Querida Magdalena:
Querida Magdalena:
Durante mi confinamiento preventivo en Oxfordshire, he advertido en mí mismo un rechazo hacia el exceso de información que recibo con motivo del coronavirus. Una información que no solicita de mí respuesta alguna, ni acciones en el ámbito de mi competencia. Mientras según puedo ver en las pantallas, hay gente que lucha y muere en las trincheras, a mí se me muestra la realidad como un espectáculo que solamente exige a cambio el barato precio de mis emociones. Mero espectador, mi valor agregado se reduce a este consumo pasivo y catastrofista.
Pero esta contribución marginal, no es, al parecer, del todo insignificante. El así llamado Efecto Observador -que me fue brevemente explicado esta semana por mi amigo Alec Jeffreys, en una sesión de Zoom, en la que se tomó vino tinto en ambas orillas virtuales, aunque el vino no era virtual- sostiene que toda observación de un fenómeno inevitablemente lo cambia. Hay un ejemplo clásico: es imposible medir la presión de los neumáticos de un automóvil sin que en el procedimiento dejemos escapar algo de aire. ¡Pero así cambiamos la presión misma que pretendíamos medir! Enunciándolo más genéricamente podemos afirmar que si alguien está mirando, ya por ese hecho interviene en el experimento, modificándolo.
Congruentemente con este “efecto”, antes (digamos, antes de Instagram), en las sociedades más conservadoras -en el sentido positivo que usted y yo hemos acordado dar a este adjetivo-, el sentido común y la suprema elegancia consistían en sustraerse a la curiosidad de la multitud y exponerse a círculos de observación muy íntimos y reducidos; lo contrario se consideraba afrentoso y poco elegante. Cuando en 1725 se empieza a publicar el epistolario de Madame de Sevigné (las cartas a su hija, Madame de Grignan, exiliada en Provenza) no faltó quien sensatamente se preguntara si aquellas cartas no habían buscado, desde el momento mismo de su escritura, un ámbito de espectadores mucho más amplio. Madame de Sevigné cambió, se puede decir, la verdad de su ámbito de competencia como madre, la intimidad y la conversación con su hija, por la exposición a observadores anónimos y convirtió sus confidencias en un espectáculo.
Antes (digamos, antes de Facebook), también se tenía por una falta de educación y discreción fisgonear por encima del muro del vecino, y ser espectadores de las fiestas a las que no habíamos sido invitados. Los tabloides escandalosos y las revistas indiscretas que se dedicaban a eso, eran publicaciones dirigidas a las masas menos educadas. Un papel mugriento que sólo se hojeaba, inconfesablemente, en la peluquería. Se esperaba que cuando quienes leían los tabloides recibieran la instrucción adecuada, dejarían de leerlos. ¡Ah, cuánta ingenuidad! Lo que sucedió, en realidad, fue que las minorías más instruidas no apreciaron como algo valioso la educación de que gozaban, y codiciaron, en cambio, la vulgaridad de los ingenuos. Cambiaron la ambrosía de los dioses por el vino adulterado de las tabernas. Y hoy… Bueno, hoy si nos descuidamos, nuestro Primer Ministro puede acabar peinándose como Boy George -Dios guarde a ambos muchos años.
Debido a los medios de comunicación de masas y a las redes sociales, a los acontecimientos que estaban dentro del ámbito de nuestra competencia, se han añadido ahora otros que escapan absolutamente a nuestras responsabilidades. Nuestra relación con ellos es la de meros consumidores. Y en esa relación sans lendemain, de amantes pasajeros, hay algo impropio, como un falseamiento. ¿Qué nos pasa, en qué pensamos cuando nos dicen que hoy han muerto tantos miles o que la pendiente de la curva de contagio se ha achatado o se ha vuelto más empinada? Tengo la impresión de que no sólo el mal, sino la realidad en su conjunto se ha banalizado: miles de millones de simultáneos consumidores/espectadores agitadamente incapaces de entrar en diálogo con una verdad que nos comprometa.
Quizás ya no somos capaces de responder a la aguda pregunta sobre la verdad que el Dr. Knock, el personaje de Jules Romains, le hace al pregonero del pueblo:
-“Est-ce que ça vous chatouille, ou est-ce que ça vous grattouille?” (¿Eso… le hace cosquillas o le raspa?)
