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El día del arquero: así viven y así sienten los goleros, el puesto más ingrato del fútbol

En el día internacional de los que van al arco, Robert Siboldi y Gastón Olveira contaron sus vivencias bajo los tres palos 

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14 de abril de 2020 a las 17:39

Robert Siboldi nunca vio atajar a Fernando Apolinario, pero quería ser como él. Ni siquiera sabía a qué equipo defendía, pero cada vez que aquel niño de ocho años escuchaba en la radio al relator de fútbol elogiar las tapadas del tal Apolinario, él se imaginaba volando de palo a palo. “Nací para ser arquero”, dijo Siboldi a Referí desde México, donde es entrenador del Cruz Azul y después de una carrera de 20 años (entre 1983 y 2002) atajando en Peñarol, en la selección uruguaya y en varios equipos de Argentina, México y Colombia.

Como cada 14 de abril, este martes se celebró el Día internacional del arquero en homenaje al colombiano Miguel Calero, una leyenda del arco que murió en 2012 cuando tenía 40 años, debido a un infarto cerebral. Desde 2013 los goleros tienen su día, aunque en este 2020 los encontró con el fútbol suspendido debido a la pandemia de coronavirus.

Si será desigual el puesto con relación a los demás jugadores de fútbol que hasta la actual situación de tener que entrenar de manera individual debido al covid-19, los perjudica más a ellos que a cualquier otro futbolista.

“La nuestra es una posición muy técnica y al no entrenarla se pierde un poco”, contó Gastón Olveira, golero de River Plate y convocado por Óscar Tabárez a los últimos amistosos de la selección.

“El jugador de cancha puede suplementarse corriendo y con un buen estado físico el tema de la falta de pelota, pero el golero, cada vez que le patean al arco debe resolver con un buen gesto técnico y con una buena ubicación, para mi dos puntos fundamentales. Y a la hora de entrenar en tu casa eso no lo tenés, no hay una referencia de arco, no tenés un trabajo técnico. Yo pongo a mi hijo a que me mate a pelotazos, pero no es lo mismo”.

Pero a los dos les gustó el puesto desde siempre, nadie se los impuso.

“No concebía jugar en otra posición y mis condiciones físicas eran para desempeñarme en esa posición, con la que me identifiqué toda la vida”, recordó Siboldi. “Otros querían jugar adentro, yo de portero”, agregó.

Siempre goleros

Siboldi empezó en la calle, en la escuela, continuó en el club Wanderers de Lagomar, después en San Lorenzo de Pando. Estuvo un tiempo en el Intermezzo de Pocitos, pero le quedaba lejos y abandonó a los pocos partidos. Luego llegó la selección de Canelones y el salto a Peñarol. “Ahí me di cuenta lo que era vivir un entrenamiento específico de portero”.

Atrás había quedado aquel recuerdo de la niñez cuando a falta de televisión, en su casa se escuchaban los partidos por radio y a él le seducía aquel extraño apellido. “Es increíble, porque nunca lo vi jugar a Apolinario. Después con el tiempo me enteré que jugaba en Wanderers”. También lo hizo en Sud América, en Danubio y en clubes de Perú, donde se radicó.

Con el tiempo tuvo otros ídolos: “Gustavo Fernández, Rodolfo Rodríguez, Fernando Alvez, arqueros de Peñarol y de la selección. Chiquito Mazurkiewicz fue muy importante para mi en una época en la cual vivíamos en base a su desempeño y los logros deportivos que se tenían en esa época”, contó.

Olveira lleva en la sangre el puesto. Su padre atajaba en el equipo del pueblo Carlos Reyles, de Durazno, y su abuelo lo hizo en un cuadro de la policía. “Yo jugaba al baby fútbol en cancha en el Club Social y Deportivo Brandi, pero me gustaba el arco. Un día el golero se enfermó y no pudo ir al partido, nos dieron a elegir y pedí para atajar. No salí más”.

Tendría siete u ocho años. Después de un año bajo los tres caños, lo llamaron de River Plate. “Jugaba al fútbol con mis hermanos y amigos y tenía la camiseta de la selección de (Fabian) Carini, aquella gris. Se armaba un picado, yo me ponía la camiseta y me iba al arco. Fue la primera figura que tuve así de chico. A medida que fui creciendo me iba fijando más detalles de los goleros, siempre trato de mirar mucho y de sacar lo mejor de cada uno”, dijo Olveira, el segundo más votado como el segundo golero de 2019 en la encuesta Fútbolx100 de El Observador, detrás de Luis Mejía de Nacional.

