Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

El frasco y el principio de todo

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11 de agosto de 2019 a las 05:00

El frasco de mermelada

Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford
Querida Magdalena

 

Usted que es filósofa y vive en un país pequeño y sensato, quizás pueda decirnos por qué nos produce tanto placer y no menor descanso pensar en cosas que no existen. Por qué, especialmente después de horas de intenso trabajo, la mente parece necesitar pequeños o grandes momentos de evasión y el cuerpo –se lo concedo–, un café sin azúcar. Por qué, en definitiva, existe la imaginación. Y fíjese que hablo de la imaginación en este sentido perezoso y distendido, que nada tiene que ver con aquel otro activo y tenso que llamamos creación.

En cuanto a mí, confieso que soy adicto a esta forma de pereza -aunque llevo años en terapia, diré para ganarme su indulgencia. No tanto bajo la ducha, pero mientras voy en bicicleta o estoy a punto de dormirme, la razón se escapa… Mi mente ha invertido quizás decenas de horas en rediseñar los frascos de mermelada, de un modo que evitaría para siempre la dificultad de raspar el fondo sin pringarse los dedos.

También ha imaginado nuevas botellas de vino, en las que un tapón de vidrio macizo en forma de cono (con la punta hacia abajo) acabaría de una vez para siempre con la escasez mundial del corcho… ¡Que el que esté libre de pecado tire la primera piedra!
Llama la atención que este comportamiento pueda ejercerse colectivamente -como si miles de personas pudieran enfocar su imaginación desidiosa en el mismo frasco de mermelada. Ahí está el ejemplo de las ideologías de género, como botón de muestra, con ese desamor casi dogmático por la biología real. 

Pero el ejercicio predilecto de colectivización enfermiza de la imaginación, consiste en las llamadas teorías conspirativas. Con motivo de los 50 años de la llegada del hombre a la luna, revivieron, como si hubieran estado hibernando, muchas de ellas. En resumen, argumentan que el alunizaje nunca existió. Que todo fue la más fraudulenta emisión jamás contada. Que el cohete que salió de Cabo Cañaveral estaba vacío, y que unos días después, un B52 lanzó desde 10,000 metros al Océano Pacífico la cápsula hoy conocida como Apollo 11 y su inmenso paracaídas. Que la Unidad A filmó la caída de esta cápsula en detalle. Pero que, por supuesto, en un lugar distinto, la Unidad B filmó a los astronautas saliendo de otra cápsula similar, supuestamente de vuelta de la luna. Entre el despegue y el regreso: ¡Hollywood!

Como en las novelas de Alejandro Dumas, no se trata de probar que los hechos conspirativos existieron: las teorías pueden ser  descabelladas, siempre que no estemos obligados a contrastarlas con los demás datos de la realidad. El conspiracionista no le pide más a la vida. Y, en vez de someter su teoría a la prueba ácida del ser, se tira a dormir la siesta bajo las ramas del árbol de la imaginación. 
Cabe señalar que el conspiracionista no puede ser hombre de una sola conspiración. Necesita un ecosistema conspirativo en el que vivan todas ellas: el asesinato de los Kennedy, las Torres Gemelas, la Tierra es Plana, los extraterrestres que construyeron las pirámides, etc. Necesita un cosmos del Gran Engaño.

Las conspiraciones son siempre más divertidas que los hechos –hayan éstos sucedido o no. Y es que un hecho es sólo un hecho (como en el espantoso poema de Gertrude Stein), algo puntual e inelástico, con toda la incomodidad de lo real. Pero las teorías no tienen esos límites, porque para la imaginación todo es posible y eso hace que el hombre pueda sentirse Dios por un momento.

Un conocido mío que investiga en el ámbito del Oxford Internet Institute, me decía, no mucho tiempo atrás, que no tenía que sentirme culpable por esos desbordamientos de la imaginación, pues son muy necesarios al resto de la actividad intelectual. Pero las pantallas y el continuo digital están amenazando seriamente la existencia misma de los silencios, los hiatos, los vacíos, las zonas de no hacer nada que son como el lugar propio de la imaginación y el pensamiento. Así que, si no ponemos mucha atención, es posible que nos despertemos un día habiendo perdido, no sólo el pensamiento, sino las teorías conspirativas. Y lo que es peor, la posibilidad de que llegue a existir el mejor frasco de mermelada jamás soñado. 

