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El autoengaño argentino

Ni las PASO ni los comicios de octubre cambiarán nada

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01 de agosto de 2017 a las 01:20

Las próximas elecciones PASO argentinas despertaron a todos los demonios económicos, políticos y sociales. Lo cierto es que ni estos comicios ni los verdaderos de octubre cambiarán nada, cualquiera fuere el resultado, y no solo porque no se elija presidente.

Argentina es hoy un país estatista, y lo que se disputan los políticos, los empresarios y los sindicatos es el modo de controlar en su favor el aparato estatal. Toda apelación solidaria, ideológica, sociológica o económica es solo una mentira tendiente a obtener el poder. Y ese modelo ya no cambiará.

Todas las fuerzas que se enfrentan en este proceso electoral han manifestado, de palabra y obra, su profunda vocación de mantener o ahondar ese estatismo, el populismo, el asistencialismo y la limosna obligatoria. Cambiemos o el macri-radicalismo o como se le llame, dijo sistemáticamente antes y después de su triunfo en 2015 que no cambiaría la propiedad estatal de YPF, Aerolíneas y otras empresas, ni haría ajuste alguno, ni bajaría los subsidios, salvo el de las tarifas, ni despediría a nadie, salvo a algunos “ñoquis”, lo que tampoco se ha verificado.

El plan de Cambiemos es solo la concepción precaria de no bajar el gasto, sino reducir su importancia relativa vía un aumento del PIB, lo que bajaría porcentualmente el déficit. Pero desde diciembre de 2015 el gasto ha seguido aumentando en cualquier moneda, igual que el déficit. También se han creado cargos ridículos, reparticiones enteras y nuevos mecanismos de gastos improductivos indefendibles. De modo que el sueño de algunos de que tras las elecciones de octubre se harán por fin los grandes ajustes que los exangües sectores productivos requieren para tener un mínimo de oxígeno, es una vana esperanza o una mentira, según cómo se lo mire.

La deuda es un problema autónomo y múltiple. Al financiar el gasto creciente con deuda externa se deben transformar esas divisas en pesos, con lo que o se venden en el mercado y se aprecia la moneda local, o las compra el estado como reservas y se emite alegremente, con lo que se provoca inflación. Al no bajar el gasto, y sin margen para aumentar impuestos, la deuda seguirá subiendo al igual que los efectos negativos mencionados.

El gasto y la emisión obligan al Banco Central a esterilizar circulante con tasas delirantes en las Lebacs, que ya suman más que toda la base monetaria. Eso aumenta el déficit cuasi fiscal al borde del desmanejo. El sistema bipolar de emisión-esterilización-apreciación de la moneda ha revivido el carry trade y similares, o sea la bicicleta financiera. Esos seudoinversores fueron los que se quisieron poner a cubierto durante el proceso preelectoral por el cristimiedo e hicieron subir el tipo de cambio. Nada de todo eso cambiará luego de las elecciones. Ni habrá un pacto de la Moncloa ni siquiera de Olivos ni de ningún otro palacio para resolverlo.

Esta suba circunstancial del dólar sirve para que aumenten algunos precios, pero no para que se produzcan inversiones ni para hacer viable la exportación, ya que es un hecho puntual que no se debe a fundamento alguno, con lo cual no es proyectable. Tomando suficiente deuda, como ocurrirá, el dólar estará estable, mientras haya crédito.

El gobierno de CABA, donde reina el Pro sin Cambiemos, es una buena muestra de populismo, sensibilidad de teleteatro y gasto público creciente e imparable, con obra pública poco productiva financiada por los impuestos o las deudas. Las políticas de Estado del Pro consisten en repartir la torta.

Esta columna ha analizado el error político de Cambiemos al hacer crecer la figura de Cristina. Pero también se puede concluir que entre el peronismo cristinista, el peronismo massista, el peronismo residual, y el macrismo-radicalismo de Cambiemos no hay diferencias notables en la concepción del papel, el tamaño y la influencia del estado. Ni ahora, ni después de las elecciones, ni aún en un futuro utópico hay derecho a soñar con un cambio relevante en los conceptos centrales económicos.

Fuera de los casos puntuales de Lázaro Báez y algo de Cristóbal López, tampoco se ha hecho demasiado para eliminar la corrupción contenida en los presupuestos nacionales, provinciales y municipales, que continúa igual que siempre, y continuará olímpicamente. Al gobierno ni se le ha ocurrido la idea de reformular desde cero, o en base cero, todos los presupuestos del país, algo elemental para por lo menos tener idea del grado de despilfarro y su costo que soporta la nación.

El presidente Macri dice que luego de las elecciones propondrá un nuevo sistema tributario para aliviar el peso que impide la apertura económica porque las empresas no pueden competir con semejante carga. Tal reforma requeriría mínimo una pelea de medio siglo y tantas confrontaciones como en la época fundacional de los caudillos. Al no bajarse el gasto, sino aumentarlo, lo que se discutiría en esas instancias sería qué sector económico, qué provincia se funde o desaparece del mapa, es decir, una cuestión de vida o muerte. Difícilmente esta situación vaya a cambiar en serio, ni luego de octubre ni en las próximas 10 elecciones.

También las pymes plantean algo evidente: la rigidez laboral y la estafa de los juicios laborales impiden no sólo exportar, sino atender el mercado interno sin quebrar por los juicios. El sector que fuera sinónimo de movilidad social y progreso agoniza sin drogas salvadoras a la vista. Aquí también se sueña con que luego de las elecciones se producirán cambios de fondo que resolverán el problema. Sueños que son mentiras si no se creen, o autoengaños de ignorantes si se creen. La soñada flexibilidad laboral no pasará.

En un apretado resumen, cuando el populismo, el subsidio generalizado, la protección laboral y empresaria, el Estado buenudo, solidario y protector se enraízan en una sociedad, no se van más. Cuando se han creado varias generaciones de pusilánimes temerosos que no saben vivir sin limosna ni lástima, la democracia se vuelve venenosa. El sistema político argentino hace que el monopolio de los partidos esté asegurado, que no puedan entrar extraños al sistema sino a través de ese monopolio al que debe subordinarse. Los votantes son mayoritariamente los mismos que no conciben vivir sin la protección y la limosna de la minoría económica que debe mantenerlos coercitivamente.

Y si por alguna razón la democracia, como pasó ante las exageraciones de la pandilla kirchnerista, reaccionara y eligiera otro gobierno, u otros políticos, los nuevos no se atreverían a cambiar el sistema. Como ocurre con Mauricio Macri, al que además le sale fácil, porque ha mamado desde la cuna esa historia repetida. Y de fondo siempre estarían los sindicatos, las organizaciones piqueteras y las madres, abuelas y demás deudos de desaparecidos, para doblarle la mano con sus paros, cortes, tomas, marchas y huelgas y su prensa fiel a quien osare intentar cambiar en lo más mínimo ese populismo tan rentable que han conquistado.

Algunos lectores dirán, como he escuchado tan a menudo, que aquí pasa lo mismo o muy parecido. Pero esta columna solo tiene por objeto pinchar a tiempo la burbuja de ensoñaciones nocturnas que suele atacar a los argentinos optimistas de tanto en tanto. Además, Uruguay está protegido por su lentitud.

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