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Detective a la uruguaya

El simple arte de caer, de Renzo Rossello, es una novela policial entretenida que muestra el lado oscuro de una sociedad marcada por la violencia y la corrupción

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12 de agosto de 2018 a las 05:00

Varios títulos valiosos, incluida la estupenda Trampa para ángeles de barro, y muchos años trabajando como cronista policial transformaron a Renzo Rossello en un referente nacional en materia de literatura policial. Lector empedernido del género, nunca se olvida de los grandes maestros que le marcaron el camino, sobre todo de Raymond Chandler, al que homenajea ya desde el título en esta última novela, además de citar al detective Philip Marlowe en una escena muy divertida.

Con El simple arte de caer, Rossello vuelve a uno de sus personajes preferidos, Obdulio Barreras (que suena mucho a Obdulio Varela), y al terreno que más conoce: el barro, que no es solo el de los bajos fondos, el de la periferia social y también moral, sino que abarca a todos los estamentos, desde la policía a los partidos políticos.

Ambientada en 2004, cuando lo más duro de la crisis económica comenzaba a pasar pero las secuelas eran impresionantes, la novela narra las peripecias de Barreras, que devenido de policía a detective privado de poca monta intenta sobrevivir a una miseria económica que no lo deja levantar cabeza.

Comienza así un descenso a los infiernos que lleva al detective a trabajar para un poderoso narco que opera en Cerro Norte, Franco Macchia, que le encarga el trabajo de encontrar una chica que estudia medicina a la que conoció por casualidad una noche y con la que está obsesionado.

Todo se complica cuando Barreras finalmente da con Tania Medina en el Hospital de Clínicas, a la que advierte del peligro aunque después le lleva la información a Macchia para terminar de cobrar el trabajo.
El lector sabe entonces que Barreras tiene una moral muy laxa o una conciencia muy particular, porque es consciente del peligro que corre la muchacha pero la manda al matadero sin pensarlo dos veces.

La culpa viene a continuación, cuando previsiblemente la chica desaparece sin dejar rastro. Barreras comienza una cruzada libertadora cuando descubre que a Tania la tienen secuestrada en una casa con estrictas medidas de seguridad.

Más allá de las aventuras del detective, lo importante de la novela está en el fresco oscuro que pinta. Nadie se salva en un texto que pone énfasis en denunciar la corrupción policial, política y social de la época que se describe.

Talleres mecánicos que se nutren de partes robadas de coches, policías al servicio de los narcos, informantes sin escrúpulos, políticos de izquierda y de derecha luchando por conquistar los asentamientos, y hasta unidades del ejército que actúan en las sombras combatiendo el delito.

A pesar de algunas situaciones inverosímiles, la novela se disfruta gracias a la prosa de Rossello, ágil y eficiente, que no da tregua al lector pasando de una escena a otra sin pararse demasiado a reflexionar, quizá porque el personaje así lo requiere: apenas piensa, actúa.

Lo mejor de la novela está en pasajes secundarios, como cuando Barreras se camufla de limpiador en una empresa y no es detectado por el personal de ventas ni por el personal administrativo, pero sí llama la atención entre la peonada de carga y descarga. O cuando el autor señala que no hay nada más anónimo que la cara de un policía, al que nadie mira ya sea por temor o respeto.

El simple arte de caer muestra con eficacia lo fácil que es perder el rumbo cuando las papas queman y la desesperación se hace carne. La novela se instala cómodamente sobre esa delgada línea roja que separa a los buenos de los malos para demostrar que, llegado el caso, cualquiera es capaz de ser un ángel o un demonio.

Ficha

El simple arte de caer
Editorial: Estuario
Páginas: 129

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