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El comercio internacional: la riqueza de las naciones

Un historiador famoso decía que el maíz había sido la bendición y la maldición de los aborígenes americanos

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23 de junio de 2015 a las 16:25

Un historiador famoso decía que el maíz había sido la bendición y la maldición de los aborígenes americanos: requería poco esfuerzo de cultivo y saciaba el hambre, pero no proveía las proteínas para un adecuado desarrollo intelectual. El final es conocido.

En algún punto pasa lo mismo hoy con los países agropecuarios. El grano, la soja y la ganadería les permiten sobrevivir, pero no crean empleos para todos. Causa importante es el tamaño de la población, aún en el caso de relativamente pocos habitantes, como Uruguay y mucho más con poblaciones mayores y fuerte inmigración, como Argentina.

La producción agropecuaria no alcanza para proveer esos empleos y la exportación de esa producción, por elevada que fuere, no alcanza para satisfacer las necesidades de importación.

Esta falta de empleos se alivia de cinco maneras. a) Creando impuestos y subsidiando el desempleo. b) Con obra pública. c) Con empleo público burocrático. d) Fomentando el establecimiento de industrias privadas. e) Tolerando el éxodo.

Si los precios de lo que se exporta son altos, que no sucede todo el tiempo, la ecuación es más o menos feliz. El único sufrimiento viene por el “dutch disease” fenómeno por el cual las materias primas exportadas generan una masa de divisas que por oferta y demanda revalúan la moneda local, con lo cual el costo de vida en dólares sube a niveles ridículos.

Su otro efecto más relevante es que la apreciación de la moneda local torna automáticamente ineficiente a la industria, y hace inviable nuevas radicaciones. Ello tiene como corolario una baja de la demanda de empleo. Una moneda sobrevaluada ajusta por desempleo.

Cuando los precios de las commodities que se exportan bajan, el esquema construido sobre la redistribución de la riqueza ajena generada por el agro, es menos sostenible.

Esta larga y aburrida perorata económica sirve para explicar que, más allá de argumentaciones ideológicas que no sirven para comer, esto es lo que está pasando en varios países al sur del Río Grande. Entre ellos Uruguay, evidentemente.

Cuando ello ocurre, las sociedades recuerdan mágicamente que deben tratar de exportar más bienes con valor agregado, que hipotéticamente les permitirá competir globalmente sin tener que bajar los sueldos y los costos laborales en dólares, y mucho menos los impuestos, que como sabemos son sagrados.

Si bien hablo ahora de Uruguay, podría hablar perfectamente de Argentina, cuya historia en este sentido conozco hasta el tedio y he memorizado luego de varias repeticiones de la misma escena, con nombres y supuestos culpables diferentes.

Como suele ocurrir, este no es el mejor momento para salir a venderle al mundo y hacer tratados de libre comercio, perdón por decirlo. Hace veinte años la globalización era sinónimo de libertad, la OMC exigía apertura casi irrestricta (excepto para la agricultura, recordemos), los aranceles debían ser bajos con una tasa única, el costo del transporte se reducía drásticamente, el mundo de los servicios estallaba en luces de colores.

Luego de la violenta entrada de los tigres asiáticos y de las recesiones en Estados Unidos y Europa fruto de la especulación desmadrada y las burbujas fomentadas que estallaron en 2008, el humor cambió.

Las democracias y el sindicalismo no leen a David Ricardo ni estudiaron la ley de rendimientos decrecientes, pese a que sería muy bueno que lo hicieran. Ahora que han descubierto que el empleo no es infinitamente elástico, el proteccionismo vuelve con distintos apodos y disfraces. Y la trampa que le hace el primer mundo a los países agroexportadores recuerda a la compra imperialista del aceite de copra, y no soy exactamente un fana de Marx, le juro.

En ese escenario, Uruguay quiere participar en el mercado global. Le sobra razón y razones. Pese a que los sectores políticos y sindicales prefieren poner la discusión en el plano ideológico, no hay ideología en la idea. No hay nación con bienestar que no tenga un fuerte comercio internacional.

Pero para participar en el mundo hay que competir. Más que todos los tratados, lo que más ayuda a vender es un buen precio.

El inconveniente es que bajos precios significan bajos costos en dólares. Eso quiere decir mayor productividad, pero también bajar los costos laborales e impuestos .

Nuestros países sueñan con la agroindustria. Desde el dulce de leche al biodiesel pasando por los fideos y las galletitas. El secreto es el precio. El resto son papeles que se firman en algún salón alfombrado. Pero los tratados no exportan, el precio si.

La decisión de penetrar otros mercados pasa por una acción firme del estado hacia la apertura. Pero también por una determinación individual de los privados de salir a vender. Un timbreo a escala mundial, en el que cada uno tal vez pueda vender sólo un pequeño producto en una sola provincia de un sólo país. Exportar es una política de estado y una filosofía. Y definitivamente conlleva riesgos y sacrificios, y retirar muchas prebendas. (De todos modos, como ya sabemos, los prebendarios huyen en la mala. ¿Para qué sirven?)

Uruguay ha iniciado un debate fundacional que se debía.

Luego de haber visto cómo Argentina, mi país, se estrellaba una y otra vez contra la estafa del proteccionismo populista industrial y perdía el tiempo y las oportunidades, espero contribuir con algunas reflexiones a este debate inteligente que hoy se ha abierto en la vida oriental.

Por eso esta columna versará muy a menudo sobre la libertad de comercio, única fórmula pacífica conocida para promover la riqueza de las naciones y el bienestar de los pueblos.

Es un modo de agradecer.

Periodista, economista. Fue director del diario El Cronista de Buenos Aires y del Multimedios América.

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