Uno de los mayores fracasos de la política en Uruguay es no haber sido capaz de encauzar el drama social y económico que se arrastra desde la década de 1990: los jóvenes que ni estudian ni trabajan, a quienes se los identifican como ni-ni.
Más bien es un fenómeno social muy complejo, que tuvo raíces económicas, pero que mutó hacia una marginalidad cultural que está jaqueando la integración social característica de Uruguay. No se puede entender este nuevo cuadro social sin incluir los cambios que ha sufrido la familia así como la crisis del concepto de autoridad.
Estremecen los comentarios del anuario educativo del MEC sobre el fenómeno de los ni-ni: “La cantidad de jóvenes que no asisten a un establecimiento educativo ni tampoco trabajan se incrementa entre los 15 y los 19 años”; los valores son más altos en el tramo de 17 a 27 años de edad; los ni-ni de entre 15 y 24 años mayoritariamente “no han superado la educación media básica”.
El núcleo duro de los ni-ni es más reducido, pues quienes ni estudian ni trabajan reflejan tres realidades bien diferentes, por lo menos en lo actitudinal y en las condiciones mínimas para integrarse a una sociedad: 1) Los que buscan empleo y no encuentran. 2) Los que realizan uan tarea no remunerada. 3) Los que llamo triple ni: ni estudian, ni trabajan, ni tienen la intención de hacerlo. Este último grupo es el más fatal porque es el más vulnerable y el que está más a la vera del camino.
La categoría de los ni-ni no refleja el progreso de la actividad económica. De la comparación de la evolución del PIB (Producto Interno Bruto) con el porcentaje de jóvenes ni-ni, desde 2000 hasta 2010, no surge evidencia alguna de conexión entre el nivel de la actividad económica y el porcentaje de los jóvenes que ni estudian ni trabajan.
Aunque es cierto que entre 2006 y 2010 hubo un aumento del PIB y una baja de los ni-ni, ello no significó un cambio significativo respecto al porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan.
Los ni-ni parecen tener un comportamiento propio, excepto en el 2002. En ese año de la histórica crisis económica se puede advertir un movimiento simétrico entre PIB y ni-ni.
Parecería que la flexibilidad de una puerta giratoria es lo que mejor identifica a las características de los ni-ni: ciertos jóvenes logran salir de esa categoría al tiempo que otros nuevos adolescentes ingresan a este anillo de zozobra.
Los ni-ni irrumpieron en las estadísticas en la segunda mitad de 1990, cuando las autoridades de la educación habían advertido que unos 50 mil jóvenes ni estudiaban ni trabajaban. En el 2012 treparon a 95 mil, en el marco de una economía floreciente como nunca había disfrutado el país.
Es hora de que los políticos encuentren una salida a este gran obstáculo que impedirá al país transitar el puente que lleva al desarrollo.