28 de julio 2023 - 5:02hs

La geopolítica, la gran política internacional, siempre ha estado supeditada al interés nacional de las grandes potencias, concebido este como la voluntad de ejercer el poder sobre las demás potencias, según la definición que nos dejaron los pensadores realistas, hoy tan en boga por la notoriedad que ha cobrado el teórico de las relaciones internacionales John Mearsheimer, el último realista, toda una sensación en las redes. ¡Quién lo hubiera pensado!

Lo único permanente en la arena internacional es precisamente la pugna entre estas grandes potencias. Siempre ha sido así salvo contadas excepciones, como los períodos de la Pax Romana en la Antigüedad, o el de la hegemonía unipolar de los Estados Unidos, que podría establecerse desde la Caída del Muro de Berlín hasta el fin de la Guerra contra el Terrorismo. El resto siempre han sido períodos relativamente cortos de unipolaridad, e imperios o potencias en disputa, con multipolaridad, o a lo sumo bipolaridad, de actores dominantes.

Hoy nos encontramos otra vez en las mismas, ante el ascenso de China y el declive de Estados Unidos; una pelea que se las trae y, como casi siempre en estos casos, de pronóstico reservado.

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Así pues, era de esperarse que tarde o temprano Beijing le saliera a disputar a Washington la hegemonía global del dólar. Se inscribe perfectamente en esa lógica realista de las grandes potencias. Después de todo, desde antes del mercantilismo siempre que ha habido un imperio en la cúspide, la moneda global de reserva e intercambio ha sido su propia divisa: en épocas del Imperio Español, lo fue el real de a ocho (conocido en Oriente como el Spanish Dollar, donde se comercializó hasta entrado el siglo XIX); luego con el auge del Imperio Holandés y su tan ubicua como brutal Compañía de Indias, se impuso como moneda global el florín; más tarde, durante la expansión del Imperio Británico, fue el turno de la libra esterlina; y con la consolidación del Imperio Americano después de la Segunda Guerra Mundial, se consagró el dólar estadounidense que se mantiene hasta nuestros días.

Llegados a este punto, el renminbi, mejor conocido como el yuan chino, venía pidiendo pista desde hace unos años. Pero fue a partir de la invasión de Rusia a Ucrania –sobre todo a partir del rápido aislamiento de Rusia por las sanciones de Occidente– y las crecientes tensiones entre Washington y Beijing, que el presidente chino, Xi Jinping, decidió prender el turbo en su empeño de disputarle al dólar la hegemonía.   

El gran anuncio en ese sentido iba a ser el próximo 22 de agosto, en la Cumbre de los BRICS (bloque que integran Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en Johannesburgo, Sudáfrica. Allí iban a anunciar el lanzamiento de una “moneda común de los BRICS”, que sería una especie de yuan en traje de noche, un poco lo que fue el marco alemán para el euro en sus inicios.

Todos estaban de acuerdo; los gobiernos de Brasil y Sudáfrica lo habían anunciado desde fines de mayo, Rusia apoyaba sin fisuras, y uno solo podía imaginar que detrás de tanta efervescencia multipolar estaba el empuje personal de Xi. A medida que se acercaba la fecha del encuentro en Johannesburgo, no se hablaba de otra cosa. Últimamente ya ni la presencia de Vladimir Putin en la cumbre –en duda por su requerimiento en la justicia internacional– era tema. Solo se hablaba de los BRICS, de su PBI conjunto mayor al del G7, de su modelo alternativo al poderoso heptágono de países ricos para liderar el Sur Global. Y por supuesto, de su inminente moneda común.  

Pero hete aquí que India dijo no. Y fue un no contundente, taxativo, que no deja lugar a dudas, expresado además abiertamente un mes antes de siquiera sentarse a la mesa con sus socios. La moneda de los BRICS no va.

No es coincidencia que el primer ministro de la India, Narendra Modi, haya estado recientemente en Washington y enseguida en París. En la capital estadounidense, no solo se reunió con el presidente Joe Biden –que recibió con un caluroso abrazo a quien hasta hace poco tenía la entrada a Estados Unidos prohibida–, sino que además habló ante el Congreso, “the whole enchilada” como se dice en Washington; es decir, le dieron tratamiento de socio estratégico. Y luego en Francia, Emmanuel Macron lo esperó para los festejos nada menos que del 14 de Julio, la Toma de la Bastilla, y el tradicional desfile en Champs-Élysées.

Con tanto agasajo, lograron finalmente aguarle la fiesta de la moneda de los BRICS a Xi. Fue inmediatamente al término de estos dos viajes de Modi, que la India anunció su tajante negativa a la divisa común del bloque.

Huelga decir que no es el único tema en que Washington espera que Nueva Delhi funja como contrapeso al poder de China en el Asia-Pacífico (región a la que ahora llama convenientemente “Indo-Pacífico”) y en todo el Sur Global, donde los estadounidenses han perdido un terreno formidable. Pero también es cierto que, si bien en este caso les funcionó a la perfección, la posición de India nunca ha sido tan binaria como a veces se pretende. Siempre ha sido un firme aliado de Moscú, y ha tenido una diplomacia muy asertiva de no alineación, equidistancia y celosa soberanía desde épocas de Jawaharlal Nehru.

También en lo que hace a las ideas de multipolaridad, a seguir limitando el peso del dólar comerciando en monedas locales y, en general, de inclinar un poco la balanza del lado opuesto al poder que ejercen EEUU y Europa, las intenciones e intereses de la India se alinean más con los de sus socios de los BRICS que con los del G7.

Por eso, esto no es ni cerca del final. Nada está dicho todavía. Por lo pronto es 1 a 0 y pelota al medio a favor de Estados Unidos. Pero este es un partido largo.

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