4 de febrero de 2014 17:44 hs

En la primera escena de 12 años de esclavitud, la cinta de Steve McQueen que este año compite por nueve nominaciones al Oscar, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) se encuentra en un barco de esclavos intentando dormir cuando una esclava lo fuerza a que la masturbe.

Quizás como un guiño a su trabajo anterior, Shame, que retrata la vida de un adicto al sexo, y en consonancia con el tema que ha estructurado su obra desde Hunger, que narra la huelga de hambre de los presos del IRA en Irlanda, McQueen vuelve a poner al cuerpo en el centro de su última película. Ese cuerpo que es, al mismo tiempo, lugar de esclavitud y de libertad, que se escribe y que se aja, que sufre y que se adapta el uso que de él hacen unos y otros. Un poco en consonancia con el filósofo Michel Foucault y su “microfísica del poder”, McQueen se preocupa por el cuerpo como lugar donde hace carne el mundo.

12 años de esclavitud está basada la autobiografía de Northup, un hombre negro y libre que trabajaba como violinista y vivía con su familia en Nueva York. En 1841 Northup es llevado a Washington con promesas laborales y allí es vendido como esclavo y trasladado a Luisiana. El filme narra el periplo de Northup por distintas plantaciones hasta que termina en la de Edwin Epps (Michael Fassbender, el actor fetiche de McQueen, que se luce en su tercera película con el director), un hombre violento y desequilibrado conocido por su dureza con los esclavos.

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Filme potente

Las críticas que se centran en que 12 años de esclavitud es una película que abusa de la violencia física parecen no tener en cuenta que McQueen está lejos de ser un mero estilista de la crueldad o de concebir el cine como vehículo de un regodeo morboso. De hecho, salvando las distancias entre una cinta y la otra, podría decirse que la cercanía con Django sin cadenas de Quentin Tarantino opaca la magnitud de la sorpresa de ver en el cine la violencia esclavista.

Después de tantos filmes sobre el nazismo, todavía resulta increíble lo poco que se había hecho en la pantalla grande sobre la esclavitud desde la perspectiva de las víctimas. Sin dudas, el poner este asunto sobre el tapete es un logro muy genuino de ambas películas, pero si 12 años de esclavitud suena tan fuerte en la crítica y en los premios no solo es porque es un muy buen largometraje, sino porque el filme se siente como el intento más serio que se haya hecho hasta la fecha. No por ello, deja de ser apresurado calificar a la cinta como la película definitiva sobre la esclavitud, como se ha escrito.

No se lo puede acusar tampoco a McQueen de apelar a una sensiblería made in Hollywood. De hecho, uno de los grandes aciertos del filme es que el inglés no utiliza el cuerpo de los esclavos como forma de manipular las emociones, a la vez que se niega a huir de la crueldad. Por otro lado, la apuesta por la banda sonora de Hans Zimmer, muy similar a la que el alemán hizo para Origen, parece más cercana a un futuro apocalíptico que a un filme de época, lo que genera un efecto perturbador.

12 años de esclavitud es una película potente en muchos sentidos. Goza de una gran dirección de fotografía que le habría merecido una nominación al Oscar a Sean Bobbitt y tiene escenas de antología (como la larga toma, marca registrada de McQueen, en la que Northup se encuentra con una horca al cuello y lucha por su vida parado sobre las puntas de sus pies sobre un terreno resbaladizo, mientras a su alrededor la vida continúa, tranquila y hasta bella, como si nada estuviera ocurriendo).

El filme está, además, magníficamente interpretado por tres actores que recibieron por sus papeles nominaciones al Oscar: Ejiofor, Fassbender y la keaniata-mexicana Lupita Nyong’o. La actriz personifica a Patsy, la esclava preferida de Epps, quien es sometida a todo tipo de maltratos por parte de él y su esposa (Sarah Paulson).

De hecho, el personaje de Patsy es una de las fortalezas de la película y una señal de que en el filme de McQueen quizás no todo es tan perfecto como parece. Y esto es porque es ella quien logra generar mayor empatía y quien finalmente ofrece el retrato más duro y certero sobre la esclavitud.

La historia de un hombre libre y culto devenido en esclavo es sin duda interesante y propensa a generar identificación. Pero si la historia de Patsy es tan fuerte quizás se deba a que su personaje teje una historia nunca antes mostrada de esa manera y que atañe a la participación de las mujeres en la violencia esclavista.

Son notorias las reacciones que ha suscitado este filme, que traspasa su visceralidad de formas diferentes a los espectadores. Muchos han expresado, por ejemplo, que se sintieron abrumados por la violencia de la cinta, pero a quien firma esta nota el filme de McQueen no le pareció tan demoledor como esperaba después de ver Hunger y Shame. No por falta de latigazos, sino de cierta complejidad que parece faltarle a algunos personajes y a algunas interacciones (amén de que la sucesión de caras conocidas resulte un tanto altisonante, entre ellas las de Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti y hacia el final, un heroico Brad Pitt, que es también uno de los productores de la película) .

Hay algo de las marcas psicológicas de esa violencia, que tan bien perfilara McQueen en Shame, que hace que su narración sobre un adicto al sexo se sienta más demoledora que 12 años de esclavitud. Una angustia que se volvía palpable del personaje al espectador, de un cuerpo condenado a otro.

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