Opinión > Análisis / C. Romanoff

El descontento organizado

Los autoconvocados representan un movimiento social que canaliza la insatisfacción y horada al gobierno

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07 de abril de 2018 a las 05:00

El descontento es una sensación, pero la disconformidad organizada es un arma de oposición. En ese sentido, la izquierda supo coleccionar un arsenal destructivo y lo usó en forma efectiva hasta que obtuvo el poder. Las fuerzas de centroderecha nunca pudieron utilizar otras herramientas más que las de la política tradicional. Pagaron caro la falta de inserción social. Pero ahora, casi de la nada, surgió un movimiento no partidario con capacidad de horadar al gobierno. Se trata de los autoconvocados, que nacieron en el campo y ahora representan la desilusión con las políticas del gobierno. Así lo vio el candidato blanco Luis Lacalle Pou en el programa Todas las voces de Montecarlo TV: "Fue una bendición para el país porque canalizó el enojo. La gente explotó civilizadamente, se rebeló civilizadamente (...) Si después eso tiene rédito político, no sé".

Resulta que este movimiento cumple con varias de las premisas diseñadas en toneladas de teoría revolucionaria relacionada con la organización y movilización de masas. Tiene una plataforma popular –tarifas baratas de energía y combustible y rebajas impositivas, entre otras– que desbordan las preocupaciones empresariales y cuenta una coordinación simple y eficaz que supo y pudo movilizar miles de personas. La movilización es la experiencia que permite crear conciencia, reproducir el mensaje e influir mucho más allá de la capacidad numérica de la organización. Así es que los sindicatos y el Partido Comunista, por ejemplo, sustentan su poderío en el liderazgo de sus cuadros y en estructuras que les permiten canalizar la militancia en función de los objetivos deseados.
El movimiento de los enojados está lejos de ese modelo, pero cumple la misma función. Sobre todo porque mantiene viva la llama del reclamo en todo el país, con foros departamentales que han superado a las gremiales empresariales tradicionales. A pesar de las provocaciones desde el gobierno, la dirigencia de este movimiento supo evitar la confrontación y obliga al gobierno a un diálogo que no lo favorece.

Al evitar medidas radicales, caso de cortes de ruta o suspensión de actividades que hubiesen erosionado su apoyo en la opinión pública, los autoconvocados mantienen la conversación, los reclamos y un nivel de propuesta que obliga al oficialismo a prestarle atención y a contestarle. Para el gobierno esta situación se ha tornado muy difícil porque no tiene capacidad de otorgar las respuestas esperadas. Nada puede hacer para hacer subir el dólar que por ahora se mantiene bajo en el mundo frente a las principales monedas. Más bien lo sostiene a un costo millonario, algo que, con ingratitud, nadie aplaude. Tampoco está en el menú una rebaja del combustible adicional al decidido para una franja de productores dispuesta por el Poder Ejecutivo, que tiene las manos atadas por el déficit fiscal superior al 3%.

Los autoconvocados asistirán sin invitación al Consejo de Ministros que se realizará el lunes en San José y otra vez pondrán en jaque a la plana mayor de un gobierno que atraviesa el valle más profundo en materia de popularidad.

Esta organización que es por definición opositora fogonea el desánimo y construye opinión contraria al Frente Amplio. Y, todos saben que, aunque no sea el propósito manifiesto de los autoconvocados, sus acciones traen rédito político.
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