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Del Muro a la Grieta

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10 de noviembre de 2019 a las 05:00

Eran las 18.53 del jueves 9 de noviembre de 1989. En las calles de Berlín hacía frío. El oprobioso muro que dividía la ciudad y a las dos Alemanias estaba a punto de caer. Lo cuenta para el diario ABC de Madrid Riccardo Ehrman, corresponsal en Berlín de la agencia de noticias italiana Ansa, quien acudió con escaso entusiasmo a la convocatoria de Günter Schabowski, portavoz del gobierno de la Alemania comunista. Este es su relato:

«Empezó la rueda de prensa. El señor Schabowski iba contando lo que habían hecho, todo mentira, pero en un punto de su intervención admitió que “puede ser que hayamos cometido algunos errores”. Finalmente, me dio la palabra».

Soy Riccardo Ehrman, corresponsal italiano. Usted ha hablado de errores. ¿No cree que han cometido un error al anunciar una ley de viajes hace pocos días que no cambia nada, porque todo será igual de difícil que hasta ahora?

-No cometimos errores -contestó-, pero tengo algo que decir.

«Entonces sacó del bolsillo unos folios y empezó a leer…

En la práctica se trataba del anuncio de la caída del Muro de Berlín. ¿Por qué? El Muro había sido construido el 13 de agosto de 1961 para impedir que los alemanes del Este se marcharan a Occidente. Muchos no volvían. En el momento en que Schabowski anunció que podrían viajar libremente sin pasaporte, sin visado, tuve clarísimo que el muro de Berlín había caído. No obstante hice otras tres preguntas para asegurarme de que había entendido bien».

-¿Las nuevas normas son válidas también para Berlín Oeste?

-Sí, sí.

-¿Sin pasaporte?

-Sí, solo con un documento de identidad.

-¿Desde cuándo?

«Schabowski, que seguramente no había leído detalladamente el documento, balbuceó: “A mi entender entra en vigor... con efecto inmediato... ahora mismo”».

«Me di cuenta de la inmensidad del anuncio. Fui corriendo a llamar por teléfono a Roma y a enviar por telex la noticia. Sorprendentemente, solo otra persona en aquella rueda de prensa entendió lo que habían significado las palabras de Günter Schabowski”.

Nadie le creyó a Riccardo Ehrman porque más allá de la Perestroika (reforma económica) y la Glasnost (política de transparencia) iniciadas por Mijaíl Gorbachov en la URSS desde 1985, y de los cambios en la libertad de circulación entre los países del Pacto de Varsovia implementados en octubre de 1989, nada hacía suponer que el “Muro de Protección Antifascista”, como se lo denominaba en Alemania Oriental, de 155 kilómetros de largo y cuatro metros de alto, podría venirse abajo como una pared de cristal.

Muro que, bueno es recordarlo, fue aplaudido y defendido a capa y espada por la izquierda latinoamericana aún hasta muy avanzado el siglo XXI. Y dentro de esta izquierda hizo punta el Partido Comunista Uruguayo (PCU), uno de los acérrimos defensores de la URSS y su modelo del socialismo real y conculcación de libertades aún hasta el día de hoy. Basta recordar los ataques de su propio partido que sufrió Daniel Martínez cuando el pasado 11 de junio se le ocurrió decir: “La Unión Soviética para mí ni siquiera era socialista. Fue un desastre. Además, socialismo sin democracia no existe. Fue una vergüenza y todavía estamos pagando los horrores que hizo la URSS, porque el campo progresista terminó identificándose con una experiencia lamentable”.

Muro que quizá alguno piensa se hizo para evitar que los alemanes occidentales fueran a disfrutar del “bienestar” y las “libertades” de Alemania Oriental. Muro que incluso no impidió que miles de alemanes intentaran saltar aún a costa de sus vidas para cruzar hacia Berlín Occidental. Muchos lograron fugar pero miles murieron ametrallados o fueron arrestados por la Stasi (la policía secreta alemana oriental).

El Muro de la Vergüenza cayó porque no hay muros que puedan destruir las ansias de libertad que hay en el ser humano. Cayó porque en esos meses una corriente de libertad recorrió los oprimidos países de Europa del Este e hizo temblar las estructuras comunistas que los gobernaban. Cayó porque Ronald Reagan, en un famoso discurso pronunciado en la Puerta de Brandeburgo el 12 de junio de 1987 exigió a Gorbachov: “Sr. Gorbachov, derribe usted ese muro”. Y se lo repitió varias veces.

Hoy las piedras del muro derribado se guardan como reliquias del oprobio, de que los muros no llevan a ninguna parte, ni para impedir la salida (Alemania) ni para impedir el ingreso (Trump y otros colegas).

Sin embargo, a 30 años de la caída del Muro de Berlín y la liberación de Europa del Este, existe el peligro de construir “grietas” en la sociedad. Grietas que impiden el diálogo civilizado y franco, aún cuando se piense diferente. Grietas que resuelven todo en la descalificación del adversario. Grietas que se observan en Occidente. Grietas que se observan en la región. Grietas que lamentablemente se vislumbran en nuestro país.

Celebremos con alegría los 30 años de la caída del Muro de Berlín y hagamos lo imposible para no abrir grietas que nos separen, al igual que los muros.

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