Coincidimos con la preocupación de Graciela Villar, candidata a vicepresidenta del Frente Amplio, sobre las pobres condiciones laborales de servicios de delivery, pero creemos que, para resolverlo, lo primero es comprender las causas de este fenómeno, antes de ahogarse en un reclamo moral o proponer medidas de restricción que no atacan ninguno de los problemas de fondo.
Villar, en un acto electoral, el pasado 29 de julio, se refirió con preocupación a la precarización de ciertos empleos y mencionó específicamente el servicio de entrega a domicilio (delivery) que ofrecen varias aplicaciones tecnológicas y que se cumplen con un transporte a “tracción a sangre”: la bicicleta.
Para Villar, se trata de las “caras miserables del desarrollo tecnológico” que un eventual nuevo gobierno del Frente Amplio no debería permitir.
“Nos preocupamos por los caballos y ahora tenemos hombres y mujeres en bicicleta, bajo agua. Y no son empleados de nadie”, dijo, en referencia a que existen empleados de servicios de delivery, “trabajadores de una aplicación (tecnológica) a los que nadie les paga BPS, ni seguro de salud, y si se enferman terminan en un hospital sin que nadie se haga responsable de ello”.
Propuso analizar las condiciones de empleo en las rondas de los Consejos de Salarios y poner en marcha un plan para la formación de trabajadores que se ven amenazados por la tecnología.
Hace bien Villar en plantear el tema porque el empleo precario –como el del delivery sin cobertura social– es una manifestación de muchos de los problemas estructurales del país. Echarle la culpa al desarrollo tecnológico es una explicación muy superficial.
En primer lugar, es la comprobación del drama que enfrentan los jóvenes para obtener un empleo decente y que, además, sea compatible con el tiempo que se necesita para la formación académica.
El desempleo juvenil –que llega a una tasa por encima del 25% cuando el promedio se ubica en algo menos de 9%– explica en parte que haya trabajos como el de los deliveries en condiciones precarias.
En segundo lugar, refleja la paupérrima realidad por la que atraviesa la educación del país que se exterioriza en la mala calidad de la enseñanza y en el abandono escolar.
Un estudio divulgado la semana pasada reveló que Uruguay se encuentra muy por debajo del promedio regional en las estadísticas de egresos de educación media: solo cuatro de cada 10 jóvenes terminan el liceo, según el Informe sobre el Estado de la Educación en Uruguay 2017-2018 realizado por el Instituto Nacional de Evaluación Educativa.
También surgen otros datos preocupantes que hieren la integración social y la igualdad de oportunidades y, por tanto, refuerzan al empleo precario: solo el 65,7% de los estudiantes logran terminar el Ciclo Básico en una edad oportuna (16 años), mientras que en el Bachillerato (19 años) apenas llega al 35,9%.
Es realmente dramático que haya cada vez más jóvenes que no terminan el liceo. ¿Es posible conseguir un trabajo decente –que supone acceder a un empleo productivo, con un ingreso justo y con perspectivas de desarrollo personal– sin una formación elemental?
El empleo precario del que nos habla Villar es, sin duda, una asignatura pendiente que es necesario analizar en profundidad.