Las conspiraciones son siempre más divertidas que los hechos –hayan éstos sucedido o no.

El principio de todo

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College
Estimado Leslie

Odio la realidad, pero es el único lugar donde se puede comer un buen filete”. Después de leer su carta, y tras un intenso rumiar en torno a las preguntas que me plantea en ella, no pude concebir una respuesta más atinada que esta ingeniosa ocurrencia de Woody Allen. 
Claro que Freud enseguida objetaría: podemos, ciertamente, comer ese buen filete mientras soñamos.  La compensación es, según el padre del psicoanálisis,  el leitmotiv fundamental del sueño.  Condenados a una realidad que no siempre cede ante nuestros impulsos y aspiraciones,  tenemos la vida onírica para subsanar tan vil injusticia. 

Hace poco me contaba una paciente que, por estar a dieta, debió privarse de comer un trozo de torta en el cumpleaños de una amiga. La torta parecía deliciosa y, entonces, el deseo de probarla persistió durante todo el día; tanto, que esa misma noche soñó que saboreaba una porción bien suculenta. Gracias al sueño,  pudo satisfacer su deseo sin violentar al principio de realidad que le exige reprimirlo. De todas formas, con el objetivo de perder peso, ella continúa debatiéndose con la realidad (y, como Woody Allen, a veces odiándola) porque no sólo de sueños vive el hombre…

No sé usted, pero yo aún no logro descifrar en forma clara en qué consiste la realidad. Por momentos creo que, como afirmó Parménides, lo que es, es, y lo que no es, no es.  Y que negarlo es “hacerse trampas al solitario”, un absurdo consentido (porque los hechos son a veces realmente molestos, hasta insoportables, incluso) que, tarde o temprano, nos sopapea, dejándonos expuestos y decepcionados.  Pero otras veces me da por pensar que lo que consideramos real no es otra cosa que el fruto de un consenso humano necesario, y entonces la realidad podría ser otra si así lo acordáramos.  

Es probable que haya un poco de verdad en ambas impresiones, y que la realidad no sea simplemente ácida sino, peor aún, inaprehensible en su totalidad objetiva para nuestra inteligencia limitada.  Así, estamos destinados a interpretarla pero siempre en forma parcial, desde una perspectiva determinada. A esto mismo se refirió Nietzsche cuando sentenció que “no hay hechos, sino interpretaciones”.  Porque el hecho es siempre para alguien que le confiere un sentido determinado.  Es así como existen ideologías, religiones, filosofías, morales y culturas diversas, todas ellas fundamentadas en las más variadas perspectivas. 

Como filósofa –ya que es así como me interpela en su carta- he aprendido a apreciar la raison d’être de las más disímiles posturas e ideologías. Pero no toda perspectiva vale: ya Platón señaló la necesidad de diferenciar la mera opinión (doxa), del conocimiento verdadero (episteme), debidamente justificado a través de argumentos que prueban su racionalidad y congruencia. 
En su carta refiere a ocasiones en que “la razón se escapa”, y supongo que ésta es una propensión humana, demasiado humana. Igual que con los sueños, no sólo de razón vive el hombre…

Pero una cosa es dejar a la imaginación volar, y fantasear con la realización de un deseo que la realidad se empeña en frustrar; y otra, bien diferente, es confabularse para trapichear con espejismos que reflejan una pretensión interesada y arribista de llevar el agua –la verdad- al molino más conveniente.  Ésta es la actitud de los que usted tilda de conspiracionistas. Platón, por su parte, los llamó doxóforos: “aquellos cuyas palabras en el ágora van más rápido que sus pensamientos”, y que mediante el recurso de la opinología bien emperifollada buscan lucrarse u obtener un beneficio propio. 

Por esto me resisto –me rehúso– a admitir que es la imaginación, tanto la tensa como la distendida, lo que motiva a los conspiracionistas.

Porque el imaginar supone siempre un reconocimiento de nuestras limitaciones, y la búsqueda de medios para transformar la realidad (como en su divagaciones acerca de cómo rediseñar los frascos de mermelada), no de tergiversarla. 

El conspiracionista, por el contrario, siente un perverso desprecio por todo aquello que le pone coto a sus deseos, y su afán es el de manipular la realidad mediante el embuste y la falacia.  

Es que quizás, Leslie, la realidad sea nada más ni nada menos que eso: una ocasión para reconocer nuestras propias limitaciones. Porque, al final, este es el principio de todo. 

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