la historia.

El antiguo sistema económico dominado por el Occidente no va a evolucionar hacia un sistema global más ordenado, como algunos esperaban en la década de 1990. Mientras tanto, el gran reto de asegurar la paz en una era nuclear sigue vigente, y el nuevo reto de proteger la biosfera es cada vez más urgente.

No debemos abandonar los intentos de cooperación mundial. Eso sería una catástrofe que perjudicaría la paz, la prosperidad y el planeta. Debemos centrarnos, más bien, en definir y luego hacer viable la mínima cooperación que ahora debemos tener si la humanidad ha de lograr lo que todos necesitaremos.

Esto implicará sentarse unos con otros para establecer o renovar: en primer lugar, instituciones y prácticas para promover la prosperidad que pueda ofrecer desarrollo económico, gestión de la deuda, y un comercio liberal y predecible; en segundo lugar, instituciones y prácticas para proteger la paz que ofrecerán transparencia y creíble seguridad a todos; y, por último, instituciones y prácticas para proteger nuestro planeta que proporcionarán una Tierra habitable para nosotros y para otras criaturas.

Nada de esto será fácil. Sin embargo, hemos llegado a un punto en el que la alternativa a superar nuestras limitaciones es la catástrofe. Si hemos de disfrutar de la paz, prosperar y proteger nuestro planeta, debemos aceptar estar en desacuerdo, pero sin dejar de cooperar.

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