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El año de los experimentos (1)

El Frente Amplio acudirá a un año electoral en un contexto de opinión pública desfavorable 

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19 de diciembre de 2018 a las 05:01

Se termina el 2018, el cuarto año de un gobierno del que, cuando se haga el balance final, no podrá rescatarse demasiado. Las escasas novedades en el plano de la producción gubernativas contrastan con la alta predisposición a la innovación que muestran los partidos. En todas partes pueden observarse experimentos político-electorales imaginativos. Dedicaré estas líneas a los partidos que, según las encuestas, captan mayoritariamente el voto que va desde la extrema izquierda al centro: Frente Amplio, Partido Independiente y Unidad Popular. Dejo para la semana próxima importantes iniciativas (también de resultado incierto) en las restantes organizaciones políticas con representación parlamentaria: Partido Nacional, Partido Colorado y Partido de la Gente. 

El FA acometerá la dificilísima tarea de intentar ganar una cuarta elección consecutiva. En un régimen como el nuestro, en el que la oposición puede cuestionar libremente al gobierno, y en el contexto de un sistema multipartidista (el número efectivo de partidos sigue en aumento) se trata de una meta realmente exigente. Y lo hará ofreciendo ventajas visibles en distintos planos. En primer lugar, la del año que viene será la primera elección desde 1994 en la que no se cuente con Danilo Astori, José Mujica o Tabaré Vázquez en la fórmula presidencial. Los cuatro precandidatos que acaban de ser nominados, pese a sus méritos, desde el punto de vista político y hasta nuevo aviso están varios escalones por debajo de los veteranos que, rezongando, cada cual por su camino, se baten en retirada. Me pregunto si la renovación, tan reclamada por tantos, no terminará siendo disfuncional en términos electorales. ¿Hasta qué punto podrán los nuevos suplir la ausencia de los líderes que signaron la era progresista? 

En segundo lugar, el FA enfrentará la elección nacional en un contexto de opinión pública desfavorable. Ha desaparecido el clima de optimismo respecto a la economía que prevaleció durante los primeros años de la era progresista: el valor del índice de confianza de consumidor elaborado por la Universidad Católica sigue en la zona de “moderado pesimismo” y, dado que no se esperan cambios importantes en la dinámica económica, parece difícil que se mueva de ahí. Los niveles de aprobación de la gestión presidencial también han estado, durante todo este tercer mandato, en niveles comparativamente bajos. Se ha instalado en el debate público, como nunca antes desde el 2005, la discusión sobre la corrupción. En ese sentido, todo lo relacionado con Raúl Sendic, desde el largo debate público sobre su título universitario hasta su renuncia a la vicepresidencia representan un daño político mayor para el partido de gobierno. ¿A cuánto ascenderá la factura electoral por concepto de pérdida de dinamismo económico, baja intensidad del liderazgo presidencial y denuncias de corrupción? Los sondeos de intención de voto sugieren que el costo político no sería insignificante. 

El Partido Independiente se embarcó, por su lado, en un experimento audaz: construir una coalición de centroizquierda. Logró adhesiones significativas entre las que se destacan la del grupo de Esteban Valenti (vienen navegando desde costas frenteamplistas) y la de los colorados que lidera Fernando Amado. La tarea parece simple: captar frentistas desencantados. No lo es. Sabemos que la volatilidad entre bloques tiende a ser muy baja en Uruguay: no es fácil para el electorado saltar de un bloque (el del FA) al otro (el de los partidos de oposición). “La Alternativa”, al menos en teoría, podría ser un puente amigable para los ciudadanos que quieran transitar desde uno a otro. Algunos electores, por cierto, podrían elegir abandonar al FA en octubre, pero votar por él en noviembre. En todo caso, está claro que estamos asistiendo a un estreno político. Ya se verá cómo reacciona el público.

Unidad Popular sigue cultivando la tradición de izquierda radical que el FA, al cabo de un largo viaje, fue abandonando en algunos temas centrales. No ofrece, al menos hasta el momento, ninguna novedad llamativa. Aun así, en un sentido muy específico, representa un experimento político de interés. La pregunta que su participación electoral suscita es si logrará, el año que viene, incrementar su bancada parlamentaria, aunque el FA siga teniendo fuertes mecanismos de retención del voto de izquierda (MPP, PCU, Casa Grande). La dilucidación de la candidatura frenteamplista está llamada, desde este punto de vista, a tener consecuencias importantes. Con Carolina Cosse u Óscar Andrade como candidatos del FA será más difícil para UP incrementar su votación. Pero si la nominación presidencial la terminaran obteniendo Mario Bergara o Daniel Martínez, el escenario para la izquierda no frenteamplista mejoraría notoriamente. 

En todo caso, las perspectivas electorales de UP, del FA y de “La Alternativa” dependerán en buena medida de cuánta energía y capacidad de persuasión dediquen los frenteamplistas (desde Vázquez y sus ministros hasta los militantes y votantes en las redes sociales) a construir un discurso persuasivo, tanto en términos retrospectivos (acerca de los legados de este tercer gobierno, en concreto, y los de la Era Progresista, en general) como en términos prospectivos (respecto a qué podría esperarse de un eventual cuarto mandato). A Vázquez no le interesan las carreras cortas. Pero ha demostrado ser muy bueno corriendo carreras largas. No me sorprendería que durante el 2019 se ponga a la cabeza de una campaña política ambiciosa orientada a cambiar el clima de opinión predominante. El FA, como partido, ha demostrado antes de acceder al gobierno en 2005 y durante, disponer de potentes mecanismos de construcción de opinión. También en ese sentido el año que viene asistiremos a un experimento singular. 

 

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