Así que sus estilos se globalizaron: “Por lo completo me gusta (Marc-André) Ter Stegen, por su juego con el pie, atajando. Ni que hablar que ahí está (Jan) Oblak que me encanta; (Gianluiggi) Buffón es un histórico y es impresionante como sigue atajando con la edad que tiene; Keylor Navas me gusta por su postura. Uno fijo no tengo, trato de mirar mucho y de resaltar cosas positivas, que dentro de todo eso el que más abarca para mi es Ter Stegen”.

Convivir con el error

“Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición”, escribió Eduardo Galeano y solo basta recordar al brasileño Moacir Barbosa, nunca perdonado en su país después del gol de Alcides Ghiggia que le costó el Maracanazo.

“Es un puesto ingrato porque sabemos cómo es esto”, dijo Siboldi. “Pero siempre fue mi pasión, sabía de las responsabilidades, de que tenía que estar siempre muy bien preparado porque una que te equivocas, un error, vas a buscar el balón adentro. Puede costar un partido, un campeonato. Pero también te quedás con las salvadas. Creo que después de hacer un gol, lo más grandioso es poder ahogar el grito de gol. Uno disfrutaba eso, disfrutaba silenciar el estadio. Me encantaba jugar siempre de visitante, porque nada es más lindo que el rival no pudiera anotar y que tu fueras el responsable de eso. Que la gente tuviera que aguantar el grito de gol y ni te digo si ganábamos”, señaló el actual entrenador.

Olveira coincide: “Sin dudas uno se puede mandar un partido espectacular, pero si te mandás una cagada y te toca perder 1-0 en la hora, nadie se va acordar de todo lo otro y se van acordar del error. Eso jugando, pero el puesto también es injusto a la hora de esperar, porque juega uno solo. Me tocó estar en River un año sin jugar, atrás de Nico (Nicola Pérez) y a no ser que haya una lesión o expulsión no jugás. Desde ese punto de vista también es bastante injusto”, agregó el ahora titular del darsenero.

Otro punto aparte son los duelos con los delanteros. Siboldi recordó dos, uno en contra y otro a favor: “En México me tocó Daniel Guzmán, que cada vez que nos enfrentábamos me marcaba goles, me tenía de hijo. Después estaba Ivo Basay, que no me podía hacer goles ni de penal. Grandes jugadores, pero a veces se te va dando, los recuerdos y la fortuna de haber jugado con grandes compañeros y de tener también a grandes rivales que nos ha tocado enfrentar”.

Olveira también evocó un enfrentamiento del que no salió muy bien parado: “Cuando el Diente López jugaba en inferiores de Nacional, yo lo hacía en River. Año a año nos enfrentábamos. Y me acuerdo que cuando él volvió a Nacional (temporada 2015/2016) jugamos un partido en el Campus de Maldonado, nos tocó perder 3-0 y me hizo los tres goles. Es obvio que muchas veces dentro de la cancha no te podés tomar un tiempo para conversar, pero a veces alcanza con mirar las caras de esos jugadores que los viste muchos años en juveniles y te reencontrás en Primera. Me pasó también con Diego Laxalt, durante todas las inferiores nos enfrentamos cuando él jugaba en Defensor y después nos vimos en la selección”.

Así es el fútbol y así es el arco: un mundo de 7,32 metros de ancho por 2,44 de alto, donde convive un solo jugador y sus circunstancias.

“Nos dejan expuestos”

Las reglas del fútbol cambian cada tanto y como casi siempre, los más perjudicados son los goleros: “Muchos de los cambios y de los avances en este deporte, son perjudiciales para nosotros”, dijo Olveira y agregó: “Empezando por las pelotas, me acuerdo de la famosa Jabulani del Mundial de Sudáfrica, y todo en general está hecho para que resalten otras virtudes y siempre en contra del golero. Lo último, el tema de los penales que nos quita un poco de impulso. En general ha crecido bastante para que sea un deporte más justo, capaz que en algunas cosas le sacan la gracia, pero se ha hecho más justo, aunque siempre le buscan la vuelta para dejarnos expuestos. Pero eso también está bueno porque cuando a uno le toca andar bien es doblemente disfrutable, porque superas todas esas dificultades”.
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