La imagen era de película. Dos motos impedían el paso en la esquina entre Acevedo Díaz y Salvador Ferrer Serra. Los policías de la Guardia Republicana rodeaban el ómnibus Turil que bloqueaba la entrada de la Terminal Tres Cruces. Los periodistas transmitían el minuto a minuto en vivo, con los pocos detalles que estaban a su alcance. Los transeúntes, pegados a los barrotes que bordean la estación, sacaban fotos con sus celulares y arengaban a las autoridades. Del otro lado, adentro del edificio, los pasajeros con sus narices pegadas al vidrio y los ojos abiertos como platos.
Los oficiales abrieron la puerta del vehículo. No había nadie. El Ministerio del Interior informó en su cuenta de Twitter: "Culminada la inspección por equipos especiales de la policía, no se encontró a persona alguna en el interior del ómnibus de la empresa de transporte interdepartamental". Desconcierto. Incredulidad. Risas. Quejas. Y de vuelta a la normalidad.
La historia había comenzado este martes, cerca de la hora ocho. En la terminal Tres Cruces se encontraban, como de costumbre, todos los uruguayos que tenían previsto ir en ómnibus a algún otro departamento del país. Sin embargo, de un momento a otro los pasajeros se fueron enterando de que no podrían abordar ninguno de los vehículos. Entonces la razón de la demora era tan solo un murmullo. "Pensaba que iba a ser un retraso como cualquier otro, ni cuenta me di", dijo a El Observador Mabel Rodríguez, una mujer de 63 años que, acostumbrada a las tres horas de viaje hacia Rocha, había comprado un sándwich y otros refrigerios para comer en el camino.
Pero pronto Rodríguez y el resto supieron que no era un atraso cualquiera. El acceso a la terminal fue bloqueado. Los guardias de seguridad de la empresa Prosegur interceptaron todas las entradas, impidiendo el paso de los pasajeros e indicándoles que ellos no podían dar más detalles. En pocos minutos trascendió que la postergación de las partidas se debía a un atrincheramiento. Decían que un hombre había subido a uno de los ómnibus portando una pistola y había tomado de rehenes al conductor y a los pasajeros.
Los choferes que habían sido evacuados de la terminal esperaban en ronda junto a los pasajeros, tomando mate y sin tener una versión oficial. A las 8:48 de la mañana, Pablo Sosa, funcionario de la empresa EGA, señaló que adentro del vehículo no había pasajeros y no tenía un destino: iba a ser reparado en un taller de la capital. Solo, el chofer fue abordado por un hombre que pretendía entrar. Él le abrió la puerta, lo dejó pasar y —en una movida que Sosa no pudo explicar— bajó del ómnibus, dejó al atacante encerrado y enseguida alertó a la policía. "¡Es un héroe!", comentaron varias personas en el entorno, que escuchaban atentos porque, hasta ese momento, Sosa era su única fuente de información.
La tensión en el estacionamiento de la terminal donde los policías trataban de controlar al supuesto atrincherado contrastaba con la indiferencia de los pasajeros del lado de adentro aunque, de a ratos, daba paso al fastidio y a la indignación. Los bares de la plaza de comidas pronto se llenaron. En los bancos plásticos varios dormitaban, de brazos cruzados y con los pies apoyados en sus equipajes de mano.
Predominaban las conversaciones sobre la pasada Copa América, las quejas sobre el frío y las miradas impacientes a los relojes. El fastidio y la indignación llegaba, justamente, cuando se percataban cuánto tiempo habían estado varados allí. En los mostradores de las distintas compañías de transporte se acumulaban personas que querían saber si les devolverían el dinero o podrían volver a programar el viaje que tenían previsto. Una pareja discutía en la fila de la empresa Cut: él le dijo que quería volver a su casa en ese momento, ella le propuso esperar hasta la hora 10.
Poco podía verse desde adentro de la terminal, a pesar de los intentos de algunos que, a los codazos, trataban de ganar el primer lugar contra las puertas, todavía bloqueadas por los guardias de seguridad. Desde la oficina comercial de una de las empresas a la que El Observador accedió, se podía ver la escena policial. Al borde del ómnibus había al menos un auto blindado y un vehículo de choque de la Republicana. Varios oficiales habían tomado posiciones estratégicas en torno al vehículo.
"¡Es mi hijo, es mi hijo!". La mujer, menuda, de unos 60 años, se acercó a las corridas a la esquina formada por las calles Acevedo Díaz y Salvador Ferrer Serra. Exigía a los policías que bloqueaban el paso que la dejaran llegar al ómnibus porque su hijo, "el Lolo", era el conductor del ómnibus Turil en el que alguien supuestamente se había atrincherado. La oficial que la atendió le reiteró que nadie podía pasar, pero la tranquilizó diciéndole que él se encontraba bien y estaba fuera del vehículo, junto a los policías.
La mujer, que no quiso ser identificada, contó que se enteró a través de la prensa de lo que estaba ocurriendo en Tres Cruces. La noche anterior había hablado con su hijo, que se encontraba en Artigas, pero desde entonces no había sabido más de él. Su celular no paraba de sonar: eran familiares y conocidos que querían saber qué había pasado.
En ese momento, a pocos metros de allí, la policía, los televidentes y quienes estaban en la terminal se enteraron en simultáneo de lo que ahora todos saben: el ómnibus estaba vacío.
Los investigadores no quisieron dar ningún detalle de lo que había pasado. El vocero fue Osvaldo Torres, el jefe de la torre de control de Tres Cruces, que respondió las preguntas referidas al servicio de la terminal. Minutos antes, había dicho a El Observador que más de 100 ómnibus se habían visto atrasados por el cierre de la estación.
Los policías aprovecharon el momento para salir de allí y dar explicaciones de qué había pasado. El conductor, su madre y los uniformados se fueron. El bloqueo de las calles aledañas se levantó. Los vehículos empezaron a entrar y salir de la terminal como cualquier otro día.
Luego del primer comunicado en el que informó que en el ómnibus no había ninguna persona atrincherada, el Ministerio del Interior dio a conocer que el chofer había sido conducido a zona operacional I, para tomarle declaraciones. El Observador intentó sin éxito hablar con los encargados del caso.