12 de abril de 2012 20:13 hs

Para muchos de los empleados de La Pasiva de 18 de Julio y Ejido, fueron más de treinta años de preparar y servir los panchos más tradicionales del Uruguay.

Tres décadas de ver pasar la vida a través de los ventanales de la icónica esquina montevideana, sin embargo, se van con un sabor amargo. A pesar de que la noticia de la venta del local a la cadena de comida rápida Burguer King era conocida hace dos años, los empleados aun esperan recibir noticias sobre el pago de sus despidos e incluso tienen dudas sobre si en algún momento los cobrarán.

“Es lamentable que ninguno de los dueños viniera porque no quieren pagar los despidos”, comentó Nelson, mozo de 71 años que, con cuatro décadas de trabajo, se enorgullece por ser el empleado de La Pasiva con más antigüedad de todo el país. No obstante, se dijo “loco de la vida por dejar de trabajar, aunque tengo que agradecer al público porque este ha sido un día sensacional. La gente ha venido deseándonos suerte y despidiéndonos”, señaló.

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“¡Que nos paguen los despidos!”, vociferó otro de los mozos mientras entregaba un pedido. Cuando hoy a las 10 de la mañana se efectúe la orden de desalojo, los empleados se reunirán con su abogada para ver si pueden zanjar el tema. Hace meses que los dueños no aparecen, según manifestaron los trabajadores.

Panchos y adioses
Pese a todo, la atmósfera de la tarde del jueves en el tradicional local no era de hostilidad sino de ajetreo, de murmullos y saludos, de panchos y pizzas entregando su última función.

“Irse así duele”, comentó Juan con los ojos vidriosos, otro de los longevos empleados de La Pasiva, encargado de elaborar los sandwichs. Una jornada de emoción similar, rememoró, “ fue cuando vino Wilson, el día que terminó la dictadura. Recuerdo que estábamos expectantes ante el silencio tremendo que había, y de repente aparecieron las camionetas con banderas y pancartas, y supimos que se había terminado”.

Muchas otras anécdotas pueblan el local de la transitada esquina montevideana. Como el día en que uno de los empleados pateó una pelota de papel, se le salió el zapato y este terminó en el plato de un cliente. O las muchas visitas de artistas argentinos, como Alberto Olmedo y Jorge Porcel.

Enrique, que llevaba 35 años trabajando en la cocina, tiene claro que no va ser fácil volver a empezar ni igualar el salario de $22.000 que percibía hasta ahora. Presume que por la misma tarea solo puede ganar unos $7.000.

Sus manos eran hasta ayer las responsables de preparar la reconocida mostaza del céntrico local. Para su elaboración se valía de una enorme y ajada batidora con capacidad para 18 litros, casi tan longeva como el local. La batidora, como tantos otros objetos y mobiliarios del lugar, serán subastados. Algunos artículos dados en préstamo, como el horno de pan, serán devueltos.

Pese a al cierre, muchos incluso bromeaban o veían la situación con optimismo, especialmente los empleados más jóvenes. Hay quienes ya consiguieron trabajo, como Álvaro, que se dedicará a limpiar buses de larga distancia.

En un día de despedidas, como no podía ser de otra manera, los panchos y la cerveza fueron lo más consumido del local. Entre los clientes había algún que otro distraído que fue a La Pasiva sin saber del cierre, pero la mayoría de los comensales, que hasta entonces fueron clientes habituales, acudieron a despedirse de los empleados y a convidarse con un último antojo en La Pasiva más antigua de la ciudad.

Por ejemplo, un grupo de cuatro amigos aprovechó la despedida para festejar el divorcio de uno de ellos. “Todo lo que tenga más de 30 años tendría que ser patrimonio de la ciudad”, dijo el flamante divorciado, quien además propuso a los empleados que se junten y pongan un local por su cuenta. En honor al cierre se comieron cinco panchos cada uno y bromearon con embalsamar y poner a subasta en Facebook el último que reposaba solitario en el plato. “Queda un vacío, con Burguer King no va a ser lo mismo”, dijo otro habitué del lugar, quien inclusive participó de algunas de las comidas que durante varios años se organizaron entre empleados y clientes.

Habrá quien llegue a la esquina de 18 de Julio y Ejido se sienta gustoso de comer una hamburguesa. Pero para muchos, no solo fueron casi 43 años de servir y comer panchos y pizzas, sino cuatro décadas en la historia y la vida de la gente y su ciudad.

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