-La verdad, no lo sé. Pero sé que me entretiene.
Estimado Leslie:
A veces me da por pensar que hay una Gran Razón detrás de esta pandemia, y que este confinamiento forzoso en el cual nos encontramos todos, desde Oxfordshire a Montevideo, es su “último manotón de ahogado” para liberarnos de esta sociedad del espectáculo que nos hemos fabricado. No es que la Gran Razón sea una bondadosa y rechoncha hada madrina que viene salvarnos con su varita mágica: cuando digo “liberarnos” me refiero, más bien, a crear las condiciones idóneas para que podamos hacer una pausa y darnos una tregua para observar, en el sentido que le dio el viejo, querido y “oscuro” Heráclito.
Claro que en la de época Heráclito no se conocía aún el concepto de Efecto Observador que usted tan bien explica en su carta. Sin embargo, el filósofo de Éfeso ya sabía que para comprender a la Gran Razón era necesario observar a la Naturaleza con la mente y los sentidos bien lúcidos, abiertos y dispuestos a intuir su revelación y comprender su argumento. Por esto, creo que a Heráclito no le hubiera asombrado para nada este novel descubrimiento de la física cuántica: él ya sabía que la Verdad jamás se revela a los ojos de un espectador-consumidor, y que sólo se desnuda frente a la mirada de un observador paciente y reflexivo.
La Verdad se ve, en efecto, afectada por la cualidad del ojo con el que se la mira. Y la “realidad” no es otra cosa que la palabra que usamos para designar lo que vemos, y por eso es tan relativa…
Sus reflexiones me llevaron a algo que leí hace pocos días. Se trata de una entrevista al historiador israelí Yuval Noah Harari en la cual refiere al auge creciente de los populismos durante los últimos cinco años. Este apogeo, afirma Harari, ha traído consigo, entre otras cuitas, una progresiva desvalorización del conocimiento intelectual y científico, donde los “expertos” son percibidos como una élite desconectada de la “realidad” y ensimismada en el cuestionamiento de problemas tan inútiles como esotéricos. Así, más vale entretenerse con los posteos de Instagram o Facebook, que leer o escuchar a Zizek, Richard Dawkins, Byung Chu Han o Peterson (entre tantos otros), porque con éstos corremos el riesgo de sufrir una picadura como las que provocaba Sócrates, el “tábano de Atenas”, a sus interlocutores. Pensar con claridad no parece ser algo demasiado atractivo en el contexto de esta “realidad” insípida, donde el conocimiento es valioso siempre y cuando sea lo suficientemente apetitoso y digerible para ser devorado con sumo gusto.
De todas maneras, Leslie, también debo confesarle que a veces pienso acerca de la responsabilidad que nos compete a nosotros, los declarados críticos de la cultura del entretenimiento. Porque es más fácil, de cara a la vulgaridad y el falseamiento, “retirarse a los aposentos privados” -como solía decir mi abuelo- dialogar con almas afines y beber ambrosía, que jugarle una pulseada a la opinología. Pero el problema también, hay que decirlo, es no banalizar a la Filosofía en el intento… (Quizás este pueda ser un buen tema para algún futuro contrapunto).
Ahora, volviendo a Harari, éste sostiene que la pandemia puede tener algunos efectos positivos, como es la toma de conciencia de la importancia de escuchar a los expertos. De hecho, en medio de todo este “parate”, filósofos y científicos se encuentran más ocupados que nunca. Esto, porque el coronavirus ha incitado preguntas tales como “¿qué está pasando?” y “¿qué debemos hacer para sortear esta crisis de la mejor forma posible?”, y difícilmente podamos encontrar respuestas a estas preguntas en noticias dispépticas o impresiones de “influencers” ostentadas en tabloides y redes sociales.
Para lidiar con estas inquietudes debemos disponernos -como enseñó Heráclito- a la observación atenta y cuidadosa. La Gran Razón nos ha eximido de la “sociedad del cansancio” por una cuarentena a lo menos, regalándonos un pedazo de tiempo. Está en nosotros decidir si consumirlo pasiva y catastróficamente o, parafraseando a Byung Chul Han, detenernos para observar su aroma y aprehender su misterio.
Yo pongo todas mis fichas en la segunda alternativa. Pero, claro, yo soy filósofa…