El primer ministro británico recibe una llamada de madrugada que le cambiará la vida para siempre. Le anuncian que fue secuestrada la princesa Susana y lo que piden para liberarla tiene que ver con él, personalmente. Y con un cerdo al que debe fornicar en vivo por televisión.
Es el comienzo de una serie que está llamada a ser un clásico que recordarán con nostalgia hasta los que en este momento no le están prestando atención: Black Mirror.
La mujer tiene una réplica de su esposo muerto cuyo cerebro está alimentado por las cosas que él ha publicado en las redes sociales, de las que era una adicto.
Una noche ella lo echa, exasperada por la evidente irrealidad de su esposo y, al otro día lo encuentra a unos metros de la casa, parado, quieto. Ella le pregunta qué hace ahí y él le dice que no puede alejarse más de 25 metros de su administradora. Ella le dice “no me digas administradora” y él replica “pensé que era sexy”. Solo puede suceder en una dimensión, la de Black Mirror.
Ella se despierta y está sentada en una silla frente a un monitor con fondo negro y un signo blanco misterioso. No reconoce la casa. Sale a la calle y pronto un hombre la empieza a perseguir a balazos, en tanto que la gente a su alrededor filma la escena con sus celulares, en silencio, sin hablar entre ellos, como si fueran zombies.
No es un sueño. Es la realidad de Black Mirror.
Una mujer contrata a una compañía para que le extraigan parte de su cerebro y lo adosen a una microcomputadora. Lo quiere para que esta le organice la agenda y los electrodomésticos de la casa. Pero esa parte de sí misma cree que es una persona, siente como tal y está condenada a ser esclava de su otro yo por el resto de su existencia. Es uno de los tantos dilemas éticos que se plantean en Black Mirror.
Sin embargo la serie es mejor que eso. Opera con la sorpresa, sí, como suele hacer el arte, pero las historias son historias humanas, de sufrimiento humano.
El dolor que provocan los efectos secundarios de una tecnología que parece estar más al servicio de sí misma que de la especie que la creó.
El dolor individual de ese primer ministro que intenta por todas las vías posibles escapar a su destino cruel y absurdo pero cada vez más real. La agonía de ese esposo paranoico que confirma todas sus manías persecutorias a través de los dispositivos que cada persona tiene implantados detrás de la oreja y que graban en audio e imagen toda su vida, así como la de su esposa y el amante de quien él sospecha con razón.
La atmósfera es opresiva, aunque siempre matizada con pinceladas de humor, un humor negro como ese espejo al que alude el título de la serie, el color de los monitores que están al acecho de sus dueños.
Hasta ahora se han emitido siete capítulos, en dos temporadas de tres, más un especial de Navidad que salió al aire el mes pasado.
Cada capítulo es una historia diferente, con diferentes actores y que alude a una realidad diferente, ambientada en un futuro próximo, tal vez demasiado próximo.
Es obra de un inglés, Charlie Brooker, una de las mentes más interesantes de la industria del espectáculo.
La producción es del británico Channel Four y las historias están ambientadas en una civilización al borde de un abismo existencial en el que la magia instaurada por la tecnología es una realidad cotidiana y las personas son como niños que usan juguetes que no les corresponden a su edad.
La ausencia de sentido y una vaga sensación de horror impregnan el universo de Black Mirror de una manera escalofriantemente similar a como impregnan la vida hoy, ahora.
Es un ficción que da miedo, no tanto en el momento de verla sino después, cuando la imagen es negra y sigue siendo un espejo.