Opinión > COLUMNA/ EDUARDO ESPINA

David Toscana en Montevideo

El escritor mexicano de obra original viene a presentar la colección de cuentos "Lontananza"

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28 de septiembre de 2019 a las 05:00

Nadie puede ya decir en nuestro país que no lo ha leído, sobre todo después de que la editorial Banda Oriental editara semanas atrás su colección de cuentos Lontananza, cuya primera edición mexicana es de 1997. Octavio Paz, al revisar su obra completa, le hizo muchos cambios –de vocabulario y sintaxis– a lo que había escrito varios años antes, como si con su gesto estuviera diciendo que la más reciente versión del texto era la definitiva. ¿Introdujo Toscana cambios al manuscrito original, o lo publicó tal cual fue la edición original? “La primera publicación –explica Toscana– fue en la editorial Joaquín Mortiz. Entonces se llamaba Historias del Lontananza; pero algo había de trabalenguas en el título, por lo que lo dejé solo en Lontananza, que es el nombre de la cantina en Monterrey y también la última palabra del último cuento. Es palabra de origen italiano que, según la RAE, se usa solo para referirse a cosas tan lejanas que apenas se pueden distinguir. Además, seis años después, para la segunda edición, hice un trueque de cuentos. Amputé uno que se llamaba “La verdadera historia de don Manuel”, pues con el tiempo dejó de gustarme, y agregué otro llamado “El nuevo”. El tiempo volvió obsoleta una línea de “Un poeta local”, pues la palabra rio ya no lleva tilde; pero no hice ningún cambio en el entendido de que el lector lo reconocerá como un texto que ya cumple las dos décadas”.

David Toscana nació en Monterrey, México, en 1961. Por los ribetes de crisol de ficción y realidad que presenta, su vida personal y literaria es como un largo cuento, o novela. Depende del punto de vista. Desde la edición de Lontananza han pasado 22 años, en los que quizá hubo algún cambio de perspectiva en la escritura del regiomontano, e incluso surgieron elementos nuevos a la hora del viaje de la mente a la página. Montana relata el proceso de ese cambio: “Mis primeros libros salían de algo que podría llamarse imaginación espontánea; ahora he convertido la escritura en una apasionante aventura de lecturas. Por ejemplo: escribí una novela con tema bíblico, entonces disfruté un par de años leyendo versiones de la Biblia, teología, arqueología, crítica textual; ahora estoy escribiendo una novela de aires rusos y estoy felizmente sumergido en las obras de Dostoyevski, Tolstoi, Pushkin, Chejov, Andrryev, Bunin, Shólojov, Pasternak, Saltikov, Goncharov, Gogol, Bulgakov y tantos otros”.

David Toscana es uno de los más innovadores narradores mexicanos contemporáneos. Considerando que en el “planeta hispano” hay una comunidad de unos 400 millones de hablantes del mismo idioma, ¿tiene realmente sentido hablar de “escritor mexicano”, “escritor argentino”, “escritor uruguayo”, etcétera? ¿O las diferencias a la hora de encarar el acto de la escritura, más allá de los modismos y localismos, los cuales incluso podrían ser impostados? Comenta Toscana: “En el sentido más amplio, nos hermana la lengua española y si vemos con una mayor amplitud, somos descendientes de Homero, Cervantes, Shakespeare, Dante, sor Juana, Borges, García Márquez, Onetti, Rulfo… Ahora se hacen pruebas de ADN y se nos dice de dónde vienen nuestros antepasados. Del mismo modo, la mezcla particular de lengua, lecturas, entorno, infancia, cultura, temperamento y experiencias nos da el mapa genético de cada escritor. Los distintos españoles siempre han circulado sin pasaporte por Latinoamérica; es solo España la que se comporta de modo proteccionista”.

