28 de junio de 2013 19:33 hs

La entrevista es en un bar del barrio de Chacarita, de esos que pueblan Buenos Aires con sus fotos descoloridas de pizzas y empanadas y que aúnan bajo la luz del mediodía un collage variopinto de personas.

Leila Guerriero llega puntual. Vestida con su habitual sencillez –jean, polera negra– no llama la atención salvo por su pelo crespo, que enmarca un par de ojos profundos y serios. Con sorpresa comenta que acaba de ganar en España el premio González-Ruano, un galardón para el que no se postuló. El artículo laureado, que relaciona la historia de Madame Bovary con la de una amiga suya que se suicidó tomando arsénico, la convierte en la primera mujer en la historia en obtener la distinción que han recibido escritores como Fernando Savater, Arturo Pérez-Reverte y Antonio Muñoz Molina.

Aunque el premio parece de verdad haberla tomado por sorpresa, desde hace tiempo que Guerriero, de 46 años, es reconocida como una de las mejores periodistas de habla hispana. Autora de la investigación Los suicidas del fin del mundo y de la compilación de crónicas Frutos extraños, obtuvo en 2010 el premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por Gabriel García Márquez y colabora de forma habitual con varios medios de Iberoamérica.

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Su libro más reciente, Plano americano –editado por la Universidad chilena Diego Portales–, recopila 21 perfiles de artistas y creadores, que fueron publicados entre 2003 y 2011, e incluye nombres como el de Idea Vilariño, Homero Alsina Thevenet, Nicanor Parra y Juan José Millás, además de un texto inédito sobre Roberto Arlt. “Creo que lo que hay en común en todos ellos o lo que a mí me interesó buscar es cómo lidian con el don. Cómo una persona concilia eso con una vida en la que tenés que pagar impuestos. Siempre tener un talento te pone en un lugar no necesariamente incómodo, pero sí diferente”, señala la autora.

Guerriero es un referente en lo que se ha dado en llamar periodismo narrativo, y sus modalidades de crónica o perfil. “Cuando empecé a trabajar en esto nadie decía crónica ni perfil, esas palabras eran como si yo dijera ahora física cuántica magnética intrarradial del anillo quinto de Saturno”, bromea. “Siempre trabajé en revistas porque siento que no podría hacerlo en un diario. Soy lenta, necesito tiempo; si no cuento con una cantidad de información determinada me siento muy insegura. Empecé a trabajar en Página 30 (revista mensual de Página 12) y ahí publicaban personas como Rodrigo Fresán y Martín Caparrós. Yo los venía leyendo hace muchos años, entonces para mí el periodismo era hacer eso”.

Por un lado, sostiene, hay un mayor desarrollo del periodismo narrativo en América Latina, con la aparición de revistas como Orsai o Anfibia y la publicación de compilaciones de crónicas periodísticas. Pero, por el otro, “es un poco el misterio de la santísima trinidad que se hable de boom cuando los medios sobreviven como pueden, pagan como pueden y los periodistas hacen sus crónicas como pueden”. Sin embargo, destaca, “lo que se está haciendo en el periodismo empieza a pasar de manera más interesante en los medios que están por el costado de los grandes diarios y revistas, ya que estos hace mucho tiempo están convencidos de que hacen cosas inútiles”.

Al revés del modelo de periodista con ambiciones literarias que ve la realidad como un trampolín hacia la ficción, para Guerriero no hay “nada más sexy, feroz, desopilante, ambiguo, tétrico o hermoso que la realidad”, según escribió en El Malpensante.

En su caso la ecuación fue al revés. Gracias a la ficción saltó al periodismo, cuando con ventipocos años decidió acercar un cuento a la redacción del diario Página 12, dirigido por Jorge Lanata, quien terminó contratándola como periodista.

“Ni siquiera quería ser periodista, quería escribir y no sabía cómo se hacia para vivir de ello”. En esos tiempos, recuerda, “había trabajado un día en una casa de tapados, vendí un montón y me fui completamente deprimida, horrorizada de lo que podía ser la vida. Te pagaban las comisiones a fin de mes pero nunca las fui a reclamar. Era una cosa muy kafkiana, con todo muy gris. No es que no lo supiera, pero me impresionó la sumisión de la gente, aunque es muy injusto lo que digo. Después volví a Junín y cada tanto trabajaba en un supermercado. Eso era un trabajo más físico y me gustaba más”. Esa labor conectaba con su infancia en la ciudad. Una infancia en la que había mucha lectura pero también mucho jugar en el galpón de herramientas de sus abuelos, salir al campo, andar a caballo, cazar, pescar.

Lo del supermercado terminó cuando Lanata le dijo por teléfono: “Hace años que recibo cosas, leo todo lo que está a mi nombre, nunca publiqué nada de una persona que no supiera ni quién es, vos sos la primera. Vení te quiero pagar y te quiero conocer”. Del periodista que en la actualidad es férreo opositor de Cristina Fernández de Kirchner, Guerriero prefiere no hablar, porque lo vio “tres veces” en su vida. En una de ellas, no obstante, Lanata le dio una lección de oficio: “Andá ahí y defendete como puedas y las puertas que no se abran, patealas”, le espetó en su primer día de trabajo en el diario.

Curiosidad a flor de piel


Mario Vargas Llosa dijo de Plano americano: “Nos muestra de manera fehaciente que el periodismo puede ser también una de las bellas artes y producir obras de alta valía, sin renunciar para nada a su obligación primordial, que es informar”. Porque la realidad, a la que Guerriero se acerca de forma casi invisible, puede ser contada con la profundidad de la literatura y el ritmo del cine, con la textura de un documental hecho de palabras visuales. “De pronto alterno un plano general, con uno americano, una voz en off con un fundido a negro”, explica la argentina, que destaca que en su escritura ha influido la sobriedad de la poesía de Vilariño. “Esa economía absoluta de recursos la cuido siempre en todo, soy austera”, sostiene.

“¡Mirá el pelo de esa persona, por el amor de Dios, qué fenómeno! ¿Sabés la personalidad que hay atrás?”, pregunta Guerriero cuando ve pasar por la ventana a un joven con un afro abultado. Su comentario permea la curiosidad de una mirada que, parafraseando a Arlt, aprendió que si se aprende a ver, un verdulero es tan interesante como una princesa.“Tengo todo el tiempo la sensación, y me gusta esa sensación, de que esto recién empieza”, dice. Y es una suerte que así sea.

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