Toscana formó parte del International Writers Program de la Universidad de Iowa y del Berliner Künstlerprogramm. En México es miembro del Sistema Nacional de Creadores. Sin embargo, no reside en su país. Gabriel García Márquez dijo una vez que vivía en la Ciudad de México, y no en Colombia o Cuba, pues en la capital mexicana era donde escribía mejor. Toscana entró a la literatura cuando todavía vivía en Monterrey, y residió luego en Varsovia, Comillas, Lisboa, Tarifa y Madrid, actual domicilio. La producción de su obra sigue muy campante, como si el lugar físico de residencia no tuviera relación directa con la inspiración, ni la controlara a la hora de escribir. “De todos esos sitios –acota– solo la ciudad de Varsovia me provocó escribir sobre ella. Los demás han sido lugares interesantes y agradables, en los que me siento a escribir sobre Monterrey u otro lugar. Cuando estoy en mi estudio, es un poco indiferente si detrás de la ventana está el mar o un desierto o un multifamiliar”.
La bibliografía de Toscana la componen Estación Tula, Santa María del Circo, Lontananza, Duelo por Miguel Pruneda, El último lector, El ejército iluminado, Los puentes de Königsberg, La ciudad que el diablo se llevó, Evangelia y Olegaroy, novela que fue distinguida con los premios Xavier Villaurrutia en 2017 y Elena Poniatowska en 2018. 

El poeta estadounidense Howard Nemerov me dijo un viernes de tarde mientras tomábamos un gin tonic: “La poesía se va con el acné”. Consideraba que escribir poesía de manera inspirada era una actividad para cierta etapa de la vida y que desaparecía cuando se terminaba la juventud. No estoy del todo de acuerdo con Nemerov, pues William Carlos Williams escribió su mejor poesía pasados los 60 años de edad. Desconozco si en narrativa se escribe mejor o peor con el paso del tiempo. Le pregunto a Toscana y responde: “En cuanto a la escritura habría que pensar cuánto intervienen las hormonas y cuánto la sabiduría. En estos tiempos veo que los jóvenes alargaron su infancia, por eso es muy difícil hallar un muchacho con tablas literarias. Más que el paso del tiempo, la carga que me pesa es haber publicado ya diez novelas, me preocupa haber sacado ya todos los conejos de la chistera y entonces, aun con más experiencia, aun con el mismo fuego de antes, puede venir la repetición, y la copia más mala es la que uno hace de sí mismo”. 

La reflexión de Toscana respecto a “haber sacado ya todos los conejos” de la galera tiene que ver con el proceso creativo, el cual es tan misterioso que llevó al poeta estadounidense Donald Hall a afirmar al final de su vida, meses antes de su muerte, “nunca pude saber por qué un día comencé a escribir ni tampoco por qué otro día muchos años después dejé de tener ganas de seguir escribiendo”. Opina Toscana que “el proceso suele estar en piloto automático todo el tiempo; tengo un algoritmo mental que está siempre analizando si lo que leo, escucho o experimento es novelable. Al leer, mucho de lo que subrayo es material sugerente para mi escritura. Siempre sé si lo que escribo será un cuento o una novela, pero nunca sé exactamente de qué va a tratar. Comienzo con una semilla, con una veta en la que no sé si hallaré carbón, oro o diamante; o quizás nada, y entonces hay que enviar el trabajo a la papelera. Creo en lo que decía José Donoso: “Las novelas no se escriben, se descubren”.

Traducida a 14 lenguas, la obra de Toscana ha tenido varios destacados reconocimientos. El último lector recibió los premios Antonin Artaud, Colima y José Fuentes Mares, en tanto El ejército iluminado obtuvo el premio José María Arguedas, otorgado por Casa de las Américas. En 2017 se estrenó la película brasileña Deserto, basada en su novela Santa María del Circo. Toscana ya ha estado en Montevideo, por lo tanto su regreso a la capital uruguaya la próxima semana será el reencuentro con un puñado de recuerdos y su reconfiguración en tiempo presente. 
“Lo que tengo en mi cabeza sobre Montevideo está formado por la Santa María onettiana y por otras lecturas, por dos visitas y por la imaginación. Me gustó mucho la sensación de que, paseando por ciertas calles, me sentí en un viaje al pasado, pude relamer mi infancia. Escribí una novela titulada Duelo por Miguel Pruneda. En ella el personaje imagina Montevideo tal como la imagino yo; pero será solo un auténtico montevideano el que juzgue cuán acertada o errada fue mi visión de esa hermosa y nostálgica ciudad”. 

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